No puedes sembrar maíz y esperar sandías
Hoy Facebook me devolvió un recuerdo de hace años.
Una imagen sencilla, casi un meme: un hombre va caminando mientras arroja semillas de maíz. En su cabeza, sin embargo, aparece una enorme sandía.
Y el mensaje dice:
«No se engañe. Usted va a recoger solo lo que está sembrando».
Me hizo gracia cuando volvió a aparecer. Pero después me quedé pensando.
Porque probablemente todos, en algún momento de nuestra vida, hemos hecho exactamente eso: sembrar maíz mientras esperamos sandías.
Queremos resultados diferentes haciendo lo mismo
Queremos cambiar de trabajo, pero seguimos buscando exactamente de la misma manera.
Queremos que nuestro proyecto crezca, pero repetimos durante años una estrategia que dejó de funcionar.
Queremos vivir con menos estrés, pero llenamos cada espacio libre con una nueva obligación.
Queremos conocer gente diferente, pero nunca salimos de nuestros círculos habituales.
Queremos una vida distinta mientras protegemos, casi con uñas y dientes, todas las decisiones que construyeron la que tenemos.
Y después llega la frustración.
¿Por qué no cambia nada?
Quizá porque desear una cosa y construirla son dos asuntos bastante diferentes.
En el ámbito profesional, la movilidad europea y el teletrabajo también nos invitan a replantearnos dónde queremos vivir, cómo queremos trabajar y qué decisiones pueden acercarnos a esa vida
Visualizar está muy bien. Sembrar, bastante mejor
Vivimos una época en la que se habla muchísimo de visualizar.
Visualiza la vida que quieres.
Imagínala.
Decrétala.
Manifiéstala.
No tengo nada contra imaginar.
De hecho, creo que muchas transformaciones comienzan precisamente ahí: siendo capaces de imaginar una posibilidad que todavía no existe.
Yo misma he imaginado muchas vidas antes de atreverme a vivirlas.
Pero llega un momento en que hay que dejar de mirar la sandía que tenemos en la cabeza y mirar las semillas que llevamos en la mano.
Porque puedes visualizar muchísimo.
Pero si quieres sandías y todos los días plantas maíz, tenemos un pequeño problema agrícola. 😏
Tampoco creo en el «si quieres, puedes»
Aquí hago una distinción importante.
No creo que recibamos siempre aquello que sembramos.
La vida no funciona como una máquina expendedora en la que introduces esfuerzo y automáticamente cae el premio.
Existen las circunstancias, el dinero, la salud, el lugar donde nacimos, las responsabilidades familiares, las oportunidades que aparecen —o no aparecen— y una enorme cantidad de factores que no controlamos.
Puedes hacer las cosas bien y que algo salga mal.
Puedes trabajar muchísimo y que un proyecto fracase.
Puedes sembrar con todo el cuidado del mundo y que llegue una tormenta.
Por eso me cuesta ese discurso de «si quieres, puedes».
No siempre podemos.
Pero hay otra verdad que también resulta incómoda:
es muy difícil recoger aquello que nunca nos atrevimos a sembrar.
Cambiar las semillas
A veces cambiar de vida no empieza con una decisión gigantesca.
Empieza con algo mucho menos espectacular.
Aprender algo nuevo.
Mandar aquel correo.
Decir que no.
Presentar un proyecto.
Cerrar una etapa.
Dejar un hábito.
Empezar otro.
Conocer gente diferente.
Aceptar que algo que funcionó durante diez años quizá ya no funciona.
O reconocer que llevamos demasiado tiempo esperando una sandía mientras seguimos metiendo la mano en la misma bolsa de semillas de maíz.
Yo he tenido que hacerlo varias veces.
Reinventarme profesionalmente. Emigrar. Empezar proyectos. Cerrarlos. Volver a empezar. Cambiar prioridades y, sobre todo, aceptar que algunas versiones de mí misma habían cumplido su función y ya no tenían por qué acompañarme eternamente.
Y no siempre salió bien.
Pero cada cambio importante de mi vida tuvo algo en común: antes de cambiar el resultado tuve que cambiar alguna de las semillas.
En mi caso, migrar después de los 50 fue una de esas decisiones que me obligaron a cambiar las semillas y aceptar que construir una vida diferente también implica dejar atrás algunas certezas.
¿Qué estás sembrando hoy?
Quizá esa sea una pregunta mucho más interesante que preguntarnos dónde queremos estar dentro de cinco años.
Porque cinco años parecen lejanísimos.
Hoy, no.
¿Qué estamos haciendo hoy con nuestro tiempo?
Porque, como ya reflexioné al escribir sobre vivir el presente, la vida no empieza cuando alcanzamos nuestros objetivos. También está sucediendo mientras intentamos construirlos.
¿Qué estamos aprendiendo?
¿A qué personas estamos acercándonos?
¿Qué estamos tolerando?
¿Qué estamos posponiendo?
¿Dónde estamos poniendo nuestra energía?
Las respuestas no garantizan ninguna cosecha.
Pero probablemente dicen bastante sobre el terreno que estamos preparando.
Facebook me devolvió hoy una imagen antigua.
Y resulta que, después de tantos años, sigo encontrándole sentido.
Quizá de vez en cuando tengamos que dejar de mirar la sandía que imaginamos y mirar las semillas que tenemos entre las manos.
Los sueños pueden señalar el camino.
Pero son nuestras decisiones las que empiezan a construirlo.
Y si queremos sandías…
por lo menos habrá que empezar por plantar alguna semilla de sandía. 🍉
