Hay algo que suele sorprender a quienes me preguntan qué aconsejaría estudiar a las nuevas generaciones.
Como llevo años trabajando en el entorno digital y actualmente estoy experimentando con agentes de inteligencia artificial, esperan que mi respuesta sea programación, informática o alguna carrera relacionada con las nuevas tecnologías.
Y, sin embargo, cada vez me inclino más por recomendarles que exploren las artes y los oficios.
Puede parecer una contradicción. Para mí no lo es.
Cuando la tecnología empieza a transformar las profesiones tecnológicas
Durante décadas hemos escuchado que el futuro estaba en la informática. Que aprender a programar era una apuesta segura. Que los empleos del conocimiento ofrecían mejores perspectivas que los trabajos manuales. Y, en muchos aspectos, tenía sentido.
Pero estamos entrando en una etapa diferente.
La inteligencia artificial ya no se limita a responder preguntas, generar imágenes o ayudarnos a redactar textos. Empezamos a trabajar con agentes capaces de analizar información, programar, detectar problemas y ejecutar procesos completos bajo supervisión humana.
Lo estoy viviendo en mis propios proyectos. Como conté en «Inteligencia artificial y futuro del trabajo: estoy creando una herramienta que podría dejarme sin empleo», estamos configurando un agente de SEO técnico que analiza sitios web, detecta problemas y propone correcciones que luego ejecuta de forma autónoma. Tareas que antes requerían meses de trabajo especializado hoy pueden resolverse, en buena parte, con automatización.
No significa que programadores, diseñadores o profesionales del marketing vayan a desaparecer. Significa que sus profesiones están cambiando, y que algunas tareas por las que antes se contrataba a una persona se hacen ya con mucha menos intervención humana.
Y entonces me pregunto: ¿seguimos orientando a los jóvenes con los mismos criterios de hace veinte años?
Cuando los expertos en IA reivindican los oficios
Lo interesante es que esta reflexión ya no surge solo de quienes observamos el mercado laboral desde fuera. Algunas de las voces más reconocidas del sector tecnológico están reivindicando profesiones que durante décadas quedaron relegadas frente a las carreras universitarias.
Jensen Huang, CEO de NVIDIA, defendió en el Hill & Valley Forum de 2025 la necesidad de electricistas, fontaneros, carpinteros y otros profesionales especializados para construir las infraestructuras y los centros de datos que hacen posible la IA. Su mensaje no es que los jóvenes abandonen las carreras tecnológicas, sino que la revolución digital depende de quienes construyen y mantienen su infraestructura física.
Geoffrey Hinton, premio Nobel de Física de 2024 y uno de los pioneros de la IA, recomendó aprender fontanería en una entrevista en The Diary of a CEO (junio de 2025). Su argumento: los trabajos que exigen destreza manual, adaptación a entornos físicos y resolución de imprevistos son más difíciles de automatizar que muchas tareas intelectuales.
Y cuanto más sofisticadas son nuestras máquinas, más motivos hay para valorar las capacidades humanas que las complementan.
El valor de saber hacer cosas con las manos
Pensemos en un electricista, un fontanero, un carpintero o un técnico de mantenimiento. No solo necesitan conocimientos: deben interpretar situaciones reales, trabajar en espacios físicos y encontrar soluciones que no siempre aparecen en un manual.
La IA puede ayudarles a diagnosticar averías, calcular materiales, diseñar instalaciones o gestionar clientes. Pero reparar una tubería en una vivienda antigua o resolver una instalación eléctrica complicada exige actuar sobre el mundo físico. Eso resulta bastante más difícil de automatizar que muchas tareas que se hacen delante de un ordenador.
Los oficios tampoco están a salvo: la robótica avanza y acabará transformándolos. Lo que cuestiono es por qué durante tanto tiempo hemos tratado algunos trabajos manuales como opciones de segunda categoría. Quizás hemos confundido el prestigio de una profesión con su valor social.
¿Y qué ocurre con las artes?
La inteligencia artificial ya genera imágenes, música y textos correctos en segundos. Negarlo sería absurdo, y muchos ilustradores, músicos y redactores lo están notando en sus encargos.
Pero hay algo que una máquina no tiene: una vida detrás. Una canción importa también por quién la escribió, en qué momento y por qué. Un cuadro, una fotografía o una novela nos llegan cargados de la memoria y la mirada de alguien. Cuando nos acercamos al arte no buscamos solo un resultado: buscamos un vínculo con otra persona.
Por eso no veo estudiar artes como una apuesta romántica, sino como entrenar la capacidad de tener algo propio que decir. En un mundo saturado de contenido producido en serie, eso será cada vez más escaso. No garantiza un empleo, y sería deshonesto afirmar lo contrario. Pero desarrolla imaginación, criterio y sensibilidad, justo lo que nos permite distinguir lo que merece nuestra atención de lo que solo llena pantallas.
Lo mismo vale para las humanidades. La filosofía, la literatura, la historia y la ética nos dan herramientas para interpretar una realidad cada vez más compleja y para cuestionar las decisiones que delegamos en los sistemas inteligentes.
La tecnología como herramienta, no como destino
Tampoco recomendaría a un joven que ignorase la inteligencia artificial. Todo lo contrario: aprender a usarla será cada vez más importante, sea cual sea la profesión elegida. Un carpintero puede apoyarse en programas de diseño, un electricista en sistemas de diagnóstico, un músico en herramientas digitales, un artesano en Internet para vender sus creaciones.
La tecnología no tiene por qué ser la profesión. También puede ser la herramienta que potencie una profesión.
Tengo un ejemplo muy cercano: mi hijo Kike, de 18 años, que trabaja con nosotros como aprendiz en el ámbito de las nuevas tecnologías. Está adquiriendo conocimientos y familiarizándose con herramientas digitales, pero su verdadera vocación es el fútbol. Hoy vive una nueva etapa deportiva en Chipre, donde entrena, compite y aprende lo que significa perseguir una vocación con disciplina y constancia.
Me parece maravilloso que sea así. No quiero que se dedique a la tecnología solo porque pueda ofrecerle oportunidades. Prefiero que adquiera conocimientos para desenvolverse en el mundo actual mientras construye su propio camino. Incluso es posible que le sirvan en el deporte, donde el análisis de rendimiento y las herramientas digitales tienen cada vez más presencia.
Su experiencia me ha enseñado que no todo aprendizaje tiene que convertirse en una profesión. La tecnología debería ampliar nuestras posibilidades, no decidir nuestras vocaciones.
Quizás debamos cambiar la pregunta
He vivido suficientes transformaciones profesionales como para desconfiar de quienes aseguran saber qué carreras garantizarán empleo dentro de veinte años. Esa mirada me llevó a desarrollar mis propios proyectos digitales, buscando autonomía frente a la transformación tecnológica del trabajo y al edadismo. Uso la IA porque quiero comprenderla y aprovecharla, no porque crea que debamos entregar a las máquinas todas nuestras capacidades.
Cuando un joven me pregunta qué debería estudiar, no existe una respuesta universal. Importan sus intereses, sus capacidades, su vocación y las oportunidades reales del mercado. Por eso recomiendo explorar las artes y los oficios: no como alternativa obligatoria a las carreras tecnológicas ni como garantía de empleo, sino como opciones que merecen recuperar el reconocimiento que durante demasiado tiempo les hemos negado.
Pero mi reflexión va más allá de qué profesión elegir. Durante buena parte del siglo XX, la educación preparaba trabajadores para funciones relativamente definidas. Hoy ese enfoque es insuficiente: una profesión puede transformarse en pocos años y una herramienta quedar obsoleta antes de que termine una carrera. Necesitamos formar personas capaces de pensar, crear, construir, reparar, cuestionar y adaptarse. Y educar tampoco debería consistir solo en preparar trabajadores para las empresas, sino en ayudarnos a descubrir nuestros talentos y encontrar un propósito.
Las profesiones cambian. La capacidad de pensar, crear, resolver problemas y reinventarnos puede acompañarnos toda la vida.
¿Les enseñamos un trabajo o les enseñamos a reinventarse?
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