Hay decisiones que tomamos por nosotros mismos, pero que también cambian la vida de quienes confían en nosotros.

Frida llegó a nuestras vidas cuando apenas tenía diez días.

Era una cachorrita diminuta que encontramos cuando todavía tenía los ojitos cerrados. Dependía completamente de nosotros.

La criamos a biberón, con esa mezcla de paciencia, sueño y ternura que supone cuidar a un ser tan pequeño.

Y así, casi sin darnos cuenta, aquella cachorrita se convirtió en parte de nuestra familia.

Hoy, ocho años después, Frida descansa en su terraza, frente al Mediterráneo, en una casa de Chipre.

Entre aquella primera imagen y esta última hay toda una vida.

Y también una emigración.

Ellos no eligieron emigrar

Cuando decidimos cambiar de país, pensamos en muchas cosas.

En el trabajo, en la vivienda, en los documentos, en el dinero, en las oportunidades que buscamos y en todo aquello que dejamos atrás.

Pero pocas veces hablamos de quienes también tienen que cambiar de vida sin haber participado en la decisión.

Nuestros animales no entienden de fronteras, permisos de residencia ni proyectos personales.

No saben si nos mudamos por necesidad, por amor, por trabajo o simplemente porque queremos empezar de nuevo.

Ellos conocen nuestros olores, nuestras voces, las rutinas, los paseos y ese lugar al que llaman hogar sin necesidad de ponerle un nombre.

Y confían.

Quizás eso sea lo que más responsabilidad nos genera: su confianza absoluta.

La emigración empezó mucho antes del aeropuerto

Frida empezó a notar que algo estaba cambiando mucho antes de que subiéramos al avión.

En nuestra casa de Valencia comenzaron a aparecer cajas. Desaparecían muebles, objetos y cosas que siempre habían estado en el mismo lugar.

Y ella observaba.

Estaba intranquila.

No puedo saber qué pensaba, pero era evidente que percibía que algo importante estaba ocurriendo.

A veces me preguntaba si tendría miedo de quedarse atrás. Si ver tantas cosas salir de casa le generaría la inseguridad de no saber qué iba a pasar con ella.

Porque nosotros sabíamos adónde íbamos.

Ella no.

Y mientras yo organizaba una mudanza internacional, cerraba una etapa de más de veinte años en España y trataba de resolver una montaña de trámites, también tenía que ocuparme de su bienestar.

Prepararla para el viaje, acostumbrarla al transportín y procurar que todos aquellos cambios fueran lo menos estresantes posible.

Hubo incluso una estancia de dos días en casa de unos amigos, acompañada por mi hijo, hasta que llegó el momento de viajar conmigo.

Otro espacio, otros olores, otra rutina.

Otro pequeño cambio dentro de uno mucho más grande.

De Valencia a Chipre, pasando por Atenas

Cuando decidí mudarme a Chipre, tenía algo muy claro: Frida venía conmigo.

No era una cuestión negociable.

Pero tampoco fue tan sencillo como comprar un billete de avión.

Frida pesa unos 22 kilos y, por su tamaño, tenía que viajar en la bodega del avión.

Elegí Aegean Airlines, con escala en Atenas, después de informarme y encontrar buenas recomendaciones sobre su trato a las mascotas.

Preparé su documentación, busqué un canil adecuado y organicé el viaje pensando en que estuviera lo más cómoda posible.

Y aprendí algo que quiero compartir con cualquiera que tenga que pasar por esta experiencia: el transportín no es una maleta donde metemos al perro.

Tiene que ser suficientemente amplio para que pueda ponerse de pie, girar y tumbarse con comodidad.

Mi consejo es no comprarlo a ciegas por internet. Hay que comprobar las medidas, asegurarse de que cumple las condiciones de la aerolínea y, sobre todo, acostumbrar al animal a utilizarlo antes del viaje.

Una manta con su olor, una prenda nuestra, agua disponible y los objetos familiares que estén permitidos pueden ayudar a hacer ese espacio menos extraño.

También recomiendo consultar con el veterinario cómo manejar la ansiedad del animal. No se trata de dormirlo ni de medicarlo por nuestra cuenta, sino de buscar la forma más segura de reducir su estrés.

Y, sobre todo, hay que tener paciencia.

Si normalmente llegaríamos dos horas antes al aeropuerto, mejor llegar tres, siempre siguiendo las indicaciones de la compañía.

Viajar con una mascota implica controles adicionales y no es momento de andar corriendo.

El momento de soltar la correa

Creo que una de las partes más difíciles de todo el viaje fue el aeropuerto.

Porque una cosa es organizarlo todo racionalmente y otra muy distinta es vivirlo.

En Valencia, Frida tuvo que pasar por un control de seguridad específico. Revisaron su canil y sus pertenencias, siguiendo los procedimientos correspondientes.

El personal nos trató bien.

Pero eso no quita la sensación desagradable de ver a tu perro pasar por un procedimiento que no comprende.

Uno sabe que es necesario. Sabe que existen controles de seguridad y que todo tiene una explicación.

Pero también sabe que el animal no entiende por qué está ahí, rodeado de desconocidos, en un lugar lleno de ruidos y olores diferentes.

Y llega ese momento en que tenés que despedirte.

Soltar la correa.

Confiar en que todo saldrá bien.

Me parece importante contar esta parte porque muchas guías explican los requisitos para viajar con mascotas, pero pocas hablan de lo que se siente cuando tenés que separarte de ellas.

Ese día comprendí que, por mucho que preparemos una emigración, siempre hay una parte que tenemos que dejar en manos de otros.

Y confiar.

Llegar a Chipre no significó terminar la adaptación

A veces creemos que lo más difícil es el viaje.

Que una vez que llegamos a destino, abrimos el transportín y volvemos a abrazar a nuestro perro, todo está resuelto.

Pero la adaptación de Frida apenas comenzaba.

Habíamos pasado de vivir en una ciudad como Valencia a instalarnos en Peyia, en el distrito de Pafos.

Seguíamos junto al Mediterráneo, con un clima que no resultaba completamente extraño, pero el entorno era muy diferente.

Aquí hay cuestas.

Muchas cuestas.

Y nuestros paseos empezaron a incluir subidas, bajadas y movimientos a los que Frida no estaba acostumbrada.

Hasta que un día notamos que algo no iba bien.

Estaba contracturada.

Tuvimos que llevarla a un veterinario de la isla, al que todavía no conocíamos. Afortunadamente, encontramos profesionales en Peyia con los que estamos encantados.

Frida necesitó cuidados y masajes para aliviar aquellas molestias musculares.

Nunca había imaginado que algo tan cotidiano como cambiar de ciudad a un entorno con pendientes pudiera suponer también un esfuerzo físico de adaptación para ella.

Y fue otra lección.

No basta con preparar el viaje de una mascota. También hay que acompañarla cuando llega.

Observar cómo camina, cómo descansa, cómo responde a los nuevos paseos y cómo se acostumbra a su nuevo entorno.

Sin olvidar que, además de cambiar de país, está cambiando de casa, de olores, de sonidos y de rutinas.

A mí me llevó tiempo.

Mucho más del que había imaginado.

Yo la protegía, pero ella también me protegía a mí

Hay una parte de esta historia que quizás sea la más importante.

Mientras intentaba que Frida estuviera bien, yo también estaba atravesando mi propio proceso de adaptación.

Emigrar después de los 50 no es lo mismo que hacerlo a los 29.

Aunque hay algo que, al menos en mi historia, no ha cambiado.

Cuando emigré de Argentina a España, también me traje a mi perra Shiva.

Veinticinco años después, cuando decidí dejar España para comenzar una nueva vida en Chipre, fue Frida quien hizo el viaje conmigo.

Dos emigraciones, dos etapas muy diferentes de mi vida y dos perras que, sin entender de fronteras ni decisiones humanas, formaron parte de mi historia.

A los 29 años llevaba conmigo la ilusión de quien tiene casi toda una vida por construir. Después de los 50, una emigra con una vida ya construida, con experiencias, responsabilidades, recuerdos y también algunos miedos.

Pero hay cosas que permanecen.

Nunca concebí empezar una nueva vida dejando atrás a quienes forman parte de mi familia.

Una lleva consigo una vida construida, recuerdos, experiencias, certezas y también algunos miedos.

Yo estaba dejando atrás más de dos décadas en España.

Tenía que organizar una casa nueva, resolver documentación, bancos, suministros, gestiones y todas esas pequeñas cosas que se multiplican cuando empezamos de cero en otro país.

Había días de entusiasmo.

Y otros de dudas.

Momentos en los que me preguntaba si había tomado la decisión correcta.

Y entonces estaba Frida.

La abrazaba.

Sentía su cuerpo junto al mío, su respiración tranquila, esa forma tan sencilla que tienen los animales de estar presentes sin pedir explicaciones.

Y algo dentro de mí se calmaba.

Yo tenía que protegerla, pero ella también me protegía a mí.

Frida era mi ancla.

En medio de tantos cambios, representaba algo que permanecía.

Nuestra historia.

Nuestra familia.

Una continuidad entre la vida que habíamos dejado y la que estábamos empezando a construir.

Y cuando la veía tranquila, descansando o disfrutando de sus paseos, sentía que todo empezaba a encontrar su lugar.

No porque emigrar fuera fácil.

Sino porque estábamos juntos.

Emigrar después de los 50: empezar de nuevo con una vida a cuestas

Esta experiencia también me hizo pensar en algo sobre lo que quiero escribir más adelante.

¿Qué significa emigrar después de los 50?

No solamente desde el punto de vista económico o administrativo, sino desde lo emocional.

Porque a esta edad no nos mudamos con una maleta vacía.

Nos llevamos una historia, responsabilidades, vínculos y una forma de entender la vida.

A veces también nos llevamos el miedo de equivocarnos.

Pero eso no significa que hayamos perdido la capacidad de empezar de nuevo.

En Emigrar a Chipre comparto información práctica y experiencias para quienes están pensando en establecerse en esta isla del Mediterráneo.

Y estoy preparando también una guía sobre emigrar después de los 50, porque creo que es una etapa de la vida que merece una mirada propia.

Una mirada que contemple también lo que sentimos cuando dejamos atrás una vida conocida para construir otra.

Un hogar no siempre es un lugar

A veces pensamos que nuestros animales están apegados a una casa, a un jardín o a una determinada ciudad.

Y seguramente las rutinas y los espacios conocidos les proporcionan seguridad.

Pero también creo que buena parte de su mundo está construido alrededor de los vínculos.

Frida no sabe que vive en Chipre.

No sabe que cruzó el Mediterráneo en avión ni que ahora tiene una terraza desde la que se ve el mar.

No sabe que cambiamos de país, de idioma y de costumbres.

Pero reconoce nuestras voces.

Reconoce su cama.

Reconoce nuestras manos.

Y sigue formando parte de nuestra vida cotidiana.

Hoy la veo descansando tranquilamente frente al Mediterráneo y pienso en aquella cachorrita de diez días que alimentábamos con un biberón.

Quién nos iba a decir entonces que terminaríamos aquí.

Hace poco escribí sobre Los hogares que llevamos dentro, sobre esos lugares que siguen habitándonos aunque nos marchemos lejos.

Y mirando a Frida comprendo que el hogar también puede ser algo mucho más sencillo: una voz conocida, una caricia, la tranquilidad de saber que seguimos juntos.

Las vidas que también llevamos con nosotros

Emigrar no consiste únicamente en trasladar nuestras pertenencias de un lugar a otro.

También nos llevamos historias.

Nos llevamos recuerdos, costumbres, afectos y responsabilidades.

Y cuando tenemos animales, nos llevamos seres vivos que dependen de nuestras decisiones.

Por eso creo que merecen algo más que un espacio en el equipaje o una casilla en los trámites de la mudanza.

Merecen tiempo, paciencia, previsión y respeto.

Frida no eligió venir a Chipre.

Como tampoco eligió llegar a nuestras vidas con apenas diez días.

Pero desde aquel primer biberón asumimos una responsabilidad con ella.

Y esa responsabilidad no desaparece cuando cambiamos de país.

Hoy es una perra feliz, que tiene su cama, sus paseos, sus juguetes y una terraza frente al Mediterráneo.

No sé si para ella existe el concepto de empezar de nuevo.

Lo que sí sé es que, mientras nosotros cambiamos de país, ella siguió teniendo algo que nunca debería perder: su familia.

Y que, mientras yo intentaba construir un nuevo hogar para todos, ella me ayudaba a sentirme en casa.

Porque a veces el hogar no es el lugar al que llegamos, sino aquellos con quienes hacemos el viaje.


La pregunta espejo

¿Alguna vez pensaste que, mientras intentabas cuidar de alguien, ese alguien también te estaba sosteniendo a ti?

Vaquera del Espacio


¿Estás pensando en comenzar una nueva vida en Chipre? En Emigrar a Chipre comparto información práctica, recursos y experiencias para quienes están valorando dar ese paso.