Nunca publicamos tanto. Nunca tuvimos tan poco que decir
Abro una red social y tengo cada vez más la misma sensación: ya he visto esto antes.
No necesariamente esa publicación. Ni esa imagen. Ni siquiera a esa persona.
Pero sí el tono, la estructura, las palabras, la manera de empezar y hasta la pregunta del final.
Todo está bien escrito. Todo parece profesional. Todo lleva sus emojis estratégicamente colocados. Todo intenta inspirarme, enseñarme cinco cosas, hacerme reflexionar o conseguir que deje mi opinión en comentarios.
Y, sin embargo, cada vez me interesa menos.
¿Nos estamos aburriendo de las redes sociales?
Puede ser.
Pero quizá haya otra pregunta más incómoda:
¿Estamos convirtiendo las redes sociales en lugares aburridos a fuerza de producir contenido?
La inteligencia artificial no inventó el contenido mediocre
Conviene empezar por aquí porque sería muy fácil echarle toda la culpa a la inteligencia artificial.
Antes de ChatGPT ya existían las frases vacías, los artículos escritos únicamente para Google, las fotografías de postureo, los titulares clickbait, los influencers copiándose unos a otros y las publicaciones creadas exclusivamente para alimentar un algoritmo.
La IA no inventó nada de eso.
Lo que hizo fue poner una fábrica detrás.
Ahora podemos crear un artículo, diez publicaciones, cinco imágenes, un vídeo, veinte titulares y treinta respuestas para comentarios antes de terminar el café.
Y eso es extraordinario.
Yo misma utilizo inteligencia artificial para trabajar. Me ayuda a ordenar ideas, investigar, corregir, desarrollar contenidos y ahorrar una cantidad enorme de tiempo.
Por eso no escribo esto desde el rechazo a la tecnología.
Todo lo contrario.
El problema empieza cuando utilizamos la inteligencia artificial no para ayudarnos a decir algo, sino para tener algo que publicar aunque no tengamos nada que decir.
Todos empezamos a sonar igual
Hay expresiones que ya podría completar antes de terminar de leerlas.
«En un mundo cada vez más…»
«No se trata de X, sino de Y».
«Aquí tienes cinco claves para…»
«Lo que nadie te cuenta sobre…»
«Guarda este post para más tarde».
Y, por supuesto:
«¿Y tú qué opinas? Te leo en comentarios».
No hay nada malo en ninguna de estas fórmulas.
El problema es encontrarlas cientos de veces.
La IA aprende de patrones y nosotros hemos descubierto que los patrones funcionan. Así que terminamos alimentándonos mutuamente: le pedimos a una máquina que escriba como aquello que funciona y después publicamos miles de variaciones de aquello que ya funcionaba.
El resultado es técnicamente correcto.
Y tremendamente previsible.
Algo parecido está ocurriendo con los vídeos. Como contaba en Ese vídeo que te emocionó quizá nunca ocurrió: cómo reconocer vídeos generados por IA, no solo estamos creando contenido artificial: estamos empezando a multiplicar las mismas ideas, prompts, historias y emociones hasta convertir las redes en una enorme fábrica de copias.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para crear.
Y, paradójicamente, corremos el riesgo de terminar creando todos lo mismo.
Imágenes increíbles que ya no nos sorprenden
Con las imágenes ocurre algo parecido.
Hace apenas unos años habríamos contemplado durante minutos algunas de las imágenes que hoy aparecen en nuestro feed.
Personas imposibles. Paisajes espectaculares. Animales protagonizando escenas humanas. Casas de ensueño. Mujeres perfectas mirando por ventanas perfectas mientras entra una luz también perfecta.
Ahora hacemos scroll.
Otra.
Otra.
Otra.
Hemos pasado del asombro a la saturación a una velocidad impresionante.
Cuando todo puede ser extraordinario, lo extraordinario empieza a convertirse en ordinario.
Y quizá por eso una fotografía imperfecta tomada con un móvil empieza a llamarme más la atención que otra composición impecable creada por inteligencia artificial.
Porque ocurrió.
Porque alguien estuvo allí.
Porque detrás existe una historia.
También estamos automatizando las conversaciones
Aquí la cosa empieza a ponerse bastante surrealista.
Una persona publica un texto generado con inteligencia artificial.
Otra persona utiliza inteligencia artificial para escribir un comentario sobre ese texto.
Y la primera podría volver a utilizar inteligencia artificial para responder al comentario.
Dos seres humanos observando cómo dos máquinas mantienen educadamente una conversación entre ellas.
«Qué reflexión tan necesaria».
«Muchas gracias por tus palabras».
«Totalmente de acuerdo. Al final se trata de encontrar el equilibrio».
Fantástico.
Ya podemos irnos todos a tomar un café mientras nuestros perfiles siguen haciendo networking.
Parece una exageración, pero cada vez resulta más difícil saber cuánto de lo que encontramos en una red social nació realmente de una persona.
Y no hablo de quién escribió cada palabra.
Eso me importa bastante poco.
Hablo de quién tuvo la idea, quién sintió algo, quién observó algo y quién decidió que merecía la pena contarlo.
Quizá el problema también sea que ya no leemos
Tampoco podemos responsabilizar únicamente a quienes crean contenido.
Nuestra manera de consumirlo ha cambiado.
No entramos necesariamente en las redes para leer.
Escaneamos.
Primera frase.
Imagen.
Dos líneas.
Siguiente.
Vídeo.
Siguiente.
Titular.
Siguiente.
Nuestro dedo decide en segundos si algo merece nuestra atención.
Vivimos dentro de una auténtica economía de la atención. Como explicaba en El verdadero lujo del siglo XXI es la atención, millones de contenidos, plataformas, aplicaciones, marcas y creadores compiten constantemente por el mismo recurso: unos segundos de nuestra mirada.
Y mientras nuestra disposición a detenernos disminuye, la cantidad de contenido disponible aumenta de forma prácticamente infinita.
Es una combinación curiosa:
cada vez producimos más para personas que cada vez tienen menos tiempo y menos ganas de consumirlo.
Por eso quizá publicar más ya no sea necesariamente una ventaja.
Quizá incluso empiece a ser lo contrario.
Pero ¿de verdad hemos dejado de leer?
Aquí creo que merece la pena hacer una distinción.
Porque una cosa es no detenernos ante un texto de Instagram y otra muy diferente haber perdido el interés por la lectura.
Seguimos leyendo libros.
Seguimos buscando información cuando un tema realmente nos interesa.
Seguimos entrando en artículos, entrevistas, reportajes y reflexiones cuando encontramos algo que consigue despertar nuestra curiosidad.
Y podemos pasar veinte minutos leyendo la historia de alguien a quien ni siquiera conocemos si consigue meternos dentro de ella.
Por eso quizá la afirmación «la gente ya no lee» sea demasiado sencilla.
Quizá no estemos dejando de leer. Quizá estemos dejando de leer aquello que no merece nuestro tiempo.
El problema no siempre es la longitud.
Es la indiferencia.
¿Y qué pasa entonces con los blogs?
Llevo escribiendo en internet desde 2007.
He visto aparecer plataformas, desaparecer otras, cambiar algoritmos, formatos, tendencias y maneras de consumir contenido.
Y los blogs siguen aquí.
Hace poco escribía precisamente sobre ello en Gracias, Bloguers.net, por seguir apostando por los blogs.
Los blogs ya no ocupan el centro de la conversación digital como en sus primeros años. No tienen la velocidad de TikTok ni la capacidad de Instagram para encadenarnos a una sucesión infinita de estímulos.
Pero tienen algo que empieza a resultar extrañamente valioso:
espacio.
Espacio para desarrollar una idea.
Para contar una historia sin convertirla en siete diapositivas.
Para argumentar.
Para equivocarse.
Para introducir matices.
Para escribir mil palabras si hacen falta.
Y, sobre todo, para construir algo que no desaparece necesariamente del mapa unas horas después de publicarlo.
Quizá precisamente por eso la saturación de contenido rápido y generado en masa pueda terminar convirtiéndose en una oportunidad para determinados blogs.
No para las fábricas de artículos creados únicamente para posicionar palabras clave.
Para los blogs de autor.
Los que tienen una mirada reconocible.
Los que cuentan experiencias.
Los que opinan.
Los que conservan una voz.
Los que hacen que alguien llegue buscando una cosa y termine leyendo tres artículos porque quiere saber qué piensa esa persona sobre otra.
Durante años nos dijeron que el blog estaba muerto.
Después que Facebook estaba muerto.
Luego que nadie leía.
Después que todo tenía que ser vídeo.
Ahora parece que todo debe durar quince segundos.
Y aquí seguimos.
Escribiendo.
Y alguien sigue leyendo.
Quizá las redes sociales no tengan que sustituir al blog.
Quizá puedan volver a cumplir una función mucho más interesante: ser la puerta de entrada.
Una imagen.
Una frase.
Una pregunta.
Una pequeña historia.
Y detrás, para quien quiera quedarse un rato más, un artículo.
No hace falta contar toda la historia en Instagram.
A veces basta con conseguir que alguien quiera conocerla.
Porque quizá el blog no estaba muerto.
Quizá simplemente estaba esperando a que nos cansáramos del ruido.
La paradoja de la abundancia
Durante muchos años crear contenido tenía un coste.
Había que escribir.
Fotografiar.
Editar.
Diseñar.
Pensar.
Investigar.
Ese esfuerzo no garantizaba calidad, por supuesto, pero establecía una barrera.
Ahora esa barrera prácticamente ha desaparecido.
Podemos generar contenido ilimitado.
Y cuando algo se vuelve ilimitado deja de ser valioso simplemente por existir.
La fotografía dejó de ser especial cuando todos llevamos una cámara en el bolsillo.
Publicar dejó de ser especial cuando todos pudimos convertirnos en medios de comunicación.
Y ahora producir contenido está dejando de ser especial porque cualquiera puede generar cantidades industriales en cuestión de minutos.
Entonces aparece una pregunta interesante:
si crear contenido ya no tiene demasiado valor por sí mismo, ¿qué será lo valioso?
Creo que la respuesta es bastante sencilla.
Tener algo que decir.
La experiencia no se puede generar con un prompt
Una inteligencia artificial puede ayudarme a escribir sobre emigrar.
Pero no ha cerrado la puerta de su casa por última vez.
Puede escribir sobre maternidad.
Pero nunca se ha quedado despierta esperando que un hijo vuelva.
Puede describir el Mediterráneo.
Pero nunca ha sentido su olor.
Puede escribir sobre empezar de nuevo.
Pero nunca ha tenido miedo de hacerlo.
Ahí seguimos teniendo una ventaja enorme los seres humanos.
Nos pasan cosas.
Nos equivocamos.
Cambiamos de opinión.
Nos enamoramos.
Nos decepcionamos.
Hacemos el ridículo.
Observamos cosas insignificantes que de repente significan muchísimo.
Tenemos contradicciones.
Y precisamente todo aquello que durante años intentamos eliminar para parecer más profesionales puede convertirse ahora en lo que nos haga interesantes.
Nuestra huella digital, además, ya no está siendo leída únicamente por otras personas y buscadores. Como conté en El día que una inteligencia artificial intentó averiguar quién soy, las propias inteligencias artificiales empiezan a interpretar nuestros textos, proyectos y rastros digitales para intentar comprender quiénes somos y de qué hablamos.
Eso hace que tener una identidad propia sea todavía más importante.
No necesitamos escribir peor para parecer humanos
Tampoco creo en esa nueva obsesión por introducir errores deliberadamente para demostrar que algo «no está escrito con IA».
Ser humano no significa escribir mal.
Ni eliminar puntos.
Ni cometer faltas de ortografía.
Ni convertir cualquier texto en una conversación desordenada.
Podemos utilizar inteligencia artificial y seguir teniendo una voz propia.
La diferencia está en quién dirige a quién.
Una herramienta puede ayudarme a ordenar lo que pienso, pero primero tengo que pensar algo.
Puede mejorar una frase, pero la experiencia detrás de esa frase tiene que existir.
Puede investigar un tema, pero alguien debe decidir qué preguntas merecen hacerse.
Puede ayudarme a escribir.
Lo que no debería hacer es sustituirme.
¿Creamos para conectar o simplemente para publicar?
Esta pregunta tampoco empezó con la inteligencia artificial.
Hace tiempo escribí sobre ello en Redes de la vanidad vs. redes con propósito.
Likes, seguidores, alcance, impresiones, visualizaciones.
Durante años hemos convertido esas cifras en una especie de marcador que nos dice si lo estamos haciendo bien o mal.
La IA puede llevar esa obsesión un paso más lejos porque ahora ni siquiera necesitamos demasiado tiempo para alimentar la máquina.
Podemos producir más.
Publicar más.
Comentar más.
Estar presentes en más plataformas.
Pero quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea cuánto contenido somos capaces de producir.
Sino cuánto de ese contenido merece existir.
Quizá el futuro de las redes sea volver a las personas
Puede que estemos atravesando simplemente una etapa.
Descubrimos una herramienta extraordinaria y estamos haciendo lo que hacemos siempre los seres humanos cuando aparece algo nuevo: utilizarla para absolutamente todo.
Después llegará el cansancio.
De hecho, creo que ya está llegando.
Y quizá ocurra algo curioso.
Cuanto más contenido artificial exista, más valor tendrá aquello que reconocemos como auténtico.
Una fotografía normal.
Una historia pequeña.
Una opinión que no intenta agradar a todos.
Una experiencia concreta.
Una persona capaz de decir «no lo sé».
Humor.
Imperfección.
Criterio.
Una mirada propia.
Quizá el verdadero lujo digital de los próximos años no sea producir más.
Sea tener una voz reconocible entre millones de contenidos perfectamente producidos.
Porque la inteligencia artificial puede generar palabras infinitas.
Puede generar imágenes infinitas.
Puede generar vídeos infinitos.
Puede incluso ayudarnos a desarrollar ideas.
Pero hay algo que seguirá siendo escaso.
Una vida desde la que contar algo.
Y quizá por eso, después de tantos años obsesionados con crear contenido, tengamos que volver al principio.
Antes de preguntarnos qué vamos a publicar hoy, preguntarnos:
¿Tengo realmente algo que decir?
¿Seguimos hablando de tecnología y cultura?
La inteligencia artificial no va a desaparecer, ni tendría sentido pretenderlo. La cuestión quizá sea otra: qué hacemos nosotros con ella y cuánto espacio estamos dispuestos a cederle.
Porque una cosa es utilizar la tecnología como herramienta y otra muy distinta permitir que termine uniformando nuestra forma de escribir, crear, pensar y hasta mirar el mundo.
Tal vez, en medio de tanto contenido perfecto, rápido y optimizado, lo verdaderamente diferente vuelva a ser lo de siempre: tener algo propio que contar.
Si te interesan estas reflexiones sobre cómo la tecnología está cambiando nuestra forma de comunicarnos, crear y relacionarnos, te invito a seguir leyendo la categoría Tecnología y sociedad de Vaquera del Espacio.
📷 Fotografía de Florencia Moragas, tomada en una plaza de Paphos, Chipre. Imagen de autor.

Florencia Moragas en Paphos, Chipre. Fotografía personal.