De Valencia a Chipre: cuando el fútbol te ayuda a encontrar tu lugar

Hay cosas que no necesitan traducción. El fútbol es una de ellas.

Cuando Kike Fogliaco Moragas llegó a Chipre desde Valencia tenía 18 años, una vida entera al otro lado del Mediterráneo y pocas certezas sobre cómo sería empezar de nuevo en otro país.

Hoy comienza una nueva etapa deportiva en Pafos, jugando en el fútbol chipriota.

Pero esta historia no trata solamente de fútbol.

Trata de emigrar a los 18 años, dejar atrás amigos, rutinas y lugares conocidos y descubrir que encontrar tu sitio en un país nuevo puede empezar por algo tan sencillo —y tan importante— como volver a tener un lugar al que pertenecer.

Una pasión que empezó a los seis años

Kike tenía apenas seis años cuando empezó a quedar claro que el deporte no iba a ser simplemente una actividad extraescolar.

Era su pasión.

Fue su padre, que entendía de fútbol bastante más que yo, quien vio primero que además de entusiasmo había aptitudes. Durante muchos años fue también quien mejor supo acompañarlo en ese camino.

Yo tenía una mirada bastante diferente.

Tenía mis propios prejuicios con el fútbol y con el tiempo entendí que buena parte de ellos nacían también de mi ignorancia deportiva.

Miraba el fútbol desde fuera, a través del espectáculo, el negocio y todo el ruido que lo rodea, pero sabía muy poco de lo que sucede dentro de un entrenamiento, un vestuario o un equipo.

Durante una etapa de su infancia, Kike practicó fútbol y hockey al mismo tiempo.

Finalmente eligió el hockey y llegó a competir con el CD Giner de los Ríos de Valencia, participando incluso en un sector del Campeonato de España de hockey sala.

Aquella experiencia también le dejó cosas que luego llevaría al fútbol: coordinación, anticipación, velocidad, disciplina y una idea fundamental del deporte.

En un equipo no se juega únicamente para uno mismo.

Pero el balón nunca desapareció.

Al llegar la adolescencia, Kike tomó otra decisión.

Eligió el fútbol.

Esta vez no como una actividad más, sino como aquello a lo que realmente quería intentar dedicar su futuro.

«Si esta es tu pasión, busca la manera»

En Valencia continuó jugando en clubes como el C.D. Zafranar.

Llegó también un momento en el que ya no había becas que facilitaran el camino y recuerdo perfectamente lo que le dije:

«Si esta es tu pasión, busca la manera.»

Y la buscó.

Empezó a trabajar como ayudante de monitor con niños para pagarse parte de su propia actividad deportiva.

Quizá ese detalle explique su relación con el fútbol mejor que cualquier cifra de goles.

Porque querer algo también significa empezar a responsabilizarte de lo que cuesta conseguirlo.

Aquella experiencia trabajando con niños dejó además otra posibilidad abierta: en el futuro le gustaría formarse también como entrenador de fútbol.

Tiene 18 años.

Hay tiempo para descubrir hacia dónde lo lleva todo esto.

De Valencia a Pafos

En el verano de 2026 cambió completamente el escenario. Mi propia decisión de migrar después de los 50 significó también un cambio enorme para mi hijo. Kike dejó Valencia y se instaló conmigo en Chipre.

Y ahí empezó otra historia.

Su padre y yo estamos divorciados y durante muchos años había sido él quien mejor conocía y acompañaba la trayectoria futbolística de nuestro hijo.

Antes de comenzar esta nueva etapa hablé con él.

De alguna manera, me tocaba tomar el relevo desde Chipre.

Lo curioso es que me tocó hacerlo precisamente cuando el fútbol dejó de parecerme solamente fútbol.

Porque los primeros días aquí no fueron fáciles.

Cuando empezar de nuevo no parece una aventura

Emigrar queda precioso contado desde fuera.

País nuevo.

Mar.

Paisajes diferentes.

Una casa nueva.

La sensación de comenzar otra vida.

Pero quien emigra sabe que hay otra parte que no siempre aparece en las fotografías.

Kike venía de una ciudad, de sus amigos, de su gente y de sus rutinas. De repente estaba en otro país, con otro idioma y otra forma de vivir.

Para él, aquellos primeros días no fueron ninguna aventura maravillosa.

Quiso volver a España.

Y aquello me hizo entender que necesitaba bastante más que una casa nueva.

Necesitaba vínculos.

Rutina.

Objetivos.

Un espacio propio.

Necesitaba disciplina, pertenencia y algo hacia lo que avanzar.

Entonces apareció, una vez más, el fútbol.

Once entrenamientos y una oportunidad

Empezaron los entrenamientos.

La exigencia.

El vestuario.

Los compañeros.

Una rutina.

Un objetivo.

Y poco a poco empezó a mirar el lugar al que había llegado de otra manera.

Todavía no llevaba un mes viviendo en Pafos.

Habían pasado apenas 11 entrenamientos cuando llegó una noticia que significaba bastante más que tener un equipo:

Kike estaba fichado.

Comenzaba una nueva etapa con el Akamas Peyia FC 2025, equipo de Peyia que compite en la STOK Elite Division del fútbol chipriota.

Es demasiado pronto para sacar grandes conclusiones deportivas.

Y precisamente por eso tampoco quiero hacerlo.

Lo importante, por ahora, es la oportunidad.

Porque mientras empezaba a encontrar su sitio dentro del campo, también empezaba a encontrarlo fuera.

De «aquí» a «mi»

Durante aquellos primeros días, cuando les dijo a sus amigos de España que quería regresar, fueron ellos mismos quienes reaccionaron:

«¿Pero qué se te ocurre volverte a España? ¡Tú estás loco, tío! ¡Tú estás loco, nano!»

Ahora les enseña cómo vive, lo que hace, sus entrenamientos.

Pero empezó a suceder algo mucho más pequeño y, para mí, mucho más importante.

Cuando vamos a algún sitio y alguien le pregunta, Kike ya dice:

«Mi casa.»

«Mi fútbol.»

Y yo lo escucho y pienso: wow.

Porque quizá empezar a sentir que perteneces a un lugar suceda exactamente así.

Casi sin darte cuenta, un día dejas de decir «aquí» y empiezas a decir «mi».

El fútbol también me está cambiando a mí

Tengo que reconocer algo.

Este no era el futuro que yo había imaginado para mi hijo.

Sigo teniendo conflictos con determinados aspectos del mundo del fútbol. Pero conocerlo desde dentro me está obligando también a revisar algunos de mis prejuicios.

Estoy descubriendo disciplina.

Exigencia.

Profesionalidad.

Compañerismo.

Y también cuidado del jugador.

Entrenamientos, gimnasio, recuperación, masajistas, equipación, bebidas preparadas para ellos, ropa de entrenamiento que vuelve limpia al día siguiente.

Un entorno que exige rendimiento, pero que también proporciona herramientas para conseguirlo.

Yo lo resumo de una manera bastante menos técnica:

los tratan como princesas, pero les exigen como deportistas profesionales.

Y sí, todavía me hace gracia reconocerlo.

Durante muchos años el fútbol fue territorio de su padre y yo observaba aquel mundo con bastante desconfianza desde la distancia.

Tuve que mudarme de país para empezar a mirar el fútbol desde dentro.

«Ahora mancha las botas»

Un día, viendo todo aquello, Kike me dijo:

—Mamá, esto cuesta mucho dinero.

Entendí perfectamente a qué se refería.

No hablaba solamente de unas botas o una equipación.

Hablaba de las instalaciones, los profesionales, la formación y todos los recursos que estaban poniendo a su disposición.

Y le contesté:

—Te están formando porque consideran que vales. Ahora mancha las botas y demuestra tu valía en el campo con la misma humildad y la misma pasión con la que llegaste.

Porque recibir una oportunidad no significa haber llegado.

Significa que alguien ha decidido darte herramientas para comprobar hasta dónde puedes llegar.

Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que quiero que aprenda de esta etapa: valorar lo que recibe sin sentirse por ello más que nadie.

Tener instalaciones, profesionales, equipación o cuidados a su disposición no lo convierte en futbolista.

El trabajo empieza después.

En el entrenamiento al que vas aunque estés cansado.

En escuchar al entrenador.

En cuidar al compañero.

En aceptar una corrección.

En volver después de un mal partido.

En pasar el balón cuando otro está mejor situado.

Y, literalmente, en manchar las botas.

Porque el talento puede abrir una puerta.

Pero después hay que salir al campo.

Convertir una pasión en una profesión

No pretendemos convertir a Kike Fogliaco Moragas en una estrella.

No estamos esperando al próximo Messi.

Sabemos que el deporte profesional es difícil, competitivo e incierto.

Queremos algo mucho más sencillo y, para mí, mucho más importante:

acompañarlo para que tenga la oportunidad de intentar convertir su pasión en una profesión.

Puede ser jugando.

Puede ser entrenando.

Puede que el propio fútbol termine llevándolo por un camino que hoy ninguno conocemos.

Como padres, nuestro trabajo no consiste en prometerle que llegará.

Consiste en darle herramientas y acompañarlo para que pueda intentarlo.

Después serán suyos el esfuerzo, la disciplina, las decisiones, los aciertos y también las derrotas.

Hace doce años, su padre vio a un niño de seis años con un balón y entendió algo que yo todavía no sabía mirar.

Muchos años después, cuando aquel niño se convirtió en un joven de 18 años y tuvimos que empezar de nuevo en otro país, me tocó tomar el relevo.

Y entonces finalmente lo entendí.

El fútbol no le estaba dando solamente la posibilidad de perseguir una profesión.

Le estaba dando rutina, vínculos, objetivos, compañeros, disciplina, pertenencia y, quizá lo más importante, un propósito.

Algo por lo que levantarse, entrenar, esforzarse y mirar hacia delante cuando todo lo demás en su vida acababa de cambiar.

Kike encontró su pasión hace muchos años.

Ahora, desde Pafos, empieza a descubrir hasta dónde quiere llevarla.