La identidad no es un termo

La diferencia entre cambiar de país y cambiar de mirada

Hay personas que cambian de país, pero nunca llegan a marcharse del todo.

Cruzan un océano, aprenden otro horario y cambian de moneda. Sin embargo, su manera de mirar el mundo permanece exactamente donde estaba el día en que hicieron la maleta.

Emigran físicamente.

Pero emocionalmente siguen viviendo en el mismo lugar.

Después de más de media vida viviendo fuera de Argentina, he comprendido que existe una diferencia enorme entre mudarse y emigrar. No siempre ocurren al mismo tiempo.

Yo a eso lo llamo vivir dentro de una cápsula del tiempo.

La cápsula del tiempo

Una cápsula del tiempo no consiste en reunirse con compatriotas, celebrar las fiestas del país de origen o emocionarse al encontrar un producto que te recuerda a tu infancia.

Todo eso forma parte de las raíces y no tiene nada de malo.

La cápsula aparece cuando dejamos de conocer el lugar donde vivimos porque seguimos viviendo, mentalmente, en el lugar que dejamos atrás.

Cuando toda nuestra vida gira alrededor de «los nuestros».

Cuando solo consumimos información de nuestro país.

Cuando nuestras amistades pertenecen siempre al mismo círculo.

Cuando cada conversación termina comparando, casi por reflejo, «cómo eran las cosas allí».

En ese momento ya no estamos construyendo una nueva vida.

Estamos conservando la anterior en formol.

El gueto como refugio… y como cárcel

Todas las comunidades migrantes generan espacios propios.

Es algo natural.

Compartir idioma, referencias culturales o experiencias similares ayuda a sentirse acompañado cuando todo resulta desconocido.

El problema aparece cuando ese refugio deja de ser un punto de apoyo y se convierte en el único lugar desde el que vivimos.

Entonces el grupo deja de protegernos y empieza, sin querer, a aislarnos.

La identidad deja de ser una raíz para convertirse en una frontera.

Y, muchas veces, ese aislamiento se justifica con frases que todos hemos escuchado alguna vez:

«Aquí la gente es fría.»

«Solo entre nosotros nos entendemos.»

«Mejor quedarse con los nuestros.»

Puede que, en algunos casos, haya algo de verdad.

Pero otras veces esas ideas funcionan como una barrera invisible que impide conocer realmente la sociedad en la que hemos decidido vivir.

Cuando ayudar también puede convertirse en poder

En muchas comunidades migrantes aparece una figura muy conocida.

La del compatriota veterano.

Lleva años instalado, conoce todos los trámites, sabe dónde comprar, con quién hablar y qué evitar.

La mayoría de las veces su ayuda es sincera y generosa.

Pero no siempre.

A veces esa posición acaba convirtiéndose, casi sin darse cuenta, en una pequeña estructura de poder.

El recién llegado depende de quien conoce el terreno.

Y esa dependencia puede transformarse en influencia.

Aparece el gestor «de confianza», el seguro recomendado, el alquiler que solo conoce determinado grupo, la inversión «perfecta», el contacto imprescindible para cualquier trámite.

No se trata necesariamente de mala fe.

En ocasiones simplemente se crea un circuito cerrado donde siempre participan las mismas personas y donde la integración queda en segundo plano.

Porque cuanto más depende alguien de esa red, menos necesita salir de ella.

Y cuanto menos sale, más difícil resulta construir una vida propia.

La nostalgia también puede convertirse en negocio

La nostalgia es una emoción poderosa.

Nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos.

Pero también puede convertirse en un producto.

Hay redes que viven, literalmente, de mantener viva esa dependencia emocional.

No porque exista una conspiración.

Sino porque, cuando todo pasa por el mismo grupo, ese grupo adquiere cada vez más importancia.

El riesgo no es comer un asado con compatriotas.

El riesgo es que toda la vida social, económica y emocional termine girando siempre alrededor del mismo círculo.

La identidad no necesita demostraciones constantes

No hay nada malo en seguir tomando mate, cocinar un asado o emocionarse cuando suena una canción de tu infancia.

El problema aparece cuando esas costumbres dejan de ser un vínculo con las raíces para convertirse en una prueba permanente de identidad.

Como si hubiera que demostrar cada día que uno sigue siendo suficientemente argentino.

Entonces la cultura deja de ser un puente.

Y empieza a funcionar como una muralla.

Adaptarse no significa renunciar a lo que uno es.

Significa comprender que también hay otras maneras de vivir, de relacionarse y de entender el mundo.

Los hijos no emigran igual que nosotros

Quizá donde más evidente resulta esta diferencia es en la siguiente generación.

Muchos hijos de inmigrantes nacen o crecen en otro país, pero reciben una identidad construida exclusivamente desde la nostalgia de sus padres.

Se les enseña a mirar un lugar que apenas conocen como si fuera su verdadero hogar.

Y, sin querer, algunos terminan sintiéndose extranjeros precisamente en el país donde nacieron.

La identidad no debería imponerse.

Debería descubrirse.

Los hijos no necesitan elegir entre dos banderas.

Necesitan tener libertad para construir una identidad que también les pertenezca.

Porque la identidad no se hereda como un apellido.

Se construye viviendo.

La herencia del resentimiento

Emigrar tampoco nos hace automáticamente mejores personas.

A veces viajamos llevando con nosotros los mismos prejuicios, el mismo clasismo o la misma necesidad de sentirnos por encima de otros.

Resulta llamativo observar cómo algunas personas que un día emigraron terminan despreciando a otros inmigrantes, como si un pasaporte distinto o un determinado apellido los situara en una categoría diferente.

Olvidan algo muy sencillo.

Ellos también llegaron buscando una oportunidad.

Recordarlo no debería avergonzarnos.

Debería hacernos más humildes.

La identidad soy yo

Antes de emigrar, mi madre me dio un consejo que nunca olvidé.

«Flor, no hagas gueto. Mezclate.»

Le hice caso.

No fue el camino más fácil.

Hubo momentos de soledad, de incomprensión y de sentir que no pertenecía del todo a ningún sitio.

Pero, con el tiempo, entendí que esa incomodidad también era parte del viaje.

Porque conocer otras formas de vivir no diluye la identidad.

La amplía.

Hoy mi identidad no cabe en un pasaporte.

No depende de un termo, de un asado ni de repetir continuamente de dónde vengo.

Mi identidad está formada por mis principios, por las personas que he conocido, por las ciudades que me transformaron y por la educación sin prejuicios que intento transmitir a mi hijo.

No necesito actuar como argentina las veinticuatro horas del día para demostrar que lo soy.

Del mismo modo que no necesito dejar de serlo para sentirme parte del lugar donde vivo.

Reflexión final

Creo que la verdadera emigración empieza cuando dejamos de preguntarnos cómo hacer que el nuevo país se parezca al anterior y comenzamos a preguntarnos qué podemos aprender de él.

Porque emigrar no consiste solo en cambiar de dirección.

Consiste en permitir que el lugar al que llegamos también deje huella en nosotros.

Las raíces no desaparecen cuando crecen.

Simplemente dejan de ser una cadena para convertirse en un puente.

Quizá por eso, con los años, he llegado a una conclusión muy sencilla.

La identidad no es un termo que haya que mantener siempre caliente para demostrar de dónde venimos.

Es un árbol.

Conserva sus raíces.

Pero nunca deja de crecer hacia donde encuentra la luz.

"Composición artística de una maleta antigua de cuero y un reloj despertador vintage sobre la cubierta de madera de un barco. Al fondo, un paisaje híbrido que funde los monumentos de Buenos Aires (el Obelisco y el Congreso) con el Big Ben de Londres bajo un cielo nublado al atardecer. Concepto de identidad, emigración y ciudadanos del mundo."

¿Sentís que emigraste o solo te mudaste?