Educar en una sociedad de consumo es un tema complejo. Lo abordo porque han sido los lectores quienes lo han elegido, pero reconozco la dificultad que conlleva: los adultos somos, en gran medida, responsables con nuestras transferencias, y los niños son solo el reflejo de lo que reciben.

Introducción

Reconozco que a mi hijo no le falta nada. He pasado por momentos duros, pero jamás le ha faltado lo esencial. A veces peco de exceso, y eso provoca que no siempre valore las cosas; sin embargo, sí valora el sacrificio, que en definitiva es la esencia. Para mí, la educación emocional es el pilar sobre el que se construye una persona.

De dónde venimos y hacia dónde vamos

Provengo de una familia de mujeres luchadoras que, sin saberlo, practicaban el feminismo. Aunque hoy me falta un pilar fundamental, mi madre, no siento su ausencia espiritual: está en cada decisión que tomo, porque dejó sembrada en mí su esencia.

Me educaron en libertad. Mis padres supieron escoger lo mejor para mí, no por modas, sino por convicción. Las modas pasan, los valores permanecen, y se transmiten sin esfuerzo porque forman parte de lo que somos.

Un ejemplo: mis padres siempre optaron por la educación pública, priorizando la inteligencia y el esfuerzo sobre el dinero. Un entorno diverso, con valores laicos y una familia que forma parte activa de la comunidad educativa.

Cómo transmitimos

Mi hijo aprendió autonomía desde la verdad. Reconoce la muerte como parte de la vida y entiende que ciertas acciones tienen consecuencias inevitables. Por eso nunca tocó un enchufe, se asomó a una ventana o se metió a la piscina sin vigilancia.

Nunca tuvo que huir de mí porque no lo eduqué bajo el yugo de la autoridad, sino desde la compañía amorosa. Sus emociones han estado protegidas, sin sobreprotección. Creo que los niños deben ensuciarse, mojarse, tirarse al suelo: necesitan infancia.

Cuando los límites son claros, no hacen falta castigos. Me enorgullece que me feliciten por lo educado que es mi hijo, incluso si en otros contextos es un torbellino. Sabe comportarse en un restaurante, un museo o un tren, y también disfrutar en el parque, el río o la playa. Desde pequeño entendió que no tolero la impertinencia o el capricho, y jamás me ha avergonzado.

El entorno como modelador

Siempre me he rodeado de un entorno implicado: madres con las que puedo contar y familias que educan con criterios similares, lo que favorece amistades sanas entre los niños y coherencia en su educación.

Qué esperamos de ellos

Reconozco que mi hijo es inteligente, pero vago. No le exijo más allá de sus capacidades. La vagancia es propia de la infancia: querer jugar por encima de todo. Es un líder positivo y la sociabilidad es clave para él. Lo dejo jugar, disfrutar y ser niño, mientras siembro semillas que florecerán a su tiempo.

«Sembrad en los niños ideas buenas, aunque no las entiendan; los años se encargarán de descifrarlas y hacerlas florecer en su corazón.»María Montessori

Mi deber es enseñarle responsabilidad desde el ejemplo. Sé que crecerá como un gran ser humano, feliz, crítico, reflexivo, apasionado… libre.

Educar en una sociedad de consumo

Mi hijo tiene la última PlayStation y el FIFA más reciente. ¿Es negativo? Sí, si pensamos en el origen de sus componentes o en el riesgo de sedentarismo. Pero lo compensamos con deporte, que además le transmite valores.

Pertenece a la generación Z, nativa digital, y la tecnología será parte de su vida laboral. En el FIFA aprende geografía, estrategias, habilidades y trabajo en equipo. También disfruta de youtubers y documentales de animales, siempre con control parental.

He incorporado hábitos de consumo responsable: vender lo que no usa, reutilizar, valorar el dinero. Por ejemplo, su abuelo le regaló una bicicleta BH de los 90. Al principio le pareció vieja, pero le propuse personalizarla hasta hacerla única: la bici de Vaquerito.

Lo que prima en una sociedad de consumo lo decides tú

Vivimos en una sociedad que mide el éxito por la acumulación de objetos. No excluyo a mi hijo de ella, pero siembro en él actitud crítica. No se trata de negar, restar o adoctrinar, sino de educar desde la responsabilidad, la improvisación y las emociones.

No quiero un Messi, ni un empresario de éxito; quiero un Vaquerito. Y sé que dejaré a la sociedad un ciudadano generoso y de buen corazón. Eso es lo que más necesitamos: seres humanos felices.

«Una prueba de la acertada intervención educativa es un niño feliz.» —María Montessori

Complicado tema, lo abordo porque han sido los lectores quienes han elegido  educar en una sociedad de consumo, pero reconozco la dificultad de la temática,  porque somos los adultos los culpables con nuestras transferencias y los niños solo el reflejo.

Una prueba de la acertada intervención educativa es un niño feliz. María Montessori.

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