La nueva ciudad Juarez: Rosario

El soldadito tiene menos de 16 años. Vende droga en una especie de garita a la que llaman búnker. La puerta es muy baja y a veces el chiquillo entra gateando. Un adulto lo encierra desde afuera con varios candados. Así quedan a buen recaudo el niño, el dinero y la droga. El aire penetra a través de un boquete del tamaño de un ladrillo por el que el soldadito va sacando la cocaína y recogiendo los billetes. Al cabo de unas ocho horas alguien le abrirá la puerta, el niño entregará la droga sobrante junto al dinero recaudado y otro soldadito tomará el relevo. Ganan 400 pesos (36 euros) por día y el derecho a portar arma. En la ciudad de Rosario (un millón de habitantes, a tres horas en auto desde Buenos Aires) hay cientos de búnkeres y soldaditos. Hace dos años en Rosario no se usaban las palabras búnker, soldadito ni sicario. Pero la eclosión del narcotráfico ha incorporado nuevos conceptos y una sorpresa cada mañana.

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La ciudad de los orgullosos Rosarinos, con su casino imponente y su torre rascacielos

Voy a contar la historia de una Rosarina, de  una mujer que a los 50 años le tocó irse de su ciudad natal,  cuando se avecinaba el gran apogeo.

Perdió el empleo en el 2001, siendo secretaria de directorio con 14 años de antigüedad. Se la despide y se le ofrece recolocarla en otro puesto de trabajo,  de este mismo grupo de empresas que manejan el monopolio de la medicina.

Condición, renunciar a la antigüedad. No lo hizo y aceptó una mísera indemnización que se la quedó el gobierno gracias al corralito.

Esta mujer fuerte y digna, que había sido adorada por su fidelidad como trabajadora, fue despedida sin más y por supuesto, olvidada por muchos que la aplaudían cuando estaba en la gloria y ayudaba al prójimo a diestro y siniestro.

Esta Rosarino murió en España, lejos de su tierra natal,  a la cual no quiso volver, pero no solo por la realidad de Rosario, sino por la hipocresía de la clase media, culpable en gran medida de todos los males, cómplices e insolidarios.

Te duele en lo más profundo del alma,  dejarlo todo para empezar de nuevo y volver a tu ciudad, y que te cuenten las maravillas de una falsa urbe pujante y luminosa. Ser consciente que todo ello es producto del narcotráfico,  pero si dices algo contrario a la creencia popular o que hiera el ego,  te tachan de soberbio porque vienes de Europa. Te hacen sentir sapo de otro pozo, como que te excomulgan,  por haberte ido y pierdes todos los derechos, hasta de opinar.

Te toca morderte la lengua para no mandar a todos a la mierda, prefieres un abrazo, un recuerdo, un sabor que te quite el mal sabor de boca, (por lo que te toca tragar para no enfadarte con esas personas), que son tus quereres, y que repetían como loritos en el 2008 «que linda está rosario».

Uno veía caballos a tracción de sangre por las calles, miseria, mucha miseria, veía a las personas deterioradas como las fachadas de las casas. Te llevaban con orgullo de paseo a los mismo lugares (shoppings, el río, el puente). Estaban completamente encandilado por las luces de una city construida a base de droga y disfrutada por unos pocos afortunados, donde la gran desigualdad era insolente.

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Ahora Rosario paga las consecuencias de esa hipocresía y falso orgullo, el precio es tan alto como las torres que ostentan y que el Rosarino mira como parte de un paisaje que no les pertenece.