¿Y si…?

A veces el miedo al futuro empieza exactamente así: con dos palabras aparentemente inocentes capaces de construir una vida que todavía no ha ocurrido.

¿Y si…?

¿Y si me equivoco?

¿Y si pierdo el trabajo?

¿Y si el dinero no alcanza?

¿Y si mis hijos no encuentran su camino?

¿Y si enfermo?

¿Y si envejezco sola?

¿Y si tomo una decisión y después descubro que no era la correcta?

¿Y si aquello que hoy parece seguro deja de serlo?

¿Y si todo cambia?

Tenemos una habilidad extraordinaria para viajar al futuro. El problema es que muchas veces compramos billete únicamente para los peores destinos.

Y lo hacemos con una precisión asombrosa.

No sabemos qué ocurrirá mañana, pero somos capaces de construir la escena completa. Ponemos personajes, consecuencias, conversaciones que jamás han sucedido. Calculamos pérdidas. Anticipamos respuestas. Resolvemos problemas que todavía no existen.

Y después volvemos al presente agotados de un viaje que nunca hicimos.

El futuro imaginado también pesa

La incertidumbre incomoda.

Quizá por eso intentamos rellenarla.

Cuando no sabemos qué ocurrirá, nuestra cabeza necesita completar el espacio en blanco. Y muchas veces lo completa con miedo.

No necesariamente porque seamos pesimistas.

Tal vez porque durante miles de años anticipar peligros fue una estupenda herramienta para seguir vivos.

El problema es que nuestro cerebro puede utilizar esa misma herramienta para enfrentarse a cosas bastante menos inmediatas que un depredador.

Una factura.

Un cambio de trabajo.

Una mudanza.

Una relación.

Los hijos.

La vejez.

El dinero.

Una decisión importante.

El futuro.

Y entonces aparece el ejército de los «¿y si…?».

Uno trae otro.

¿Y si sucede esto?

Entonces podría pasar aquello.

Y si pasa aquello, después seguramente ocurrirá lo otro.

En cinco minutos hemos construido una catástrofe perfectamente organizada.

Solo hay un pequeño detalle:

nada de eso ha sucedido.

Confundimos posibilidad con probabilidad

Que algo pueda ocurrir no significa que vaya a ocurrir.

Parece obvio escrito así.

No siempre resulta tan obvio cuando tenemos miedo.

Porque el miedo tiene una particularidad: habla en presente de cosas que pertenecen al futuro.

Nos hace sentir hoy la angustia de perder algo que todavía tenemos.

Nos hace sufrir hoy una soledad que todavía no existe.

Nos hace lamentar hoy una decisión cuyo resultado todavía desconocemos.

Nos hace resolver hoy problemas que quizá nunca tengamos.

Y así podemos pasar buena parte de nuestra vida intentando protegernos de acontecimientos imaginarios.

Quizá por eso cuesta tanto algo que parece sencillo: vivir el presente y recordar que la vida sucede hoy. Mientras intentamos adelantarnos a lo que podría ocurrir mañana, podemos terminar perdiéndonos lo único que realmente está ocurriendo: esto.

Por supuesto que hay que prever.

Ahorrar.

Organizar.

Contratar un seguro.

Hacer planes.

Tener alternativas.

Mirar hacia delante forma parte de ser adulto.

Pero existe una frontera bastante fina entre preparar el futuro y empezar a vivir dentro de él.

Y quizá convenga aprender a reconocerla.

Pero hay algo curioso

Si nuestra imaginación es capaz de construir con semejante detalle todo lo que podría salir mal, hay una pregunta bastante evidente:

¿por qué no hacemos el mismo ejercicio hacia el otro lado?

Porque «¿y si…?» no pertenece al miedo.

Son solamente dos palabras.

Podemos terminar la frase como queramos.

¿Y si encuentro una oportunidad que hoy ni siquiera sé que existe?

¿Y si aquello que me preocupa termina resolviéndose?

¿Y si conozco a alguien que cambia el rumbo de las cosas?

¿Y si aprendo algo nuevo?

¿Y si mis hijos encuentran su propio camino, aunque no sea el que yo había imaginado?

¿Y si me adapto?

¿Y si vuelvo a empezar?

¿Y si dentro de cinco años miro hacia atrás y pienso: menos mal?

¿Y si sale bien?

Curiosamente, cuando imaginamos una desgracia solemos llamarlo preocupación.

Cuando imaginamos que las cosas pueden salir bien, muchas veces lo llamamos ser demasiado optimista.

Como si el peor futuro fuese realista y el mejor, ingenuo.

Pero ninguno existe todavía.

Esa es la parte que olvidamos.

No se trata de pensar positivo

No.

La vida no funciona así.

Hay cosas que salen mal.

Hay decisiones equivocadas.

Hay enfermedades, pérdidas, problemas económicos, separaciones, trabajos que desaparecen y planes que terminan en la basura.

Pensar bonito no impide que ocurran cosas feas.

Pero preocuparse tampoco.

Y quizá ahí esté la diferencia.

No necesitamos convencernos de que todo saldrá bien.

Necesitamos recordar que todavía no sabemos cómo saldrá.

Parece poca cosa.

No lo es.

Porque entre «todo va a salir mal» y «todo va a salir bien» existe un territorio enorme llamado todavía no lo sé.

Y aprender a vivir ahí probablemente sea una de las cosas más difíciles de hacerse mayor.

¿Y si me equivoqué?

Esta quizá sea una de las preguntas más humanas.

Aparece después de cambiar de trabajo.

Después de mudarnos.

Después de terminar una relación.

Después de empezar otra.

Después de tener un hijo.

Después de emprender.

Después de comprar una casa.

Después de abandonar algo.

Después de atrevernos.

Tomamos una decisión con la información, las circunstancias y la persona que somos en ese momento.

Y después queremos una garantía.

Queremos saber si dentro de cinco, diez o veinte años podremos mirar hacia atrás y decir:

elegí bien.

Pero la vida no entrega certificados de garantía.

A veces una buena decisión conduce a una etapa difícil.

A veces una mala decisión termina abriendo una puerta inesperada.

A veces aquello que parecía un fracaso nos obliga a movernos.

Y a veces lo que hoy nos asusta termina convirtiéndose simplemente en una anécdota que contaremos dentro de unos años.

No lo sabemos.

Otra vez esas tres palabras.

No lo sabemos.

Tal vez podamos cambiar la pregunta

Los «¿y si…?» probablemente no desaparecerán.

Tampoco hace falta.

Nos ayudan a prever, protegernos y pensar.

Pero quizá podamos empezar a escucharlos de otra manera.

Cuando aparezca:

¿Y si pierdo?

Podemos dejar sitio también para:

¿Y si gano algo que todavía no conozco?

Cuando aparezca:

¿Y si no puedo?

Quizá podamos preguntarnos:

¿Y si aprendo?

Cuando aparezca:

¿Y si todo cambia?

Tal vez:

¿Y si yo también cambio?

Y cuando llegue ese enorme, incómodo y universal:

¿Y si me equivoqué?

No hace falta responder enseguida.

Puede ser.

Todos nos equivocamos.

Pero mientras el futuro siga siendo futuro, existe otra pregunta exactamente igual de legítima.

Una que solemos hacer mucho menos.

¿Y si no?

Y ahora te pregunto a ti…

¿Cuál es el «¿y si…?» que más vueltas te da últimamente?

Y, sobre todo, ¿alguna vez has probado a darle la vuelta y preguntarte «¿y si sale bien?»?

Te leo en los comentarios. A veces poner nuestros miedos en palabras también ayuda a verlos de otra manera.