Hay personas que te quieren, pero te quieren debajo

Hay personas que te quieren.

Pero te quieren debajo.

Parece una contradicción, pero con los años he aprendido que no siempre lo es.

Hay personas que pueden acompañarte cuando estás pasando una mala época. Te escuchan, te aconsejan, incluso pueden ayudarte. Se sienten cómodas siendo necesarias, teniendo la respuesta, ocupando el lugar de quien sabe, quien puede, quien tiene.

El problema aparece cuando empiezas a levantarte.

Cuando consigues aquello por lo que llevabas tiempo trabajando.

Cuando ganas independencia.

Cuando ya no necesitas determinados favores.

Cuando empiezas a confiar en ti.

Cuando algo, sencillamente, te sale bien.

Entonces algunas relaciones cambian.

No siempre es envidia

Sobre la envidia he escrito muchas veces.

Y no creo que todo pueda explicarse desde ahí.

A veces hay algo diferente: la necesidad de establecer jerarquías incluso dentro de los afectos.

Yo arriba.

Tú abajo.

Mientras esos lugares permanecen intactos, la relación funciona.

He conocido personas cuyo gesto cambiaba literalmente cuando les contaba algo bueno. Recuerdo a un amigo —pongamos las comillas donde correspondan— frunciendo el ceño ante algunos de mis logros.

Era curioso.

Una mala noticia podía despertar interés, conversación, consejos.

Una buena parecía necesitar rápidamente una explicación que la hiciera un poquito menos buena.

No hace falta saber qué había detrás de aquel gesto.

Con los años aprendí algo bastante más útil que intentar averiguarlo: observar cómo me hacen sentir determinadas personas cuando algo bueno me sucede.

Porque también ahí conocemos a quienes nos rodean.

Una silla puede decir muchas cosas

Hace muchos años viví una escena aparentemente insignificante que nunca olvidé.

Una amiga llegó a negarme un asiento en una mesa porque estaba reservado para alguien «superior».

Superior.

No estábamos en una recepción diplomática.

No se estaba decidiendo el futuro de ningún país.

Era una mesa.

Y era una silla.

Pero precisamente por eso aquella escena se quedó conmigo.

Porque el problema nunca fue el asiento.

El mensaje era otro:

este no es tu lugar.

Hay personas que necesitan organizar el mundo así.

Arriba y abajo.

Importantes y prescindibles.

Los que pertenecen y los que deberían sentirse agradecidos simplemente por estar cerca.

A veces utilizamos el dinero.

Otras, los cargos.

Los estudios.

Los contactos.

Las profesiones.

Las casas.

Los coches.

Los apellidos.

Incluso determinados estilos de vida.

Cualquier cosa sirve cuando necesitamos convertir nuestras diferencias en categorías humanas.

También sucede en el trabajo

Y quizá sea en el ámbito laboral donde resulta más evidente.

Todos hemos conocido alguna vez a alguien que necesitaba demostrar constantemente quién mandaba.

Jefes que prefieren empleados inseguros.

Compañeros que retienen información porque saber algo que tú desconoces les proporciona una pequeña parcela de poder.

Personas que tratan exquisitamente a quien consideran importante y de manera completamente diferente a quien creen que no puede ofrecerles nada.

El cargo, evidentemente, establece responsabilidades.

Pero tener más responsabilidad no convierte a nadie en un ser humano superior.

Sin embargo, algunas personas confunden autoridad con superioridad.

Y otras necesitan mantener a quienes tienen alrededor un poquito más abajo para poder sentirse grandes.

El problema empieza cuando te levantas

Hay relaciones que funcionan estupendamente mientras una persona necesita y la otra proporciona.

Mientras una duda y la otra aconseja.

Mientras una atraviesa dificultades y la otra puede sentirse fuerte.

Hasta que los papeles cambian.

Te recuperas.

Aprendes.

Creces.

Consigues trabajo.

Emprendes.

Te enamoras.

Te independizas.

Empiezas a ganar dinero.

Construyes una vida que te gusta.

O simplemente dejas de pedir permiso.

Y entonces descubres algo incómodo:

algunas personas no echaban de menos tu bienestar.

Echaban de menos la posición que ocupaban frente a ti cuando tú estabas peor.

Por eso no todo el mundo sabe celebrar nuestros logros.

Y tampoco necesitamos convertir automáticamente esa incapacidad en envidia.

A veces es inseguridad.

A veces comparación.

A veces frustración.

A veces una necesidad enorme de reconocimiento.

Y otras veces, sencillamente, alguien había construido parte de su identidad sintiéndose por encima de nosotros.

Cuando dejamos de estar debajo, el vínculo se tambalea.

Convertimos demasiado fácilmente las diferencias en jerarquías

Hace unos días escribía sobre el desprecio hacia lo que no comprendemos.

Sobre esa tendencia tan humana a pasar de:

«Yo no elegiría esa vida»

a:

«Esa vida vale menos que la mía».

Quizá esto sea otro capítulo de la misma historia.

Nos cuesta aceptar que dos personas puedan ser diferentes sin que necesariamente una tenga que estar por encima de la otra.

Uno puede tener más dinero.

Otro más estudios.

Otro un cargo importante.

Otro una casa enorme.

Otro puede haber decidido vivir con muchísimo menos.

Pero ninguna de esas cosas determina cuánto vale una persona.

El problema empieza cuando necesitamos que lo hagan.

Ya no quiero esas mesas

Con los años he perdido bastante interés por demostrar que merezco determinados lugares.

También he aprendido a observar algo que antes quizá me pasaba inadvertido.

Quién se alegra cuando me va bien.

Quién necesita minimizarlo.

Quién desaparece.

Quién aparece solamente cuando estoy mal.

Quién me mira a los ojos independientemente de lo que tenga, consiga o pierda.

Porque las malas épocas revelan mucho sobre las personas.

Pero las buenas también.

Hay quien te ayuda a levantarte.

Y hay quien estaba mucho más cómodo cuando estabas en el suelo.

Hoy no necesito sentarme en la mesa de quienes se consideran superiores.

Prefiero construir la mía.

Una mesa donde podamos ser diferentes.

Donde uno sepa más de unas cosas y otro de otras.

Donde nadie necesite empequeñecer al de al lado para sentirse importante.

Y, sobre todo, una mesa lo suficientemente grande para que nadie tenga que demostrar que merece una silla.