El desprecio hacia lo que no comprendemos

Hay una frase aparentemente inocente que utilizamos muchísimo:

«Yo no podría vivir así».

Hasta ahí, nada extraño.

Todos tenemos preferencias, necesidades, aspiraciones y maneras diferentes de entender la vida.

El problema empieza cuando yo no podría vivir así se transforma en nadie debería querer vivir así.

Entonces dejamos de hablar de nosotros y empezamos a juzgar al otro.

No entiendo por qué alguien renunciaría a un buen trabajo.

No entiendo cómo puede vivir en un pueblo tan pequeño.

No entiendo por qué no quiere tener hijos.

No entiendo cómo puede estar contento con tan poco.

No entiendo por qué dejó aquella relación.

No entiendo por qué empezó de cero a esa edad.

Y casi sin darnos cuenta, empezamos a juzgar lo diferente y a menospreciar aquello que no comprendemos, como si no compartir una forma de vida fuera suficiente para considerarla inferior.

Quizá porque aceptar que alguien puede ser feliz viviendo de una manera que nosotros jamás elegiríamos nos obliga a reconocer algo bastante incómodo:

nuestra manera de vivir no es la única manera correcta de hacerlo.

De «yo no lo elegiría» a «eso está mal»

Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.

Podemos mirar la vida de otra persona y pensar que jamás tomaríamos sus decisiones.

Es normal.

Lo curioso es nuestra necesidad de añadir un juicio.

No viviría allí.

No trabajaría de eso.

No tendría esa casa.

No educaría así a mis hijos.

No gastaría mi dinero de esa manera.

No mantendría esa relación.

Perfecto.

El problema aparece cuando necesitamos explicar por qué nuestra elección es superior.

Entonces ya no hablamos de gustos.

Hablamos de jerarquías.

Mi casa no es simplemente la casa que prefiero: es mejor.

Mi profesión no es únicamente la que elegí: tiene más prestigio.

Mi ciudad no es solo el lugar donde quiero vivir: ofrece una vida superior.

Mis prioridades no son diferentes: son las correctas.

Y las decisiones empiezan a convertirse en una competición que nadie había convocado.

El éxito necesita símbolos reconocibles

Desde pequeños aprendemos a reconocer determinadas señales de éxito.

Una buena profesión.

Una casa grande.

Un coche determinado.

Viajes.

Dinero.

Una pareja estable.

Una familia.

Una ciudad importante.

Ascender.

Ganar más.

Tener más.

No hay nada malo en querer cualquiera de esas cosas.

El problema es asumir que quien no las desea necesariamente se está conformando.

Nos cuesta imaginar que alguien pueda tener la posibilidad de ganar más y preferir trabajar menos.

Que pueda permitirse cambiar de coche y no hacerlo.

Que prefiera un pueblo a una gran ciudad.

Que valore disponer de tiempo por encima de acumular cosas.

Que no aspire a aquello que nosotros hemos aprendido a llamar éxito.

Cuando no encontramos los símbolos que conocemos, a veces concluimos demasiado rápido que esa persona no ha llegado.

Quizá simplemente iba hacia otro sitio.

Lo sé también por experiencia.

Alguna vez han mirado una casa mía y han visto únicamente lo que no era.

No era moderna. No respondía a determinada estética ni tenía esa apariencia que algunos parecen necesitar para reconocer que a alguien le va bien.

Yo veía otra cosa.

Veía una casa grande, cómoda, que me permitía vivir como quería, trabajar, ahorrar, sostener mis prioridades y construir poco a poco la vida hacia la que estaba intentando llegar.

También me han juzgado por decisiones que desde fuera podían parecer incomprensibles. Algunas incluso fueron interpretadas como falta de ambición.

Con el tiempo entendí que es muy difícil valorar una decisión cuando desconocemos el proyecto del que forma parte.

Una vida no puede juzgarse mirando una sola pieza.

A veces no cambiar el sofá, no reformar una cocina o no perseguir la última tendencia no significa que no puedas hacerlo.

Puede significar, simplemente, que tu dinero, tu energía y tus deseos están puestos en otro lugar.

Y resulta curioso cómo cambia la mirada ajena cuando empiezan a verse los resultados.

Lo que antes parecía conformismo puede empezar a llamarse decisión.

Lo que parecía falta de ambición, libertad.

Lo que parecía no tener importancia termina revelándose como parte de un plan que los demás nunca vieron.

La decisión no cambió.

Cambió lo que los demás podían ver de ella.

Vista de Peyia y el Mediterráneo con la frase sobre reconocer hasta dónde hemos llegado.

A veces no necesitas llegar más lejos. Necesitas darte cuenta de hasta dónde llegaste.

Lo diferente también nos cuestiona

Hay decisiones ajenas que incomodan sin afectarnos absolutamente en nada.

Y eso resulta interesante.

¿Por qué puede molestarnos tanto cómo vive alguien que no somos nosotros?

Tal vez porque algunas elecciones funcionan como un espejo.

Si alguien necesita muy poco para sentirse satisfecho, quizá nos haga preguntarnos por qué nosotros necesitamos tanto.

Si alguien abandona una profesión prestigiosa para vivir con menos presión, puede obligarnos a pensar cuánto estamos sacrificando nosotros por nuestro trabajo.

Si alguien empieza de nuevo a una edad en la que supuestamente debería tenerlo todo resuelto, quizá nos recuerde las cosas que nosotros no nos atrevemos a cambiar.

Paisaje de Peyia con una reflexión sobre salir de los patrones establecidos e inventar un camino propio.

Lo difícil no es salir de la rueda. Es aceptar que fuera de ella tendrás que inventar tu propio camino.

No significa que debamos imitarlo.

Pero comprender que existen otras posibilidades puede remover las certezas sobre las que construimos nuestra propia vida.

Y a veces es más sencillo ridiculizar una elección que preguntarnos por qué nos incomoda.

También despreciamos lo que no conocemos

Sucede con lugares.

Con culturas.

Con profesiones.

Con generaciones.

Con formas de relacionarse.

Con maneras de formar una familia.

Con estilos de vida.

Podemos construir una opinión completa sobre algo que jamás hemos experimentado.

«Ahí no viviría ni loco».

«Ese trabajo lo hace cualquiera».

«Esa generación no quiere trabajar».

«A esa edad ya no estás para empezar de nuevo».

«Eso no es una familia».

«Eso no es vida».

Frases enormes construidas muchas veces sobre conocimientos diminutos.

Y las redes sociales han añadido algo más: ahora podemos juzgar vidas enteras a partir de unos segundos.

Una fotografía.

Un vídeo.

Una casa.

Una ropa.

Un comentario.

Un fragmento diminuto convertido en prueba suficiente para decidir quién es alguien y cuánto vale su vida.

No todo lo que no comprendemos necesita una explicación

También hemos desarrollado cierta obsesión por entender las decisiones de los demás.

¿Por qué no quiere casarse?

¿Por qué se fue?

¿Por qué volvió?

¿Por qué no tiene hijos?

¿Por qué tuvo tantos?

¿Por qué dejó ese trabajo?

¿Por qué vive ahí?

¿Por qué gasta tan poco?

¿Por qué gasta tanto?

Preguntar puede ser curiosidad.

Pero otras veces detrás de la pregunta existe una exigencia:

explícame tu vida de una manera que tenga sentido para mí.

Como si las decisiones ajenas necesitaran superar nuestro examen para resultar legítimas.

Y quizá no.

Quizá alguien pueda elegir algo que nosotros jamás elegiríamos y no debernos ninguna explicación.

Comprender no es un requisito para respetar

Podemos intentar comprender a los demás. Seguramente nos haga personas más abiertas y nos permita descubrir mundos que desconocemos.

Pero tampoco vamos a comprenderlo todo.

Hay decisiones que seguirán pareciéndonos extrañas.

Formas de vivir que jamás desearemos.

Prioridades que no compartiremos.

Creencias que no serán las nuestras.

Y está bien.

Porque respetar no significa aprobar.

Tampoco significa imitar.

Ni siquiera significa comprender completamente.

Significa reconocer que otra persona puede construir una vida diferente sin que esa diferencia convierta la nuestra en equivocada.

Ni la suya en inferior.

Quizá no hablábamos del otro

La próxima vez que algo de la vida de otra persona nos provoque inmediatamente una frase como:

qué horror.

qué triste.

qué desperdicio.

yo jamás.

Tal vez valga la pena esperar un segundo antes de terminar la sentencia.

No necesariamente para cambiar de opinión.

Podemos seguir pensando que aquella vida no sería para nosotros.

Pero quizá podamos preguntarnos algo más interesante:

¿qué es exactamente lo que estoy despreciando y por qué necesito hacerlo?

Porque muchas veces creemos estar describiendo al otro cuando, sin darnos cuenta, estamos enumerando nuestros propios valores, prejuicios, miedos y expectativas.

Al final, nadie necesita comprender todas las maneras posibles de vivir.

Sería imposible.

Quizá baste con aprender una diferencia bastante sencilla:

«Yo no elegiría tu vida» no significa «tu vida vale menos que la mía».

¿Alguna vez te menospreciaron por salirte del molde y solo entendieron tus decisiones cuando vieron adónde te llevaron?