El tablero del Sur: mientras miramos las guerras del mundo, la geopolítica también se mueve abajo

Mientras el mundo observa Ucrania, Oriente Medio y las tensiones del Indo-Pacífico, en el Atlántico Sur y la Antártida se cruzan soberanía, petróleo, pesca, rutas marítimas, presencia militar y competencia entre potencias. Malvinas es apenas una de las piezas.

Llevamos años mirando hacia arriba en el mapa.

Ucrania. Rusia. Europa. Gaza. Irán. Oriente Medio. China y Taiwán. El mar Rojo. El estrecho de Ormuz.

Allí parecen estar todos los conflictos capaces de cambiar el mundo.

Pero hace unos días algo me hizo bajar la mirada.

Fue Malvinas.

Cuando Javier Milei volvió a endurecer el discurso argentino sobre las islas, mi primera reacción fue bastante poco épica: pensé en política interna, en elecciones, en la extraordinaria capacidad que tiene Malvinas para despertar sentimientos que atraviesan prácticamente todas las divisiones ideológicas argentinas.

Pero entonces apareció una palabra: petróleo.

Y después otra: Antártida.

Y cuando empecé a alejar el mapa aparecieron las Georgias del Sur, las Sandwich del Sur, el estrecho de Magallanes, el pasaje de Drake, las rutas marítimas, la pesca, las bases científicas, Reino Unido, Chile, China y Estados Unidos.

Malvinas seguía allí.

Pero ya no parecía el tablero.

Parecía una pieza.

El petróleo vuelve a cambiar la conversación

Al norte de las Malvinas/Falkland se encuentra Sea Lion, un proyecto petrolero que ha dejado de pertenecer al terreno de las posibilidades futuras.

Navitas Petroleum posee el 65 % del proyecto y Rockhopper Exploration el 35 %. La primera fase ya fue aprobada para su desarrollo y está previsto que la producción comience en 2028, con alrededor de 50.000 barriles diarios.

Argentina considera ilegales las licencias concedidas por las autoridades de las islas y acaba de presentar una denuncia penal contra Navitas, sus subsidiarias y directivos. Las empresas, por su parte, sostienen que poseen licencias válidas concedidas por el gobierno de las Falkland Islands y cuentan con respaldo británico.

Aquí empieza la primera dificultad de este artículo.

Dependiendo de quién nos cuente la historia, estamos ante la explotación ilegal de recursos pertenecientes a un territorio usurpado o ante el desarrollo económico legítimo de un territorio británico de ultramar cuyos habitantes desean continuar vinculados al Reino Unido.

Las dos posiciones son incompatibles.

Y ninguna desaparece porque decidamos ignorar a la otra.

El Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas volvió a tratar en junio de 2026 la cuestión de Malvinas/Falkland como una disputa de soberanía entre Argentina y Reino Unido, y volvió a aparecer el llamamiento a retomar las negociaciones. Eso no equivale a que Naciones Unidas haya reconocido soberanía argentina sobre las islas, como a veces se simplifica. Reino Unido, a su vez, sostiene que debe prevalecer el derecho de autodeterminación de los isleños.

Pero el petróleo introduce algo nuevo en una discusión antiquísima.

Ya no hablamos solamente de historia, identidad y soberanía.

Hablamos de recursos.

Hay que alejar el mapa

Si alejamos un poco la imagen, Malvinas deja de estar sola.

Aparecen las Georgias del Sur y las Sandwich del Sur.

Más abajo, la Antártida.

Al oeste, Tierra del Fuego, el estrecho de Magallanes y el pasaje de Drake.

Y entonces empezamos a comprender por qué el extremo austral puede adquirir una importancia estratégica mucho mayor de la que percibimos desde Europa o desde las grandes capitales del hemisferio norte.

La propia Argentina define oficialmente el Atlántico Sur como un espacio geoestratégico en el que confluyen plataforma continental, islas, Antártida, pesquerías, hidrocarburos, energía y minerales.

Hace apenas unas semanas, además, la Cancillería argentina volvió a vincular explícitamente el extremo austral con los recursos naturales estratégicos, las rutas marítimas y las cadenas globales de suministro, subrayando al mismo tiempo la importancia de su cooperación con Chile.

Es decir: no hace falta inventar una conspiración para afirmar que el Sur está ganando importancia.

Los propios Estados lo dicen.

La Antártida y el famoso 2048

Aquí conviene detenerse porque existe uno de esos relatos que internet ha repetido tantas veces que termina adquiriendo apariencia de verdad:

“En 2048 vence el Tratado Antártico y entonces las potencias podrán repartirse la Antártida y explotar sus minerales.”

No es cierto.

Ni el Tratado Antártico ni su Protocolo Ambiental vencen en 2048.

El Protocolo de Madrid, firmado en 1991 y en vigor desde 1998, considera la Antártida una reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia y prohíbe las actividades relacionadas con recursos minerales excepto las destinadas a investigación científica.

A partir de 2048 puede solicitarse una conferencia para revisar el funcionamiento del Protocolo.

No significa abrir las puertas de una mina al día siguiente.

Modificar la prohibición de explotación mineral requeriría condiciones jurídicas muy exigentes y la existencia de un régimen internacional vinculante sobre esas actividades. El propio Sistema del Tratado Antártico ha tenido que desmentir expresamente el mito de que todo “caduca” en 2048.

Pero desmontar el mito no vuelve irrelevante a la Antártida.

Probablemente ocurre exactamente lo contrario.

Nadie puede apropiarse hoy de más Antártida. Pero nadie deja de posicionarse

Siete Estados mantienen reclamaciones territoriales antárticas: Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y Reino Unido.

Algunas se superponen.

Especialmente significativa para nuestro tablero es la superposición de las reclamaciones de Argentina, Chile y Reino Unido en la península Antártica.

El Tratado Antártico congeló el conflicto sin resolverlo: protege las posiciones existentes, impide formular nuevas reclamaciones o ampliar las actuales mientras permanezca vigente y evita que las actividades desarrolladas durante este periodo puedan utilizarse para crear nuevos derechos de soberanía.

Es una solución extraordinariamente inteligente.

Nadie renuncia.

Pero nadie puede avanzar jurídicamente sobre los demás.

Por eso la Antártida sigue dedicada fundamentalmente a la ciencia y a la cooperación internacional.

Sin embargo, presencia también significa capacidad.

Bases. Puertos. Rompehielos. Aviones. Investigación científica. Cartografía. comunicaciones. Logística. Conocimiento del territorio.

Argentina mantiene presencia antártica permanente desde 1904 y posee una extensa red de bases. Ushuaia funciona además como uno de los grandes puntos logísticos de conexión con el continente antártico y recibe centenares de recaladas de cruceros internacionales cada año.

Chile posee su propia infraestructura y coopera estrechamente con Argentina: ambos países mantienen desde hace más de 25 años la Patrulla Antártica Naval Combinada y trabajan conjuntamente en conservación y protección marina.

Y Reino Unido acaba de publicar algo particularmente revelador.

Reino Unido ya habla de “competencia estratégica”

La Estrategia Antártica británica hasta 2035 establece cuatro prioridades.

Una de ellas es, literalmente, “gobernanza e intereses soberanos del Reino Unido”.

El documento reafirma el compromiso británico con el Tratado Antártico, la ciencia y la protección ambiental. Pero también reconoce algo que merece atención: considera que la región antártica está sometida a una creciente competencia estratégica, con Estados que buscan aumentar su influencia mediante una mayor presencia regional.

Reino Unido prevé mantener capacidad de vigilancia y patrulla, apoyo de la Royal Navy y la Royal Air Force e infraestructura científica y logística durante la próxima década.

Esto tampoco significa que Londres esté preparando una conquista de la Antártida.

Significa algo mucho menos cinematográfico y probablemente mucho más importante:

los Estados piensan a décadas.

Mientras nosotros discutimos sobre lo que ocurre esta semana, ellos planifican qué capacidades quieren conservar dentro de diez, veinte o treinta años.

Y entonces aparece China

China tampoco necesita reclamar un pedazo de Antártida para querer estar presente.

En 2024 inauguró Qinling, su quinta estación de investigación antártica.

Su expansión científica y logística la convierte progresivamente en uno de los grandes actores antárticos. Parte de su infraestructura puede tener aplicaciones científicas y también potenciales usos duales, algo que genera inquietud entre analistas occidentales. Pero conviene ser rigurosos: que una tecnología pueda tener doble uso no demuestra automáticamente una finalidad militar secreta.

La misma cautela es necesaria cuando miramos el Atlántico Sur.

Durante la temporada alta del calamar operan cerca de aguas argentinas alrededor de 200 pesqueros chinos, según una investigación de Reuters. La flota ha aumentado aproximadamente un 50 % durante la última década.

Funcionarios argentinos y estadounidenses han expresado sospechas sobre posibles actividades de inteligencia o cartografiado del fondo marino.

Pero hay un dato fundamental que no debería desaparecer entre titulares: Reuters analizó movimientos marítimos entre enero de 2025 y marzo de 2026 y no encontró pruebas de una actividad masiva de cartografiado submarino por parte de esos buques.

China rechaza esas acusaciones y sostiene que su actividad pesquera cumple el derecho internacional.

Esto es exactamente lo que hace interesante el tablero.

Hay intereses reales.

Hay sospechas.

Hay competencia.

Y también hay relatos interesados construidos por cada potencia.

Nuestro trabajo como ciudadanos no debería ser elegir rápidamente qué propaganda nos gusta más.

Debería ser aprender a distinguirlas.

Estados Unidos también mira hacia abajo

Washington observa con creciente atención la presencia china en América Latina y particularmente las infraestructuras que puedan tener valor estratégico.

Estados Unidos ha colaborado con Argentina en vigilancia marítima y considera el Atlántico Sur relevante no solamente por sus recursos, sino también por su acceso a la Antártida y a pasos marítimos fundamentales.

Aquí la relación de Javier Milei con Estados Unidos adquiere interés.

Su alineamiento con Washington es evidente. Pero reducir todo lo que ocurre en el Sur a “Milei trabaja para Estados Unidos” sería demasiado fácil y nos impediría ver el fenómeno completo.

Porque Estados Unidos tiene además una relación estratégica histórica con Reino Unido.

Y Reino Unido no tiene ninguna intención de abandonar las Falkland/Malvinas.

Por tanto, en el Sur no existe una sencilla partida de dos equipos.

Existen intereses que unas veces coinciden y otras chocan.

Y eso es precisamente la geopolítica.

Malvinas vuelve al centro, pero ya no está sola

Ahora podemos regresar al lugar desde donde empezamos.

Javier Milei ha endurecido notablemente su posición respecto a Malvinas.

Ha anunciado sanciones más severas contra empresas relacionadas con la explotación petrolera, un Consejo de Seguridad Nacional y mayor inversión en una base naval en Tierra del Fuego.

El momento político invita legítimamente a preguntarse cuánto existe de estrategia electoral: su popularidad atraviesa dificultades y las elecciones presidenciales de 2027 empiezan a aparecer en el horizonte.

Pero incluso algunos adversarios políticos han respaldado parte de las nuevas medidas.

Malvinas conserva en Argentina una capacidad excepcional para atravesar la grieta política.

Por eso mi primera intuición —“esto es Milei haciendo ruido”— quizá no fuera completamente equivocada.

Era simplemente insuficiente.

Un político puede utilizar electoralmente un conflicto real.

Las dos cosas pueden suceder simultáneamente.

Y mientras discutimos sobre sus intenciones, Sea Lion continúa avanzando hacia 2028.

No todo son hidrocarburos

Hay otro recurso mucho menos espectacular que el petróleo y quizá igual de importante: la pesca.

El Atlántico Sur alberga enormes recursos pesqueros.

Las flotas que operan alrededor de la zona económica exclusiva argentina, las licencias pesqueras otorgadas desde las islas y la protección de los ecosistemas del océano Austral forman parte de un sistema económico, ambiental y estratégico mucho más amplio.

Reino Unido menciona expresamente en su estrategia antártica la necesidad de combatir la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada y proteger los recursos marinos del océano Austral.

Argentina, por su parte, incorpora las pesquerías entre los recursos que justifican la importancia estratégica del Atlántico Sur.

China necesita alimentar una enorme industria pesquera.

Y todos necesitan vigilar.

Otra pieza.

Después están las rutas

El extremo austral americano conecta Atlántico y Pacífico.

El canal de Panamá seguirá siendo fundamental para el comercio mundial, pero el estrecho de Magallanes y la ruta alrededor del cabo de Hornos continúan teniendo importancia estratégica, especialmente para determinadas embarcaciones y ante cualquier alteración importante de otras rutas globales.

Más al sur se encuentra el pasaje de Drake.

Y detrás, la Antártida.

Por eso Argentina acaba de volver a describir oficialmente el extremo austral como un espacio relevante para las rutas marítimas y las cadenas globales de suministro.

El mapa empieza a hablar por sí solo.

El error de pensar que el Sur está vacío

Quizá nuestro problema sea también cartográfico.

Crecimos viendo mapas donde Europa aparece arriba y aproximadamente en el centro.

El poder parecía encontrarse allí.

El norte era el lugar donde ocurrían las cosas.

El sur quedaba abajo, enorme, frío y aparentemente vacío.

Pero un mapa no es neutral.

Y “abajo” no significa “irrelevante”.

En el Atlántico Sur convergen hoy recursos pesqueros, proyectos petroleros, enormes espacios marítimos, rutas interoceánicas, territorios disputados, infraestructura científica y logística y uno de los grandes sistemas internacionales de gobernanza territorial del planeta: la Antártida.

Además, existe algo que quizá sea todavía más importante que cualquier recurso concreto.

Posición.

Estar.

Investigar.

Conocer.

Navegar.

Vigilar.

Tener infraestructura preparada.

Poder llegar.

Las grandes potencias no necesitan saber exactamente cómo será el mundo de 2050 para comprender que es preferible llegar a él con capacidades que sin ellas.

El tablero del Sur

No sabemos si la Antártida se convertirá algún día en escenario de una competencia mucho más dura por sus recursos.

No sabemos cómo evolucionará el Tratado Antártico dentro de varias décadas.

No sabemos qué peso tendrá el petróleo del Atlántico Sur en un mundo que intenta —con éxito desigual— abandonar los combustibles fósiles.

Ni sabemos hasta dónde llegará la competencia entre Estados Unidos y China.

Afirmar que existe un plan secreto para repartirse el Sur sería convertir incertidumbres reales en conspiración.

Pero afirmar que no está ocurriendo nada sería igualmente ingenuo.

Reino Unido habla oficialmente de competencia estratégica.

Argentina define el Atlántico Sur como espacio geoestratégico.

China aumenta su presencia científica antártica y mantiene una enorme actividad pesquera en el Atlántico Sur.

Estados Unidos observa esa presencia con creciente preocupación.

Argentina y Chile refuerzan cooperación antártica.

Sea Lion se prepara para extraer petróleo cerca de unas islas cuya soberanía continúa disputándose casi dos siglos después.

Las piezas están ahí.

No hace falta inventarlas.

Solo había que mirar el mapa completo.

Quizá por eso, después de empezar a investigar este artículo, mi pregunta cambió.

Ya no es únicamente de quién son las Malvinas.

Tampoco es qué pretende Milei al volver a colocarlas en el centro de la conversación argentina.

La pregunta que me parece más interesante es otra:

¿qué está viendo el mundo en el Sur para que tantos actores quieran asegurarse de seguir allí dentro de treinta años?

Mientras seguimos mirando Ucrania, Oriente Medio y el Indo-Pacífico, otro tablero geopolítico se está moviendo mucho más abajo.

Silenciosamente.

Y Malvinas es apenas una de sus piezas.

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