¿Qué es la patria?
Hay palabras que parecen tener una definición sencilla hasta que una intenta colocarlas sobre su propia vida.
Patria es una de ellas.
Hace años escuché en Martín (Hache) aquel famoso monólogo en el que el personaje interpretado por Federico Luppi afirma que «la patria es un invento». Una frase provocadora, de esas que incomodan porque tocan algo que solemos considerar intocable.
No sé si comparto todo aquel monólogo. Pero la frase se me quedó dentro. Porque quizá la pregunta interesante no sea si la patria existe o no, sino qué hemos aprendido a llamar patria y cuánto condiciona nuestra manera de pertenecer, marcharnos o volver.
Si me preguntaran cuál es la mía, no sabría señalar un único punto en el mapa.
Nací en Argentina, pero una parte de mi primera infancia transcurrió en Australia. Mis raíces familiares son italianas. Después España se convirtió durante décadas en escenario de mi vida adulta, de mi casa, de mis afectos y de la crianza de mi hijo. Y la vida, que nunca ha parecido demasiado interesada en respetar líneas rectas, siguió moviéndome. Esa forma de vivir por etapas y territorios es algo sobre lo que ya reflexioné en La vida no lineal: cuando moverse no es huir, sino no apagarse.
Entonces, ¿dónde está exactamente mi patria?
Y hay una pregunta todavía más incómoda: ¿y si la patria, tal como nos la enseñaron, fuera también un invento para convencernos de que pertenecemos a un lugar y que alejarnos de él implica perder algo de nosotros mismos?
Quizá el problema sea intentar dibujarla como un punto fijo cuando, al menos para algunos de nosotros, la patria se parece más a un mapa líquido de la sangre.
El mapa líquido de la sangre
Me gusta esa imagen porque la sangre no conoce mapas políticos.
Lleva historias.
Lleva apellidos, gestos, comidas, palabras, canciones, maneras de sentarse alrededor de una mesa. Lleva cosas que heredamos sin haberlas elegido y otras que fuimos incorporando mientras vivíamos.
En mí hay una Argentina que no necesito explicar porque está en mi manera de hablar, de recordar y de entender ciertas cosas.
Pero también existe aquella niña que vivió sus primeros años en Australia, aunque después su vida continuara a miles de kilómetros.
Están mis raíces italianas, anteriores incluso a mi propia memoria: la historia de quienes un día también dejaron un lugar para empezar en otro.
Y está España, que no es una raíz heredada, sino una parte inmensa de mi biografía.
¿Cuál de todas esas capas es más verdadera?
Ninguna.
O quizá todas.
La patria que heredamos
Antes de poder decidir quiénes somos ya hemos recibido una cantidad enorme de mundo.
Nos dan un nombre, una lengua, unas historias familiares, determinados sabores. Nos cuentan de dónde venimos. Y a veces llega un momento en que necesitamos ir a buscar físicamente esos relatos. Yo fui a conocer los lugares de mis abuelos en Italia, a poner paisaje a los nombres y a caminar por los sitios que habían formado parte de sus vidas mucho antes de formar parte de la mía.
Por eso creo que una parte de la patria se hereda.
No como una obligación, sino como una memoria.
Hay nostalgias que incluso parecen anteriores a nosotros.
Quizá por eso alguien puede emocionarse con la tierra de sus abuelos. O conservar una receta familiar. O sentir familiar un apellido, una música o una manera de celebrar aunque haya nacido en la otra punta del mundo.
Somos también la historia de los que viajaron antes.
La patria que construimos
Pero después está la vida.
Y la vida añade capas que ningún árbol genealógico podía prever.
Los lugares donde amamos.
Donde tuvimos miedo.
Donde nació o creció un hijo.
Las calles que recorrimos durante años hasta dejar de mirarlas porque ya formaban parte del paisaje cotidiano.
Las personas que nos acompañaron.
Las casas que llamamos casa.
Los lugares de los que nos fuimos y que, aun así, siguieron viviendo dentro de nosotros.
Porque una cosa curiosa sucede cuando has vivido en diferentes partes del mundo: descubres que irse no borra.
Lo vivido no desaparece cuando haces una maleta.
Se incorpora.
¿Y si la patria también fuera una forma de permanecer?
Hay personas que emigran físicamente y, sin embargo, pasan años sintiendo que deberían volver.
No hablo del dolor real de separarse de la familia, los amigos, la lengua o los códigos conocidos. El duelo migratorio existe y, cuando la migración ocurre en condiciones especialmente adversas, puede convertirse en un estrés crónico y múltiple que se ha descrito como síndrome de Ulises.
Hablo de otra capa: la idea aprendida de que marcharse equivale a abandonar algo que nunca deberíamos haber dejado.
Nos preguntan cuándo volvemos. Nos recuerdan de dónde somos. Y si después de muchos años cambiamos, incorporamos otras costumbres o dejamos de sentir aquel lugar como el único posible, aparece una frase que pesa más de lo que parece: has perdido tus raíces.
Como si las raíces fueran incompatibles con el movimiento. Y, sin embargo, quizá ocurra justo lo contrario: las raíces viajan contigo.
Como si para conservarlas hubiera que quedarse, regresar o seguir mirando hacia atrás.
Quizá por eso me interesa cuestionar la idea de patria. No porque niegue los afectos, la memoria o la cultura que nos formaron. Precisamente porque son demasiado importantes para reducirlos a una obligación de permanencia.
Nos han acostumbrado a pensar la pertenencia en singular.
Una patria.
Una identidad.
Un lugar al que responder cuando alguien pregunta: «¿De dónde eres?».
Pero algunas biografías no caben en una respuesta tan pequeña.
Hay personas cuya vida transcurre casi entera en el mismo lugar y sienten una pertenencia profunda hacia él. Me parece precioso.
Y hay otras cuyas vidas parecen un atlas abierto.
También me parece precioso.
No creo que una forma de pertenecer sea más auténtica que la otra.
Y tampoco creo que moverse implique perder la identidad. La identidad no es una pieza conservada al vacío. Cambia con nosotros. Ya escribí sobre ese riesgo de emigrar llevando la propia cultura como una cápsula del tiempo en La identidad no es un termo: uno puede cruzar un océano y continuar viviendo emocionalmente en el lugar que dejó.
Hay lugares que amamos y en los que ya no queremos vivir
Esta quizá sea una de las contradicciones más difíciles de explicar.
Podemos querer un lugar y marcharnos de él.
Podemos sentir ternura, nostalgia e incluso una profunda identificación con una tierra y, al mismo tiempo, saber que ya no queremos construir allí nuestra vida cotidiana.
Una cosa no invalida la otra.
El amor no siempre exige permanencia.
Hay lugares que pertenecen a nuestra historia sin pertenecer necesariamente a nuestro futuro. Tal vez por eso cada vez me reconozco más en la idea de Ciudadanos del mundo: identidad, migración y pertenencia: pertenecer puede ser algo mucho más amplio que permanecer en un único territorio.
Y reconocerlo no los hace menos importantes.
Entonces, ¿qué es la patria?
Cada vez estoy menos segura de que la patria exista de la manera en que nos enseñaron a pensarla.
Tal vez sí haya algo de inventado en esa idea de que debemos pertenecer para siempre al lugar del que venimos. Y quizá ese relato haya servido durante generaciones para mantenernos emocionalmente unidos a una tierra incluso cuando nuestra vida ya estaba ocurriendo en otra parte.
Pero que cuestione esa idea no significa que niegue lo que llevamos dentro.
Para mí tiene más que ver con una mezcla de memoria, afecto, cultura, infancia, familia y experiencia.
Con aquello que heredamos y aquello que elegimos.
Con los lugares que nos hicieron y con las personas que encontramos en ellos.
Quizá por eso mi patria no tenga una forma fija.
Es Argentina y aquella primera infancia australiana. Son mis raíces italianas. Es España y todo lo que allí viví. Y serán también las huellas que dejen en mí los lugares que todavía no sé cuánto significarán.
No necesito elegir cuál de todos es más mío. Tampoco necesito sentir que alejarme de alguno significa haber perdido mis raíces.
Porque quizá la patria no sea un punto de origen ni un lugar al que debamos regresar para seguir siendo quienes somos.
Quizá sea el mapa líquido de la sangre y de la vida: todo aquello que fue entrando en nosotros hasta formar una geografía que ya no puede dibujarse con una sola frontera.
Y entonces la pregunta «¿de dónde eres?» deja de tener una respuesta sencilla.
Pero empieza a tener una mucho más verdadera.
Tal vez no perdemos las raíces cuando nos vamos. Tal vez dejamos de confundirlas con el suelo.
Este texto pertenece a Cuaderno de época, una serie de Vaquera del Espacio sobre las preguntas, contradicciones y transformaciones de nuestro tiempo.
No solo es un invento, sino que además está envenenado.
Sí. Y creo que ahí está buena parte del problema: cuando la patria deja de ser vínculo, memoria, cultura o pertenencia y se convierte en una herramienta para separar entre «nosotros» y «ellos», puede volverse bastante venenosa.
Quizá por eso me interesa más preguntarme qué significa la patria para cada uno que aceptar una definición cerrada de ella.
Qué puedo decir.
Tengo sangre española por parte de padre. Sangre palestina por parte de madre.
Nací en España, me crié en el Reino Unido, y he crecido en España.
No puedo decir que pertenezco a una sola patria, creo que pertenezco a varias.
Es complicado definirse como patriota. Por eso no puedo definirme como tal, porque considerarme patriota de un país, me supone «traicionar» a otro.
Exactamente. Y creo que ahí está una de las trampas de entender la patria como algo excluyente: sentir que querer o pertenecer a una supone traicionar a las demás. Tu historia demuestra justo lo contrario. Podemos estar hechos de muchos lugares, muchas culturas y muchas memorias sin tener que elegir cuál de ellas es la “verdadera”. Quizá no se trate de tener menos raíces, sino de tenerlas extendidas ❤️