Hay personas que no necesitamos volver
Hay lugares en los que fui inmensamente feliz y a los que, sin embargo, no tengo ninguna necesidad de volver.
Durante mucho tiempo pensé que quizá había algo extraño en eso. Porque parece que uno debería sentir nostalgia, querer regresar, recuperar lugares, costumbres y sensaciones. Como si volver fuera una manera de demostrar que aquello fue importante.
Yo no funciono así.
Viví 24 años en España. La amé. Allí transcurrió buena parte de mi vida adulta, nació mi hijo, construí relaciones, trabajé, lloré, me reí y fui muchas versiones diferentes de mí misma.
Y hoy no tengo ganas de volver.
No porque reniegue de España.
Porque esa etapa está vivida.
Mi pareja lo entiende perfectamente porque vive las etapas de una manera muy parecida. Es alemán, nació en Dresde, una ciudad preciosa, recuerda su infancia allí como algo maravilloso, tiene a su familia y viene de un país que, sobre el papel, ofrece muchísimas oportunidades. Y, sin embargo, no siente ninguna necesidad de volver a vivir en Alemania.
Después vivió casi 30 años en España. También fue su casa, también construyó allí una vida y también puede mirar esos años con cariño. Pero cuando habla de España dice algo muy sencillo: fue una etapa de su vida y esa etapa se agotó.
Quizá ahí está la diferencia. Hay personas que construyen su identidad alrededor de un lugar y otras que la construimos por etapas y por capas. Un lugar no deja de haber sido importante porque ya no queramos volver a él. Se queda dentro de nosotros, forma parte de lo que somos, y seguimos avanzando.
Con Argentina me ocurre algo todavía más complejo. Nací allí y hace 18 años que no vuelvo Tengo amigos a los que quiero. Argentina forma parte de mi historia.
Pero Argentina no es mi patria emocional.
Y aunque decirlo pueda doler o resultar incómodo, probablemente siento más patria por España que por Argentina. No porque haya nacido allí, sino porque allí transcurrió casi toda mi vida adulta y porque mi hijo es español. Hay una parte enorme de quien soy que se construyó en España. Para mí, la pertenencia no depende únicamente del lugar donde nacimos, sino también de lo que vivimos, de los vínculos que construimos y de las personas que forman nuestra vida.
Y durante mucho tiempo me ha resultado difícil decirlo porque inmediatamente aparecen las palabras de siempre: raíces, identidad, patria, pertenencia.
Como si nacer en determinado lugar estableciera una deuda emocional para toda la vida.
Como si marcharte estuviera permitido siempre que prometas echarlo de menos.
Y quizá por eso escribo esto ahora, cuando parece que el relato sobre emigrar tiene que ir siempre acompañado de nostalgia: puedes estar bien en otro país, pero tienes que extrañar el tuyo; puedes construir una vida nueva, pero debes seguir sintiendo que en algún lugar está «tu gente», «tu comida», «tu manera de ser».
Yo no siento eso.
Y creo que también está bien decirlo.
Yo no funciono así.
No necesito comer determinadas cosas, escuchar determinado acento o regresar periódicamente para recordar quién soy.
Tampoco necesito despreciar lo anterior para elegir lo siguiente.
Y tampoco quiero volver aquí sobre los estereotipos culturales —el alemán frío, el latino cálido, unas sociedades supuestamente más familiares que otras— porque ya escribí sobre ello en Rompiendo estereotipos culturales: latinos y alemanes. Me interesa más otra pregunta: qué ocurre cuando dejamos de pensar la identidad como algo atado para siempre a una nacionalidad.
Esta reflexión, en realidad, forma parte de un hilo que llevo tiempo recorriendo. En ¿Qué es la patria? me preguntaba por las raíces, la identidad y la pertenencia; y en La vida no lineal: cuando moverse no es huir, sino no apagarse escribí sobre esas biografías construidas por etapas, territorios y capas.
Simplemente tengo una relación diferente con el pasado.
No me gusta volver sobre mis propias huellas.
Hay recuerdos que prefiero conservar como fueron. Ciudades que fueron mías y ya no lo son. Relaciones que terminaron. Etapas maravillosas que no necesitan una segunda parte.
No siento que avanzar traicione nada de lo anterior.
Quizá porque para mí las raíces nunca fueron cadenas.
Hoy vivo en un lugar que elegí y estoy bien aquí. No necesito convencer a nadie de que venga, ni demostrar que es mejor que otros lugares. Ni siquiera sé si será el último país donde viviré.
Quizá sí.
Quizá no.
La vida es demasiado larga —y el mundo demasiado grande— para saberlo.
Lo único que busco es estar bien donde estoy.
Y cuando deje de estarlo, ya veré.
Esto último también parece incomodar. Como si irte de un país cuando ya no encuentras allí la vida que quieres fuera una especie de traición. Como si después de haber vivido bien durante años en un lugar adquirieras la obligación de quedarte a luchar por él para siempre.
Yo tampoco lo veo así.
La vida es una. Un país puede haberte dado años maravillosos y puedes estar profundamente agradecido por ellos sin entregarle el resto de tu vida. Irte no borra lo vivido. Elegir otra cosa no convierte lo anterior en un error.
Quizá por eso esta manera de entender las etapas también me acerca al estoicismo. Marco Aurelio vuelve una y otra vez sobre la idea de que todo cambia y de que nuestra vida está hecha de transformaciones; Epicteto, sobre la importancia de distinguir aquello que depende de nosotros de aquello que no. Hay algo de esa mirada que me acompaña: agradecer una etapa sin exigir que dure para siempre.
No necesito que el lugar donde vivo sea el mejor país del mundo. Ni convencer a nadie de que venga. Ni defenderlo frente a otros países como si estuviéramos jugando una competición permanente.
Me basta con algo mucho más sencillo: que sea un buen lugar para mi vida en este momento.
Con los años he entendido que querer a las personas tampoco significa tener que permanecer cerca de los escenarios que compartimos. Mis afectos viajan conmigo. Algunas personas llevan décadas formando parte de mi vida aunque vivamos a miles de kilómetros.
Por eso quizá no perdí mis raíces.
Quizá simplemente dejé de pensar que las raíces tienen que estar clavadas siempre en el mismo suelo.

Hay personas que necesitan volver para saber quiénes son.
Y hay otras que sabemos perfectamente de dónde venimos, pero preferimos mirar hacia dónde vamos.
Yo soy de esas.
PD: Mi abuela Lidia era italiana y emigró a Argentina. Nunca necesitó volver a Italia. Durante mucho tiempo quizá no entendí del todo lo que significaba. Ahora sí. Ahora la entiendo.
Cuaderno de época · Vaquera del Espacio
Totalmente de acuerdo.
Se puede extrañar, tener recuerdos bonitos…. Pero eso no es necesariamente nostalgia
Sí, exactamente. Creo que ese es el matiz: extrañar algo o guardar recuerdos bonitos no significa necesariamente sentir nostalgia por la vida que dejamos atrás. ❤️