Libertad en el capitalismo vs. libertad como construcción social

Introducción 

Así comencé este blog, Vaquera del Espacio, un julio del año 2007: escribiendo sobre la libertad. “Paz / Peace / Pace / Paix / Frieden” fue el primer gesto. Una entrada breve, sin ornamentos, pero cargada de sentido. No creo en las casualidades. Y menos en esa.

Podría haber empezado por cualquier otro tema. Pero no. La palabra libertad se impuso, como si desde entonces me estuviera pidiendo que no la suelte. Que la mire de frente, una y otra vez. Que no deje que se desgaste, que no se me escape de las manos. Que no me conforme con lo que otros dicen que es.

Pasaron años, pasaron formatos, pasaron búsquedas. Pero esa palabra sigue ahí. Insistiendo. Pidiendo profundidad en un tiempo de superficie.

Por eso vuelvo a ella. Porque creo que vale la pena seguir preguntándonos qué significa. Porque no quiero que la usen para vendernos más cosas, para justificar violencias, para fingir neutralidad.

Porque sigo creyendo —como entonces— que la libertad es una de esas ideas que solo se entienden si se habitan.

Este texto nace de esa continuidad. De esa inquietud de fondo que me acompaña desde el inicio. De esa urgencia por pensar la libertad más allá del eslogan, más allá del mercado, más allá del yo.

Y así, desde aquella entrada mínima hasta hoy, este blog sigue siendo el espacio donde la palabra se ensaya, se sacude, se ensucia. Donde la libertad no se da por sentada. Se discute. Se defiende. Se reinventa.

Libertad: la palabra más usada y menos entendida

Vivimos rodeados de una palabra que se repite hasta el cansancio: libertad. Se imprime en discursos políticos, se grita en campañas publicitarias, se tatúa en la piel como símbolo de identidad. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente. Y peor aún: muchas veces aceptamos sin cuestionar la versión más superficial, más vacía, más conveniente de esa idea.

En el relato dominante, la libertad se asocia con elegir. Pero elegir entre qué, y bajo qué condiciones. ¿Es libertad poder escoger entre diez marcas del mismo producto? ¿Es libertad poder trabajar desde donde sea, aunque eso implique estar siempre disponible? ¿Es libertad desligarse del otro, del entorno, del mundo?

La economía de mercado —y su lenguaje— ha secuestrado el concepto de libertad. Lo ha convertido en una excusa para justificar lo individual sobre lo colectivo, lo rentable sobre lo vital, lo inmediato sobre lo profundo. Se dice «libertad» para hablar de «desregulación», «libertad» para decir «sálvese quien pueda», «libertad» para evadir responsabilidades y disfrazar privilegios.

Pero la libertad no es eso. No puede ser eso. Es la libertad en el capitalismo.

La libertad real no es una propiedad privada. No es algo que se compra, se acumula, o se exhibe. No es una app. No es una promesa de progreso. No es un eslogan.

La libertad que me interesa —la que intento habitar, explorar, defender— no está en los márgenes de la ley ni en los gráficos del mercado. Es más incómoda, más impredecible, más humana. Tiene que ver con la posibilidad de pensar fuera del guion, de decir que no, de elegir distinto, aunque eso no sea rentable. Tiene que ver con el cuerpo, con el deseo, con la escucha, con el vínculo.

Porque no existe libertad sin mundo. No hay libertad posible si solo se afirma desde el yo. Toda libertad que niegue la existencia del otro —del cuerpo del otro, del dolor del otro, del derecho del otro— es apenas una máscara de poder. Una fantasía individualista que no transforma nada.

Tampoco existe la libertad sin contexto. Nacer en una esquina del planeta o en otra cambia radicalmente las condiciones desde las que una persona puede ejercer su libertad. Tener acceso al tiempo, al descanso, al agua limpia, a la palabra, es lo que habilita o restringe las posibilidades reales de elegir.

Por eso, no alcanza con reclamar «libertad». Hay que preguntar de qué libertad estamos hablando. Para quién. En qué condiciones. A costa de qué.

Revisar esta palabra es urgente. Porque cuando se usa mal, se convierte en una trampa. En una herramienta para sostener desigualdades. En un disfraz de autonomía que en realidad encubre abandono o violencia. Pero también es urgente rescatarla, reapropiarse de ella, darle un sentido vivo, profundo, comprometido.

No quiero una libertad vacía, ni decorativa. No quiero una libertad que se use para justificar la crueldad, ni una que se reduzca al capricho. Me interesa otra cosa. Una libertad con raíz, con memoria, con poros abiertos. Una que cuestione y que también escuche. Una que no esté al servicio del capital, sino de la vida.

Ese es el tipo de libertad que busco. La que no se vende. La que se practica.