Adversidad
Categoría: Crecimiento personal
Introducción
Ya saben que me gusta hablar en primera persona. Relatar experiencias. Soy de empirismo puro y duro.
Hace unos meses, mi médica de cabecera me ofreció participar en una terapia grupal de la seguridad social. Era una prueba piloto en mi barrio, en colaboración con la Universidad de Psicología de Valencia.
El objetivo: demostrar que se puede combatir el estrés y la ansiedad sin fármacos, a través de una correcta gestión emocional.
La propuesta es que el psicólogo sea de acceso igualitario al médico de cabecera, como medida preventiva ante la gran pandemia del siglo XXI: la salud mental.
El programa incluye siete sesiones grupales, una individual y algunas de control.
Y es aquí donde empieza lo que quiero compartirles hoy.
Nuestro facilitador, Gabriel, nos contó una fábula en la primera sesión. Me dio mucho que pensar.
La parábola de la langosta y el caparazón
En la naturaleza, las langostas necesitan cambiar de caparazón varias veces a lo largo de su vida para poder crecer… y no morir.
Cuando su caparazón se les queda pequeño, se retiran solas tras una roca, dejan al descubierto su interior y se vuelven vulnerables. Solo así pueden construir uno nuevo.
Crecemos y nos transformamos a través de la adversidad. Yo, sin saberlo en su momento, llamé a eso “crecimiento personal a través del dolor”.
Entendí que el dolor forma parte del crecimiento. Pero esta parábola va más allá: también nos habla de la incomodidad necesaria para movernos de lugar, para quitarnos el corsé de los mandatos familiares, sociales y culturales… y construir nuestro propio destino.
Y, sobre todo, nos enseña la importancia de soltar.
Dejar que el caparazón viejo se lo lleve el mar.
No podemos vivir varias vidas al mismo tiempo solo por miedo al desapego, especialmente al desapego del pasado.
Pérdidas, culpa y educación emocional
La vida está llena de pérdidas: se va la juventud, se alejan amigos, se mueren familiares. Y entre todo eso aparece la culpa.
Ahí es donde la educación emocional se vuelve clave, empezando en la familia.
Educar hijas e hijos libres también significa entender que:
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No los tenemos para que nos cuiden de ancianos.
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No los tenemos para que nos den descendencia.
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No los tenemos para cumplir nuestros sueños truncados.
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No los tenemos para retener a una pareja o contentar a la familia.
Los hijos no son un trofeo, ni un proyecto. Son de la vida.
El mandato de tomar la responsabilidad del bienestar de los padres puede arrastrarse por generaciones. Muchos padres repiten lo que también recibieron: una educación basada en la carga, no en la libertad.
Otra parábola sobre la langosta
Existe otra versión de esta historia.
Cuando una langosta queda varada en la arena, se queda inmóvil, esperando que una ola la rescate.
Así viven muchas personas: esperando que algo externo —el milagro, la lotería, la suerte, la jubilación— venga a rescatarlas.
En realidad, lo que les falta no es suerte, sino herramientas internas para moverse del lugar donde están varadas.
A veces quedan atrapadas en una etapa de su vida, incapaces de aceptar que ya no son la misma versión de ayer.
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Crecer duele, pero también sana
El desarrollo personal ofrece herramientas que nunca nos enseñaron.
La educación emocional debería formar parte del currículo escolar, más aún hoy, en tiempos de redes sociales y de la tiranía de la felicidad.
Nos ahorraríamos muchos fármacos… y muchas vidas.
Porque sí: crecer, duele. Pero ese dolor puede transformarse y convertirse en equilibrio emocional, en madurez, en relaciones más sanas.
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