Soy hija de una mujer valiente que, sin saber de feminismo, ideología de género ni de términos acuñados décadas después, educó a una persona libre y progresista.

No me bautizó.

No me perforó las orejas de bebé.

Me cortaba el pelo corto y no me vestía “de niña”.

Jugaba con juguetes sin importar si eran de nena o de nene, porque nunca me condicionó. Me dejó ser.

Me enseñó que una mujer debía estudiar y trabajar.

Que nunca debía habitar en la sombra de otro.

Que tenía que generar mi propia luz.

Siempre me repetía que no mirara la billetera de nadie, que me guiara por el corazón de las personas. Decía que el dinero daba una felicidad transitoria: había que disfrutarlo, sí, pero no adorarlo.

Cuando tuvo poder y estuvo acomodada socialmente, repartía favores a diestro y siniestro, porque no concebía la felicidad si no era compartida.

Me decía que me cultivara siempre.

Que la inteligencia, la educación y la cultura eran nuestras mejores herramientas en la vida.

Que nadie podía arrebatártelas.

Y que, como un picaporte, abrían puertas.

Decía que el cuerpo se marchita con el tiempo, mientras la mente se enriquece con los años.

Pero no solo enseñaba con palabras.

Era ejemplo.

Con apenas 25 años, en los años 70, se fue con su marido y una niña de cuatro años de Argentina a Australia. Trabajó durante tres años en una fábrica, siendo visitadora médica de profesión y habiendo trabajado en Argentina como recepcionista en un centro médico en Fisherton, Rosario.

El proceso militar fue motivo suficiente para abandonar su zona de confort.

Volvió a emigrar casi a los 52 años, de Argentina a España, tras el corralito bancario que se tragó los ahorros de toda una vida de trabajo. Una vida laboral que había comenzado muy temprano, tras la muerte de su padre con tan solo 12 años de edad.

En Valencia falleció después de una larga enfermedad.

Ella siempre decía que no se elige dónde nacer, pero sí dónde morir.

Hija de inmigrantes italianos en Argentina, fue una mujer trabajadora, luchadora, una gladiadora que no dejaba a nadie atrás. Madre, amiga, mujer que se desvivía por todos.

Sí.

Soy hija de una mujer valiente.

A pesar de que el cáncer la consumía, murió de pie.

Su despedida, su forma de morir y todo lo que nos enseñó incluso al final, lo conté aquí: [Adiós, mamá]

Cuando afrontamos juntas la enfermedad terminal, me dijo que no quería morir arrodillada y que tampoco se quitaría la vida. Aunque no me educó en la religión —siendo creyente— para no restarme libertad a través del adoctrinamiento, sí me educó en valores. Y como mujer creyente, el suicidio no era una opción.

Sinceramente, no he conocido mujer más fuerte y más valiente que mi madre.

Murió en la más absoluta autonomía.

No olvidaré jamás la ropa que vestía: un pantalón amplio y una camiseta batik en tonos lila, violeta y blanco. Se fue como quiso.

Como una reina.

Era tremendamente humilde, altruista, digna, justa y solidaria. Tenía un gusto exquisito para la ropa y la decoración, era una maestra de la gastronomía y una anfitriona en mayúsculas.

Viajó por medio mundo.

Rio a carcajadas.

Contó mil veces anécdotas que te hacían reír hasta dolerte el estómago.

Conoció a su nieto (hasta los 3 años de edad), y él la incorporó a su vida como a un personaje de cuento. Para él vive en un mundo paralelo, forma parte de sus fantasías. Es capaz de dedicarle un gol o decir con total normalidad, y con contundencia:

“Mi abuela era la mejor cocinera”.

Os aseguro que esa mujer no ha muerto.

Sigue en mí.

Y seguirá en mi hijo.

Sobre cómo ese legado sigue vivo —también en gestos cotidianos como la cocina— escribí aquí: [Herencia memética]

Porque nadie muere si se le recuerda.

No es fácil ser hija de una mujer valiente que, con el tiempo, se ha convertido en leyenda.

Me dejó el listón muy alto.


Imagen de portada: flor de alelí, como ella me llamaba.

“Princesita de alelí”.

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