Si estoy en el suelo, siéntate conmigo
Depresión, frases motivacionales y el daño de obligarnos a estar bien
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
Y quizá sea un buen día para hablar menos y escuchar más.
Para dejar por un momento las frases bonitas, los consejos rápidos y las soluciones que caben en una imagen de Instagram.
“Todo está en tu mente.”
“Tu actitud determina tu realidad.”
“Si quieres, puedes.”
“Cambia tus pensamientos y cambiarás tu vida.”
“Rodéate de energía positiva.”
“Eres responsable de tu felicidad.”
Hay una parte de verdad en algunas de esas frases. Nuestras decisiones importan. Lo que hacemos con aquello que nos ocurre puede cambiar el rumbo de nuestra vida. Yo soy la primera que cree en moverse, tomar decisiones, cerrar etapas, empezar de nuevo y asumir la responsabilidad sobre aquello que sí podemos cambiar.
Lo he hecho muchas veces.
Y probablemente vuelva a hacerlo.
Pero también he conocido la depresión.
Y desde allí abajo las frases motivacionales se escuchan de otra manera.
Cuando el mensaje que recibes es: la culpa es tuya
Hace años escribí en este mismo blog sobre el perro negro de la depresión.
Lo hice desde mi propia experiencia, no desde la mirada de una profesional de la salud mental.
Cuando has estado ahí sabes que la depresión no es simplemente estar triste.
No se soluciona recordando todo lo bueno que tienes.
No desaparece porque alguien te diga que otras personas están peor.
Y mucho menos porque te recuerden que tienes que poner de tu parte.
Quien atraviesa una depresión probablemente ya se esté preguntando qué demonios le pasa.
Por qué no consigue disfrutar.
Por qué aquello que antes le hacía ilusión ahora le resulta indiferente.
Por qué algo tan sencillo como levantarse, ducharse, contestar un mensaje o salir de casa puede convertirse en una montaña.
Entonces aparece alguien, normalmente con la mejor de las intenciones, y le dice:
“Tienes que cambiar tu actitud.”
Y lo que esa persona puede escuchar es:
Si sigues así es porque no estás haciendo lo suficiente para estar bien.
Al dolor acabamos de añadirle culpa.
La tiranía de tener que estar bien
En 2015 escribí sobre lo que llamaba la generación positiva. Años después volví sobre el mismo asunto hablando de la tiranía de la felicidad.
Porque llevamos mucho tiempo convirtiendo el bienestar en una especie de obligación.
Hay que vibrar alto.
Pensar positivo.
Alejarse de las personas negativas.
Manifestar la vida que queremos.
Ser nuestra mejor versión.
Agradecer.
Sonreír.
Avanzar.
Y si después de hacer todo eso sigues sintiéndote mal, parece que algo estás haciendo mal.
Hemos conseguido algo bastante perverso: convertir incluso el sufrimiento en otro territorio donde tenemos que demostrar que somos buenos alumnos.
Pero las personas no somos publicaciones motivacionales.
La vida tampoco.
Hay duelos, enfermedades, pérdidas, traumas, problemas económicos, soledad, agotamiento y situaciones que no desaparecen cambiando nuestra manera de pensar.
Y existe la depresión.
Una enfermedad que necesita ser tomada en serio y que, en muchos casos, necesita ayuda profesional.
No un fondo bonito con una frase encima.
No estoy en contra de levantarse
Quiero detenerme aquí porque tampoco creo en el extremo contrario.
No pienso que seamos simples espectadores de nuestra propia vida.
Creo profundamente en nuestra capacidad para tomar decisiones.
En marcharnos de lugares donde ya no queremos estar.
En pedir ayuda.
En cambiar hábitos.
En reconocer nuestros errores.
En empezar de nuevo.
En hacer cosas incluso con miedo.
He construido buena parte de mi vida alrededor de esa idea.
Pero una cosa es decirle a alguien:
“Cuando puedas, vamos a buscar una salida.”
Y otra muy distinta:
“Si no sales de ahí es porque no quieres.”
Entre ambas frases existe un mundo.
Y ese mundo se llama empatía.
Si estoy en el suelo, siéntate conmigo
Con los años he aprendido que ayudar no siempre significa levantar a alguien.
A veces estamos tan desesperados por solucionar el dolor de los demás que ni siquiera nos detenemos a comprenderlo.
Damos consejos.
Buscamos soluciones.
Contamos nuestra experiencia.
Decimos lo que nosotros haríamos.
Intentamos convencer a la otra persona de que la vida es maravillosa.
Quizá porque sentarnos delante del dolor ajeno también nos incomoda.
Pero puede que esa persona no necesite ninguna de esas cosas.
Puede que necesite que alguien se siente en el suelo con ella.
No para quedarse allí para siempre.
No para decirle que no existe salida.
Simplemente para que durante un rato no esté sola.
Para preguntarle:
¿Qué te está pasando de verdad?
Y tener el valor de escuchar la respuesta.
Sin juzgarla.
Sin compararla.
Sin explicarle inmediatamente cómo debería sentirse.
Sin decirle que tiene una familia maravillosa, un buen trabajo, una casa, salud o cualquier otra razón por la que, aparentemente, debería ser feliz.
El sufrimiento no funciona mediante inventario.
Puedes tener muchas cosas por las que sentirte agradecido y estar sufriendo profundamente al mismo tiempo.
Una cosa no invalida la otra.
Hay personas que no parecen estar mal
También tenemos una imagen demasiado sencilla de cómo es alguien que atraviesa una depresión.
Imaginamos a una persona llorando, encerrada, incapaz de funcionar.
Pero el sufrimiento no siempre lleva uniforme.
Hay personas que trabajan.
Que cuidan a sus hijos.
Que hacen bromas.
Que salen con amigos.
Que publican fotografías sonriendo.
Que preguntan a los demás cómo están.
Que siguen cumpliendo con todo mientras por dentro intentan sostenerse como pueden.
Por eso quizá una de las preguntas más importantes no sea:
“¿Cómo puedes estar mal con todo lo que tienes?”
Sino:
“¿Cómo estás de verdad?”
Y después esperar.
Porque muchas veces preguntamos cómo está alguien mientras ya estamos preparando nuestra respuesta.
El 10 de septiembre
El Día Mundial para la Prevención del Suicidio no debería servir únicamente para llenar las redes sociales de mensajes sobre salud mental durante veinticuatro horas.
Puede servirnos para revisar cómo hablamos del sufrimiento durante los otros 364 días.
Para entender que escuchar también es hacer algo.
Que acompañar también es ayudar.
Que recomendar ayuda profesional no significa abandonar a alguien.
Y que detrás de una persona que aparentemente tiene una vida normal puede existir una batalla de la que no sabemos absolutamente nada.
Quizá no podamos solucionar el problema de quien tenemos delante.
Probablemente tampoco debamos intentarlo nosotros solos.
Pero sí podemos dejar de añadir peso.
Podemos evitar el juicio.
La comparación.
La culpa.
La frase motivacional automática.
Podemos preguntar.
Podemos escuchar.
Podemos acompañar.
Y si alguna vez alguien a quien quieres está en el suelo, antes de gritarle desde arriba que tiene que levantarse, prueba otra cosa.
Siéntate un momento a su lado.
Quizá desde allí puedas entender mejor qué necesita para volver a ponerse de pie.
Si necesitas ayuda, no tienes que atravesarlo a solas
Si estás pasando por un momento difícil, tienes pensamientos suicidas o te preocupa alguien cercano, pedir ayuda profesional puede ser el primer paso.
En España:
📞 Línea 024 — Atención a personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida y a sus familiares y allegados. Gratuita, confidencial y disponible las 24 horas, todos los días del año.
🚨 Emergencia inmediata: 112
Si estás en otro país, contacta con los servicios de emergencia o con una línea de prevención del suicidio de tu lugar de residencia.
Y si es alguien cercano quien te preocupa, no necesitas tener todas las respuestas para acercarte.
A veces, empezar por preguntar «¿cómo estás de verdad?» y quedarse a escuchar ya es una forma de acompañar.
Pedir ayuda no es rendirse. Es empezar a buscar una salida.
Hola, Flor.
Un texto lúcido, valiente y profundamente necesario. Me ha tocado de una forma muy directa.
Has puesto el dedo en una llaga que rara vez se atiende: el daño silencioso que causa la tiranía del positivismo de manual. Esas frases motivacionales, que casi siempre nacen de la mejor de las intenciones de quien quiere echar una mano, terminan funcionando como un boomerang envenenado. Encierran dobles y triples lecturas que quien está abajo inevitablemente traduce a su propia narrativa interna, transformando el aliento en un juicio implícito: la culpa corrosiva de sentir que si sigues roto es porque no pones suficiente de tu parte, como bien explicas.
Lo cierto es que nadie es infalible. En ese empeño atropellado por arreglar el sufrimiento ajeno metemos la pata con frecuencia, porque por mucha empatía que pongamos sobre la mesa, si no has bajado a esa trinchera es imposible entender la densidad del aire en el fondo. Y cada persona, además, procesa su abismo a su manera.
Por eso la certeza que da título a tu reflexión tiene una fuerza incontestable. Ayudar no consiste en gritar consignas desde arriba ni en tirar de la manga para forzar una recuperación express. Ayudar, muchas veces, es tener la humildad y la valentía de sentarse en el suelo al lado del otro, sin recetas mágicas, sin discursos y sin prisas por marcharse; solo para hacerle saber que durante ese rato no está solo.
Gracias por escribir esto. Es un texto que mucha gente debería leer.
¡Un abrazo!
Muchísimas gracias por tomarte el tiempo de dejar un comentario así.
Creo que has entendido exactamente el lugar desde el que escribí el artículo. Y me emociona especialmente que hayas recogido esa idea de sentarse en el suelo al lado del otro, porque para mí ahí está el corazón del texto: quizá una de las formas más honestas de acompañar sea no intentar sacar a nadie a la fuerza de donde está, sino ser capaz de quedarse un rato allí, sin juzgar, sin exigir y sin convertir el dolor en una prueba de actitud.
También coincido contigo en algo importante: muchas de esas frases nacen de buenas intenciones. El problema aparece cuando simplificamos un sufrimiento complejo hasta convertirlo en una cuestión de voluntad. Hay momentos en los que un “tú puedes” puede pesar muchísimo más de lo que ayuda.
Y quizá por eso necesitamos hablar más de estas cosas: no para aprender frases mejores, sino para aprender a escuchar mejor.
Gracias de verdad por una lectura tan atenta y, sobre todo, por haberte detenido a compartir tu propia reflexión. Cuando alguien se toma ese tiempo, el texto deja de ser solamente de quien lo escribe.
Un abrazo.