Ya no quiero encajar

Durante mucho tiempo pensé que encajar era una señal de que las cosas iban bien.

Encajar en un grupo.
En un trabajo.
En una pareja.
En una ciudad.
En una familia.
En una edad.

Ser lo suficientemente parecida a los demás como para no desentonar demasiado.

Aprendemos pronto a hacerlo.

De niños descubrimos qué comportamientos reciben aprobación y cuáles provocan rechazo. De adolescentes buscamos desesperadamente una tribu. Y de adultos, aunque nos guste pensar que ya hemos superado aquello, seguimos buscando lugares donde sentir que estamos haciendo las cosas como se supone que deben hacerse.

Solo que entonces ya no lo llamamos encajar.

Lo llamamos tener una vida normal.

Una pareja estable. Una casa. Un trabajo. Un círculo de amigos. Una determinada forma de vestir, de pensar, de criar, de relacionarnos.

Incluso existe una manera aparentemente correcta de envejecer.

Y casi sin darnos cuenta vamos construyendo una vida alrededor de pequeñas casillas que alguien dibujó antes de que nosotros llegáramos.

Hasta que un día algo deja de funcionar.

Puede ser una separación.

Una mudanza.

Un hijo que crece.

Un trabajo que ya no soportamos.

Una amistad que desaparece.

Una pérdida.

O simplemente esa sensación difícil de explicar de estar viviendo una vida que, sobre el papel, parece perfectamente razonable y, sin embargo, ya no se parece demasiado a nosotros.

Entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Y si el problema no era que yo no encajaba, sino que llevaba demasiado tiempo intentando entrar en lugares que no estaban hechos para mí?

El precio de pertenecer

Pertenecer es importante.

Necesitamos vínculos, comunidad, personas con las que compartir códigos y sentir que podemos bajar la guardia.

Pero pertenecer y encajar no siempre son lo mismo.

Para pertenecer no debería ser necesario amputarnos partes.

Callarnos para no molestar.

Pensar antes de hablar por miedo a resultar demasiado intensos, demasiado raros, demasiado sensibles, demasiado independientes, demasiado lo que sea.

Hay lugares en los que entramos perfectamente porque hemos aprendido a hacernos pequeños.

Y durante un tiempo incluso podemos confundir eso con felicidad.

Hasta que empieza a apretar.

Como esos zapatos preciosos que compraste aunque sabías perfectamente que no eran de tu número.

Puedes caminar con ellos.

Puedes incluso sonreír.

Pero sabes que algo duele.

También dejamos de encajar

Hay otra posibilidad de la que hablamos poco.

A veces sí encajábamos.

Pero cambiamos.

La persona que encontró su lugar allí hace diez años ya no existe exactamente de la misma manera.

Cambian nuestras prioridades.

Nuestras relaciones.

Nuestro cuerpo.

Nuestra forma de entender el éxito.

Lo que estamos dispuestos a tolerar.

Lo que necesitamos.

Lo que queremos hacer con el tiempo que nos queda.

Y quizá uno de los errores más frecuentes sea intentar seguir perteneciendo a nuestra propia vida anterior.

Permanecer en lugares solamente porque alguna vez fueron nuestros.

Mantener relaciones porque tienen historia.

Sostener decisiones porque fuimos nosotros quienes las tomamos.

Defender versiones antiguas de nosotros mismos por pura coherencia.

Pero cambiar no convierte en mentira lo que fuimos.

Simplemente significa que seguimos vivos.

Qué descanso dejar de intentarlo

Hay una edad —no sé cuál, probablemente sea distinta para cada persona— en la que empieza a ocurrir algo maravilloso.

Dejas de tener tantas ganas de convencer.

Ya no necesitas caerle bien a todo el mundo.

Empiezas a aceptar que algunas personas nunca van a entenderte.

Que habrá lugares donde serás demasiado.

Y otros donde serás insuficiente.

Que algunas decisiones tuyas parecerán absurdas desde fuera.

Y que no pasa nada.

Porque quizá madurar no consista solamente en descubrir quién eres.

Quizá también consista en descubrir dónde ya no necesitas estar.

Yo he intentado encajar muchas veces.

Seguramente vuelva a hacerlo alguna vez, porque algunas costumbres tardan mucho en desaparecer.

Pero cada vez me interesa menos.

Prefiero encontrar personas con las que no tenga que explicarme constantemente.

Lugares donde pueda respirar.

Conversaciones donde pueda cambiar de opinión.

Una vida que no necesite parecerse demasiado a ninguna otra.

Porque después de tantos años intentando encontrar mi sitio, empiezo a sospechar que quizá la libertad era otra cosa.

No encontrar una caja donde entrar.

Sino dejar de buscarla.

Ya no quiero encajar.

Quiero pertenecer sin dejar de ser yo.

Y ahora el espejo queda de tu lado:

¿En qué lugar de tu vida sigues intentando encajar aunque, en el fondo, sabes que ya no perteneces ahí?

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