Una vida que me guste vivir
¿Qué es una buena vida?
Supongo que la respuesta cambia según quién la conteste. Y también según el momento de la vida en el que nos encuentre la pregunta.
Para algunos será acumular títulos, trofeos, patrimonio, reconocimiento. Tener una carrera exitosa, una casa impecable, una agenda llena, una vida ordenada. Para otros será viajar, conquistar metas, llegar cada vez más lejos.
Durante mucho tiempo aprendimos a medir el éxito así: desde fuera.
Por lo que conseguimos.
Por lo que mostramos.
Por aquello que podemos señalar y decir: esto lo logré.
Y las redes sociales añadieron una nueva capa: ya no solo tenemos que ser felices. Parece que nuestra felicidad también tiene que parecerlo.
Viajes extraordinarios. Casas extraordinarias. Experiencias extraordinarias. Cuerpos extraordinarios. Vidas extraordinarias.
Pero últimamente pienso que quizá una buena vida pueda ser algo mucho más sencillo.
Para mí, hoy, es poder respirar.
Levantarme sin despertador y sin sentir que el día empieza persiguiéndome.
Escribir mirando al mar.
Cocinar sin prisa.
Ir a comprar al pueblo y detenerme a mirar a la gente haciendo su vida.
Vivir donde exista comunidad. Donde todavía importe la red humana: reconocer caras, cruzar unas palabras, sentir que no todo ocurre detrás de una pantalla o de una puerta cerrada. Pertenecer, aunque sea poco a poco, a un lugar y a su vida cotidiana.
Vivir con las puertas abiertas y que, simplemente, entre gente. Sin demasiada ceremonia, sin tener que planificar cada encuentro. Recuperar esa espontaneidad de las casas habitadas, donde alguien pasa, se queda un rato, comparte un café, una conversación o una mesa.
Poder comer del productor, saber que parte de lo que llega a mi mesa viene de cerca y conserva todavía una relación reconocible con la tierra y con quien la trabaja.
Y vivir rodeada de un entorno natural al que la mano humana no haya intentado corregir constantemente. Cada vez me interesa menos esa especie de perfección fabricada en la que todo debe estar podado, alineado, pulido y bajo control. La naturaleza nunca tuvo demasiado interés en nuestras líneas rectas: es irregular, espontánea, a veces desordenada. Y quizá parte de su belleza esté precisamente ahí.
Sentarme a comer con las personas que quiero sin estar pensando permanentemente en lo siguiente.
Tener una pareja que me ama.
Ver a mi hijo feliz, construyendo su propio camino.
Tener tiempo.
Tiempo para trabajar, pero también para vivir. Para cocinar. Para conversar. Para mirar por una ventana. Para no hacer nada extraordinario.
Y descubrir que un día cualquiera puede ser un buen día.
El lujo de lo cotidiano
Curiosamente, muchas de las cosas que hoy considero lujos no tienen demasiado valor en el mercado.
La calma no cotiza.
El tiempo no se exhibe.
Respirar tranquilo no da estatus.
Una cena compartida no cabe en un currículum.
Y despertarte por la mañana sintiendo que te gusta tu vida no concede ningún título.
Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que pocas conquistas pueden ser mayores.
He vivido en lugares preciosos sin que eso consiguiera hacer preciosa mi vida. Porque una cosa es el escenario y otra muy distinta lo que sucede dentro de él.
Y no reniego de ninguna de las vidas que viví antes de esta. Todas forman parte de mi bagaje y de la persona que soy hoy. Las que disfruté y las que me costaron, las que elegí y las que simplemente me tocó atravesar. Cada una me trajo hasta aquí y, por eso, cada una merece también mi gratitud.
Hoy tengo la suerte de que el escenario también me parece maravilloso. Hay mar, luz, un pequeño pueblo y un ritmo que me invita a bajar la velocidad. También hay cables, chapuzas y cosas que probablemente nunca entenderé. La perfección no va por ahí.
La verdadera diferencia está en otra parte.
Me gusta estar dentro de mi propia vida.
Una vida habitable
Quizá esa sea mi definición actual del éxito.
No una vida perfecta.
No una vida sin problemas, incertidumbres ni días malos.
Tampoco una vida simple por falta de ambición. Sigo teniendo proyectos, sueños, ganas de crecer, de crear y de construir muchas cosas.
Pero ya no quiero sacrificar la vida para alcanzarlos.
Quiero escribir mirando al mar.
Cocinar sin prisa.
Trabajar en aquello que tiene sentido para mí.
Amar y sentirme amada.
Ver volar a mi hijo.
Compartir una mesa.
Tener tiempo.
Respirar.
Hace poco, hablando con mi padre de esta nueva etapa, me dijo algo tan sencillo que se me quedó dentro: «A vivir». Dos palabras. Tal vez, después de tantas vueltas, de tantos planes y de tanto intentar tenerlo todo bajo control, de eso se trate.
Y que cuando llegue la noche no sienta que he pasado otro día esperando que empezara otra cosa.
Porque quizá nos hemos acostumbrado demasiado a preguntarnos si nuestra vida es suficientemente exitosa, productiva, interesante o admirable.
Y demasiado poco a hacernos una pregunta mucho más sencilla:
¿Me gusta vivirla?
Al final, una vida no está hecha solamente de grandes acontecimientos.
Está hecha de lunes, martes, miércoles. De desayunos. De compras. De comidas. De conversaciones. De trabajo. De silencios. De ventanas por las que miramos cientos de veces.
Está hecha, sobre todo, de días normales.
Quizá el verdadero lujo no sea conseguir una vida que los demás admiren.
Quizá sea construir una vida cotidiana que tú disfrutes habitando.
Una vida que te guste vivir.
Y entonces la pregunta cambia:
¿Y si el éxito no fuera conseguir una vida que parezca extraordinaria, sino construir una vida cotidiana que te guste vivir?
Quizá de eso trate también Cuaderno de Época: de detenerme de vez en cuando a mirar la vida que estoy viviendo, las vidas que dejé atrás y la persona en la que me fui convirtiendo. No para encontrar respuestas definitivas, sino para seguir haciéndome preguntas mientras avanzo.
Totalmente, Elva ❤️ Y esa última pregunta me parece enorme. Yo también cambiaría algunas vivencias si pudiera… pero entonces, ¿seguiríamos siendo quienes somos hoy? Quizá una vida que nos gusta vivir no nace de haber tenido una vida perfecta, sino también de todo lo que hicimos con aquello que nos tocó vivir. Muaaackis enormes 😘❤️
Una vez más, he de darte la razón. No puedo estar más de acuerdo. La felicidad no es el postureo de las redes sociales. La felicidad es poder disfrutar de esos pequeños momentos, yo no tengo una vida extraordinaria, por supuesto, cambiaría vivencias por las que preferiría no haber pasado, sin embargo, al mismo tiempo pienso: ¿Y si al cambiarlas no soy la que soy hoy?
Muaaackis…muaaackis