¿Y cuál sería exactamente el problema de que Europa dejara de ser blanca?

Hay teorías que uno puede rechazar y, aun así, reconocer que contienen una pregunta que merece ser pensada.

Hace unos días volví a encontrarme con una de ellas: el llamado Plan Kalergi.

La teoría sostiene, a grandes rasgos, que existiría un proyecto deliberado para transformar demográficamente Europa mediante la inmigración y el mestizaje hasta sustituir progresivamente a su población blanca.

No existe evidencia histórica sólida de que ese plan, entendido como un programa político organizado de sustitución poblacional, haya existido. Pero la historia de cómo nace esta teoría es bastante más interesante que limitarse a decir «es falso» y pasar a otra cosa.

Porque Richard von Coudenhove-Kalergi existió.

Y algunas de las cosas que escribió también.

¿Quién fue Kalergi?

Richard von Coudenhove-Kalergi nació en Tokio en 1894, hijo de un diplomático austrohúngaro y una madre japonesa. Fue escritor, político y uno de los primeros grandes impulsores de la idea de una Europa políticamente unida.

En 1923 publicó Pan-Europa y posteriormente impulsó la Unión Paneuropea. Décadas antes de la actual Unión Europea defendía una Europa supranacional capaz de superar los enfrentamientos entre Estados. El Consejo de Europa reconoce su papel dentro de la historia del movimiento europeísta y documenta también su influencia posterior en iniciativas como la creación de una asamblea europea y su propuesta de utilizar la Oda a la alegría de Beethoven como himno europeo.

Pero en 1925 publicó otro libro mucho menos conocido: Praktischer IdealismusIdealismo práctico—.

Y aquí empiezan los problemas.

Lo que Kalergi realmente escribió

En ese libro, Kalergi especuló sobre cómo sería la humanidad del futuro.

Entre otras ideas propias del pensamiento racial y elitista de principios del siglo XX, pronosticaba que las razas y las divisiones existentes irían desapareciendo y que surgiría una humanidad mestiza.

Utilizó incluso la expresión «eurasiático-negroide» para describir esa hipotética población futura, que imaginaba parecida en apariencia a los antiguos egipcios. Ese pasaje existe; no es una invención de internet.

También es importante no hacer lo contrario: esconder las partes incómodas de sus escritos simplemente porque posteriormente hayan sido utilizadas por movimientos extremistas.

Kalergi era un hombre de su época y manejaba conceptos sobre raza, élites y aristocracia que hoy nos resultarían, como mínimo, profundamente discutibles.

Pero una cosa es escribir una predicción —o incluso expresar una preferencia filosófica— sobre una futura humanidad mestiza y otra bastante diferente es diseñar un programa político destinado a sustituir mediante inmigración a la población europea.

Y es precisamente en ese salto donde aparece el llamado Plan Kalergi.

Entonces, ¿de dónde sale el «Plan Kalergi»?

La interpretación conspirativa apareció muchas décadas después.

Uno de sus principales difusores fue Gerd Honsik, escritor neonazi austríaco y negacionista del Holocausto, que publicó en 2005 un libro titulado Kalergi Plan. A partir de determinados fragmentos de Idealismo práctico, desarrolló la idea de que existiría un proyecto consciente de mestizaje y sustitución de la población blanca europea. La literatura académica posterior estudia el «Plan Kalergi» precisamente como una narrativa vinculada a las teorías de «genocidio blanco» y posteriormente al llamado «Gran Reemplazo».

Esto importa.

Porque podemos discutir la inmigración.

Podemos discutir la evolución demográfica de Europa.

Podemos discutir las políticas de la Unión Europea.

Incluso podemos preguntarnos hasta qué punto determinadas élites políticas tienen una concepción multicultural de Europa con la que algunas personas pueden estar de acuerdo y otras no.

Pero afirmar que existe un plan secreto diseñado hace cien años para eliminar a los europeos blancos exige pruebas de ese plan.

Y esas pruebas no aparecen.

Hasta ahí, la historia.

Pero después de leer todo esto hubo algo que me produjo todavía más curiosidad.

¿Y cuál sería exactamente el problema?

Supongamos, simplemente como ejercicio intelectual, que dentro de cien años Europa es muchísimo más mestiza que hoy.

Que hay muchos más europeos negros.

Europeos asiáticos.

Europeos de ascendencia africana o árabe.

Familias en las que resulta imposible colocar una etiqueta racial sencilla.

Mi primera reacción fue:

¿Y cuál sería exactamente el problema?

No estoy preguntando si Europa puede recibir una cantidad ilimitada de inmigración.

No estoy preguntando si todas las políticas migratorias son acertadas.

Ni estoy diciendo que cualquier diferencia cultural sea irrelevante.

Estoy preguntando algo bastante más concreto:

¿por qué debería ser un problema que Europa dejara de ser mayoritariamente blanca?

Porque ahí creo que empezamos a mezclar cosas que no son lo mismo.

Color de piel, cultura y religión no son sinónimos

Cuando alguien dice que teme que Europa «deje de ser europea», convendría preguntarle qué significa exactamente.

¿Que sus habitantes tengan otro color de piel?

¿Que desaparezca determinada cultura?

¿Que cambie la religión predominante?

¿Que haya demasiada inmigración en muy poco tiempo?

¿Que fallen los procesos de integración?

Son debates completamente diferentes.

Una persona puede ser negra y europea.

Puede haber nacido en París, Lisboa, Madrid o Berlín, hablar la lengua del país, compartir sus referencias culturales, defender la democracia liberal, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la libertad sexual, la libertad religiosa y la separación entre religión y Estado.

¿En qué sentido sería menos europea que una persona blanca nacida exactamente en el mismo lugar?

Si la respuesta termina dependiendo del color de su piel, entonces el problema que estamos planteando ya no es cultural.

Es racial.

Y creo que conviene tener la honestidad intelectual de llamarlo por su nombre.

¿Y el islam?

Aquí aparece otra conversación.

Porque una parte considerable del temor europeo contemporáneo hacia la inmigración no tiene que ver realmente con que alguien sea negro.

Tiene que ver con el crecimiento de comunidades musulmanas.

Y también aquí creo que resulta contraproducente fingir que no existen conflictos.

Los existen.

Una sociedad democrática tiene perfecto derecho a debatir sobre secularismo, igualdad entre hombres y mujeres, matrimonio forzado, fundamentalismo religioso, derechos de las personas homosexuales, libertad de expresión, educación religiosa o libertad para abandonar una religión.

Criticar una religión, una doctrina o determinadas prácticas culturales no equivale a odiar a quienes profesan esa religión.

Del mismo modo, tampoco podemos convertir a millones de musulmanes europeos en una única categoría ideológica.

Porque no lo son.

Una mujer musulmana secular, un joven musulmán homosexual, un fundamentalista religioso y una persona culturalmente musulmana que nunca pisa una mezquita pueden compartir una etiqueta y tener concepciones del mundo completamente diferentes.

Y otra vez volvemos al mismo problema:

estamos utilizando categorías enormes para describir realidades extremadamente distintas.

Europa tampoco es solamente cristiana

También escuchamos con frecuencia:

Europa es cristiana.

Históricamente, por supuesto que el cristianismo constituye uno de los pilares fundamentales de Europa.

Sería absurdo negarlo.

Está en nuestra arquitectura, nuestras fiestas, nuestro calendario, nuestra literatura, nuestra filosofía, nuestra moral y nuestra historia.

Pero Europa también es Grecia y Roma.

Es judaísmo.

Es Renacimiento.

Es Reforma y Contrarreforma.

Es Ilustración.

Es secularización.

Es derechos individuales.

Es libertad de conciencia.

Y precisamente una de las grandes transformaciones europeas consistió en aprender —después de siglos bastante sangrientos— que el Estado no debería obligarnos a compartir una religión.

Por eso tengo dificultades para aceptar que preservar Europa signifique simplemente preservar una determinada composición religiosa o racial.

Quizá deberíamos preguntarnos primero qué Europa queremos preservar.

Entonces, ¿qué queremos conservar?

Esta es para mí la verdadera pregunta.

Si queremos conservar la democracia, hablemos de democracia.

Si queremos defender la igualdad de las mujeres, defendámosla.

Si queremos proteger la libertad de expresión, hagámoslo.

Si creemos que una inmigración demasiado rápida puede dificultar la integración, discutamos cantidades, políticas, vivienda, educación y cohesión social.

Si creemos que determinadas prácticas religiosas son incompatibles con derechos fundamentales, discutámoslas también.

Todo eso es legítimo.

Pero ninguna de esas cuestiones requiere que Europa siga siendo blanca.

Y quizá esta sea la parte incómoda del debate.

Porque durante mucho tiempo hemos colocado bajo una misma palabra —inmigración— temores completamente diferentes.

Economía.

Seguridad.

Identidad.

Religión.

Cultura.

Raza.

Y cuando no los separamos resulta prácticamente imposible entendernos.

Ni negar problemas ni inventar conspiraciones

Hay una dinámica que me preocupa cada vez más en nuestra manera de debatir.

Y este tipo de teorías tiene además otro efecto que no deberíamos pasar por alto: alimenta la polarización.

Cuando un fenómeno tan complejo como la inmigración se explica mediante la existencia de un plan oculto, desaparecen los matices. Ya no discutimos políticas migratorias concretas, integración, vivienda, empleo, seguridad, religión o derechos. Pasamos a dividir el mundo entre quienes creen estar descubriendo una conspiración y quienes consideran absurda cualquier preocupación relacionada con la inmigración.

Y los extremos terminan retroalimentándose.

Cuanto más se presenta cualquier cambio demográfico como una amenaza organizada contra Europa, más fácil resulta descalificar como racista a cualquiera que plantee problemas reales de integración. Y cuanto más se niegan o minimizan esos problemas, más terreno encuentran las teorías conspirativas para presentarse como la única explicación que «nadie se atreve a contar».

La polarización funciona precisamente así: nos obliga a escoger un bando antes de permitirnos pensar.

Quizá por eso sea todavía más importante separar hechos, interpretaciones, temores legítimos y teorías sin demostrar.

Parece que solo podemos elegir entre dos paquetes completos de ideas.

O aceptamos que Europa está siendo deliberadamente sustituida y que detrás existe algún gigantesco plan organizado.

O afirmamos que cualquier preocupación sobre inmigración, integración o cambio cultural es automáticamente xenófoba.

No compro ninguno de los dos paquetes.

Creo que Europa puede tener problemas migratorios reales sin que exista un complot para destruirla.

Creo que una sociedad tiene derecho a preguntarse qué valores espera que respeten quienes llegan.

Creo que también tiene derecho a establecer políticas migratorias y límites.

Y al mismo tiempo creo que el color de piel de sus ciudadanos no determina la calidad de una civilización.

Quizá debamos empezar a distinguir una cosa de la otra.

La pregunta que queda

Richard von Coudenhove-Kalergi imaginó hace un siglo una humanidad futura mucho más mestiza.

Décadas después, otros transformaron aquella especulación en la supuesta prueba de un proyecto de sustitución racial.

La evidencia disponible no demuestra la existencia de ese plan.

Pero la teoría ha sobrevivido porque toca algo mucho más profundo que un libro de 1925.

Toca el miedo a que el mundo conocido cambie.

Y ese miedo merece ser interrogado.

No ridiculizado.

Interrogado.

Porque quizá cuando terminemos de separar inmigración, integración, religión, cultura y raza descubramos que tenemos discusiones importantes que mantener.

Pero también podríamos descubrir que algunas cosas que dábamos por evidentes no lo son tanto.

Por eso, después de conocer el llamado Plan Kalergi, yo sigo regresando a la misma pregunta:

si dentro de cien años Europa continúa siendo democrática, libre, plural, culturalmente rica y respetuosa con los derechos individuales, pero sus habitantes tienen muchos más colores de piel que hoy…

¿cuál sería exactamente el problema?