No son amigos

Con los años he descubierto algo que quizá antes me costaba aceptar: no todas las personas que han pasado por nuestra vida son amigos.

Algunas fueron compañeros de viaje.

Coincidimos en un trabajo, en un barrio, en una etapa de nuestros hijos, en una afición, en una ciudad, en una determinada versión de nosotros mismos. Durante un tiempo hubo conversaciones, cafés, risas, confidencias y una sensación auténtica de cercanía.

Pero cambió la circunstancia y apareció la distancia.

Y no pasa nada.

Quizá nunca fueron amigos. Quizá fueron personas importantes en un momento determinado de nuestra vida. Y eso también tiene valor.

Tampoco son necesariamente amigos aquellos a quienes conocemos desde hace veinte o treinta años.

La antigüedad no convierte automáticamente una relación en amistad.

Hay vínculos que sobreviven por costumbre, por nostalgia o simplemente porque llevamos demasiado tiempo llamándolos amistad como para preguntarnos si todavía lo son.

Y a veces basta con observar cómo nos sentimos después de estar con alguien.

Si constantemente tenemos que justificarnos. Si nuestras decisiones son cuestionadas. Si nuestros logros se convierten en una competición. Si sentimos que debemos demostrar que nuestra vida también vale. Si aparecen comparaciones entre casas, trabajos, dinero, viajes, coches, parejas o incluso hijos.

Hay personas capaces de convertir cualquier conversación en una clasificación invisible.

Quién tiene más.

Quién llegó más lejos.

Quién vive mejor.

Quién tiene el hijo más exitoso.

Quién puede enseñar la fotografía más bonita de su vida.

Y durante mucho tiempo una puede entrar en ese juego sin siquiera darse cuenta.

A mí me ha pasado.

Incluso con cosas tan sencillas como mi casa.

Mi casa tenía defectos. Muchos. Podía ser  incómoda, necesitar arreglos y estar muy lejos de cualquier idea o estandar de perfección.

Pero era mi casa.

Era el resultado de mis decisiones, de mis posibilidades y de mi esfuerzo. No necesitaba que otra persona la considerara suficientemente buena para que tuviera valor para mí.

Con el tiempo entendí que el problema no era aquella casa.

Era haber permitido que la mirada ajena determinara durante unos minutos cómo debía sentirme respecto de algo que había construido con muchísimo esfuerzo.

Y ahí aparece otra pregunta:

¿qué estamos midiendo cuando medimos el éxito de los demás?

Porque quizá alguien tenga una casa enorme y otra persona una pequeña.

Quizá uno viaje constantemente y otro prefiera quedarse en casa.

Quizá uno tenga mucho dinero y otro mucho tiempo.

Quizá alguien necesite reconocimiento y otra persona haya llegado a un momento de su vida en el que lo que más valora es despertarse tranquila.

Hace tiempo que mi propia definición de éxito empezó a cambiar.

Cada vez tiene menos que ver con acumular, aparentar o demostrar.

Y cada vez tiene más que ver con algo muchísimo más difícil de conseguir:

la paz.

Quizá por eso también he terminado preguntándome qué es realmente una buena vida. Porque llega un momento en que tener más deja de ser necesariamente vivir mejor.

Por eso también he empezado a mirar de otra manera la amistad.

Un amigo no tiene que estar disponible las veinticuatro horas. Ni preguntar constantemente si necesitamos algo. La vida adulta es complicada y todos llevamos nuestras propias mochilas.

Además, sería hipócrita exigir algo que yo misma muchas veces tampoco hago.

También me distraigo.

También desaparezco.

También puedo pasar demasiado tiempo sin preguntar cómo está alguien.

No se trata de llevar una contabilidad afectiva.

Se trata de otra cosa.

De saber que, cuando realmente ocurre algo, hay personas a las que podemos llamar y contar sin necesidad de dar explicaciones.

Personas delante de las cuales no necesitamos demostrar nada.

Que pueden alegrarse genuinamente cuando algo nos sale bien sin sentir que nuestro logro disminuye el suyo.

Que pueden decirnos una verdad incómoda sin humillarnos.

Que pueden pensar diferente sin convertir cada conversación en una batalla.

Que conocen nuestras miserias y nuestras contradicciones y, aun así, no utilizan esa información para colocarse por encima.

La amistad no compite. No mide el valor de una persona por lo que tiene, por lo que consigue ni por cómo viven sus hijos. Tampoco necesita incomodar, provocar discusiones o buscar el punto débil del otro.

Y hay formas mucho más sutiles de hacerlo. Una broma. Una comparación aparentemente inocente. Un comentario disfrazado de humor. Esa pequeña humillación que después siempre puede justificarse con un «era una broma».

Pero cuando el humor sirve sistemáticamente para rebajar al otro, quizá ya no estemos hablando de humor. A veces competir, comparar o intentar empequeñecer a quien tenemos delante es una manera de no mirar las propias carencias.

Un amigo puede cuestionarnos, por supuesto. Puede discutir con nosotros y decirnos cosas que no queremos escuchar. La diferencia está en la intención: no busca hacernos pequeños para sentirse más grande.

Y, sobre todo, personas cuya presencia no nos obliga constantemente a defender nuestra propia vida.

También de eso trata aprender a cuidar nuestra energía emocional: reconocer qué vínculos nos aportan paz y cuáles nos dejan agotados, incómodos o permanentemente a la defensiva.

A cierta edad empezamos a descubrir que son pocas.

Muy pocas.

Probablemente podamos contarlas con los dedos de una mano.

Antes eso podría haberme parecido triste.

Ahora me parece todo lo contrario.

Porque también he aprendido que no todo vínculo necesita convertirse en amistad para haber valido la pena.

Hay personas de una etapa.

Personas de un verano.

Personas de una ciudad.

Personas con las que compartimos diez años y después dejamos de tener algo que compartir.

Personas que quisimos muchísimo y de las que un día nos alejamos.

No necesariamente hubo traición.

A veces simplemente terminó el camino que hacíamos juntos.

Y quizá madurar también sea dejar de llamar amigo a todo el mundo sin necesidad de convertir a nadie en enemigo.

Aceptar que algunos fueron compañeros de viaje.

Agradecer lo compartido.

Soltar lo que ya no nos hace bien.

Y cuidar muchísimo a esos pocos con quienes podemos sentarnos, siendo exactamente quienes somos, sin competir, sin aparentar, sin defendernos y sin tener que demostrar absolutamente nada.

Porque al final, cuando la vida se complica de verdad, desaparecen las listas interminables.

Y quedan cuatro nombres.

A veces tres.

A veces uno.

Esos son los amigos.

Lecturas complementarias

  1. La fábula del fuego y la mesa compartida — quién aparece cuando realmente lo necesitas.
  2. Ser selectivo con las personas — aprender a elegir los vínculos.
  3. El bullying entre adultos: una violencia silenciosa — cuando la broma, la comparación o el menosprecio dejan de ser inocentes.