No tengo niñofobia, tengo padresgilipollasfobia

Quince años después

En agosto de 2011 escribí en este mismo blog un artículo titulado «No se admiten niños. No es niñofobia». Mi hijo tenía entonces tres años y yo defendía una idea bastante sencilla: los niños tienen derecho a ser niños, pero los demás también tienen derecho a disfrutar de un restaurante, un hotel, un avión o una playa sin que unos padres hayan decidido que educar es responsabilidad colectiva.

Quince años después, mi hijo ya es adulto.

Probablemente hoy no utilizaría algunas de las palabras que utilicé entonces. Una también cambia, aprende y revisa su manera de decir las cosas. Pero al releer aquel texto descubrí algo curioso: el fondo de lo que pensaba no ha cambiado demasiado.

De hecho, quizá ahora tenga todavía más claro que el problema nunca fueron los niños.

El problema, demasiadas veces, somos los adultos.

Últimamente se habla bastante de niñofobia. Restaurantes que no quieren niños, hoteles adults only, personas que protestan porque un niño llora en un avión, vecinos que se quejan porque juegan o hacen ruido.

Y sí, existe gente con una intolerancia bastante absurda hacia los niños por el simple hecho de comportarse como lo que son: niños.

Pero también creo que estamos metiendo demasiadas cosas diferentes dentro del mismo saco.

Porque a veces no es niñofobia.

A veces estamos hasta las narices de algunos padres.

Y sí, ya sé que el título no es precisamente académico, pero padresgilipollasfobia describe bastante bien lo que quiero decir.

No es una ocurrencia nueva ni una reacción contra la infancia. Ya en aquel artículo de 2011 escribía que la culpa no era de los niños, sino de los padres que no ejercían como tales. El tiempo, en este caso, no me ha hecho cambiar de pregunta; me ha dado más años para pensarla.

Cuando los adultos tenían sobremesa

Cuando yo era pequeña, si mis padres se reunían con amigos para cenar, llegaba un determinado momento de la noche en el que los niños nos íbamos a dormir.

A mí me molestaba muchísimo.

Por supuesto.

Yo quería quedarme allí, escuchar las conversaciones, enterarme de todo y formar parte de aquel misterioso universo de los adultos.

Pero mis padres no consideraban que mandarme a dormir vulnerara mis derechos fundamentales.

Simplemente había llegado mi hora.

Y ellos querían seguir cenando, tomando algo, fumando, diciendo palabrotas, hablando de política, sexo, problemas, trabajo o de lo que les diera la gana.

Los adultos también tenían derecho a existir como adultos.

No todo el espacio familiar tenía que reorganizarse permanentemente alrededor de nosotros.

Después me convertí en madre

Curiosamente, cuando tuve a mi hijo, nunca sentí que su presencia me otorgara el derecho de regular el comportamiento de todos los demás.

Si estaba con adultos que fumaban, no pretendía convertirlos automáticamente en no fumadores.

Una palabrota tampoco me parecía motivo para escandalizarme.

Las conversaciones de adultos podían seguir siendo conversaciones de adultos.

Y si alguna situación no me parecía adecuada para mi hijo, entendía que la responsabilidad de decidir si permanecíamos allí era mía, no del resto del planeta.

Esto no significa no proteger a los niños.

Significa entender dónde termina nuestra responsabilidad como padres y dónde empieza la libertad de los demás.

Y, si hay algo de mi crianza como madre de lo que me siento especialmente orgullosa, es precisamente de eso. Nunca censuré a un adulto por ser adulto simplemente porque mi hijo estuviera presente. Nadie dejó de venir a mi casa porque hubiera un niño.

Mis amigos podían seguir hablando como hablaban, riéndose, diciendo palabrotas o comportándose como adultos. Tener un hijo no convirtió mi casa en una guardería ni a quienes me rodeaban en responsables de adaptar su comportamiento a mi maternidad.

Respetar a un niño no es permitirle todo

Y al mismo tiempo, jamás tuvieron que llamarme la atención por mi hijo. Siempre se comportó muy bien en entornos adultos, también cuando eso implicaba pasar horas en un tren de alta velocidad, viajar en avión, sentarse en un restaurante o compartir espacios que no estaban pensados exclusivamente para niños. No porque dejara de ser un niño, sino porque aprendió desde pequeño que cada lugar tiene sus códigos y que convivir también significa respetar el espacio de los demás.

Y esto se extendía también a los espacios de ocio. Mi hijo no iba a una piscina y, por ser niño, yo daba por hecho que tenía derecho a chillar y molestar al resto. Podía jugar, reírse, tirarse al agua y disfrutar como cualquier niño, por supuesto. Pero ser niño no significaba tener carta blanca para ignorar que alrededor había otras personas intentando disfrutar del mismo lugar. Nunca entendí el respeto a la infancia como una obligación de los demás de soportarlo todo.

Para mí, esas dos cosas siempre fueron perfectamente compatibles: respetar profundamente a un niño y seguir respetando el derecho de los adultos a ser adultos.

Mi madre tenía una frase bastante bestia para describir el extremo contrario. Decía que hay familias que creen que están criando a un nazareno, a Jesucristo, y después se sorprenden cuando tienen hijos maleducados y déspotas. Detrás de la exageración había una idea que con los años entiendo mejor: querer profundamente a un hijo no significa venerarlo. Un niño necesita amor, escucha y respeto, pero también necesita descubrir que los demás existen, que tienen derechos y que el mundo no ha sido construido exclusivamente alrededor de él.

Cuando los hijos crecen y nosotros seguimos viviendo

Y quizá precisamente por eso también me siento en el derecho de elegir con qué padres quiero relacionarme. No quiero relacionarme con quienes se han convertido en talibanes de la crianza, con quienes pretenden censurar conversaciones, costumbres o comportamientos adultos simplemente porque sus hijos están presentes.

Respetaré su manera de criar, por supuesto, pero eso no me obliga a compartirla ni a adaptar permanentemente mi forma de estar en el mundo a ella. Yo ya crié. Y mientras maternaba nunca exigí a nadie que se invisibilizara como adulto porque yo hubiera decidido ser madre.

No pedí que mis amigos dejaran de ser quienes eran, que midieran cada palabra ni que transformaran nuestros encuentros en espacios infantiles. Por eso, ahora tampoco siento que deba hacerlo por la maternidad o paternidad de otros. Cada uno elige cómo criar a sus hijos; lo que no puede elegir es cómo deben vivir todos los demás alrededor de ellos.

Ahora, además, vivo otra etapa de la maternidad y observo otro fenómeno que me resulta igual de inquietante: padres que parecen vivir exclusivamente de los triunfos de sus hijos, como si cuando los hijos crecen la propia vida tuviera que quedarse en pausa. Sus notas, sus carreras, sus éxitos profesionales, deportivos o personales terminan convirtiéndose casi en una identidad prestada.

También hay padres que, consciente o inconscientemente, esperan que sus hijos les den aquello que sienten que les falta a ellos: reconocimiento, éxito, orgullo, propósito o incluso una vida que puedan contar como propia. Pero un hijo no es una segunda oportunidad para completar nuestra biografía. Es otra persona, con una personalidad distinta, otros deseos, otros talentos, otros tiempos y, muchas veces, sueños que no coinciden con los nuestros.

Respetarlos también significa aceptar esa diferencia, incluso cuando el camino que eligen no es el que nosotros habíamos imaginado para ellos. Me encanta sentir orgullo por los logros de un hijo, claro que sí. Pero nuestros hijos no vinieron al mundo para proporcionarnos una biografía. Ellos tienen que construir su vida y nosotros seguir encontrando magia en la nuestra. Quizá criar también sea eso: acompañarlos mientras nos necesitan y, cuando empiezan a volar solos, recordar que nosotros todavía tenemos una vida que vivir y sueños que cumplir.

Proteger la infancia no significa esterilizar el mundo

Creo que hemos hecho algo muy necesario en las últimas décadas: empezar a escuchar más a los niños.

Hemos hablado de sus emociones, de respeto, de violencia, de educación sin humillaciones, de la importancia de que puedan expresarse.

Todo eso me parece un avance.

Pero como ocurre tantas veces, corremos el riesgo de pasar de un extremo al otro.

De aquella infancia en la que algunos niños prácticamente no tenían voz, podemos terminar construyendo otra en la que toda la sociedad tenga que girar alrededor de ellos.

Y ninguna de las dos cosas me parece especialmente saludable.

Porque un niño también necesita descubrir algo bastante importante:

que no es el centro del universo.

Hay que esperar.

También existen conversaciones en las que no participa y lugares donde debe comportarse de determinada manera.

Algunas personas no tienen hijos; algunos adultos quieren hablar tranquilos y ciertos espacios, sencillamente, no están diseñados para niños.

Y descubrir todo eso no traumatiza necesariamente a nadie.

Se llama convivencia.

Los niños tienen derecho a ser niños

Por supuesto que un niño puede llorar.

También puede aburrirse, enfadarse, hacer ruido o tener una rabieta.

Y esperar que un niño de tres años se comporte durante dos horas como un ejecutivo japonés en una reunión de negocios es bastante ridículo.

La sociedad tiene que tener tolerancia con la infancia.

Pero la tolerancia funciona en ambas direcciones.

Porque una cosa es que un niño llore durante un vuelo y otra muy diferente que corra durante una hora por un restaurante mientras los padres continúan cenando como si aquella criatura perteneciera al establecimiento.

Comprender una rabieta tampoco significa asumir que absolutamente nadie puede poner un límite.

Y respetar a los niños no convierte cualquier incomodidad que experimenten en una agresión contra la infancia.

Los terroristas de la infancia

A veces tengo la sensación de que hemos creado una especie de terrorismo de la infancia.

No fumes. Cuidado con las palabrotas. De eso no se habla.

Baja la música. Ese comentario, mejor no. Esa película tampoco.

No bebas delante del niño, evita decirle que no, procura que no se aburra y, sobre todo, que nada pueda incomodarlo.

Y quizá deberíamos recordar algo:

los adultos también existen.

Tienen conversaciones de adultos, costumbres de adultos, problemas de adultos y espacios propios.

No creo que criar consista en construir alrededor de nuestros hijos una burbuja perfectamente esterilizada.

Creo que consiste, entre otras muchas cosas, en enseñarles poco a poco a vivir en un mundo que no siempre va a adaptarse a ellos.

Tampoco quiero volver atrás

Y aquí está el matiz importante.

No quiero recuperar aquella educación en la que los niños debían callarse simplemente porque hablaba un adulto.

Ni aquella frase horrible de «los niños se ven pero no se oyen».

Ni justificar autoritarismo, humillaciones o falta de escucha bajo el argumento de que «a nosotros nos educaron así y no pasó nada».

Claro que pasaron cosas.

Por eso hemos cambiado muchas.

Y esta es quizá la diferencia más importante entre lo que escribí en 2011 y lo que escribiría hoy. Entonces estaba metida de lleno en la crianza de un niño pequeño. Hoy puedo mirar aquella etapa desde fuera y reconocer que poner límites no exige despreciar, ridiculizar ni silenciar a un niño.

Pero avanzar no debería significar sustituir un extremo por otro.

Podemos escuchar a nuestros hijos sin convertirlos en pequeños emperadores y respetar sus emociones sin renunciar a los límites.

Es posible protegerlos sin exigir que todo el mundo participe de nuestra forma de crianza, y enseñarles que su voz importa sin hacerles creer que es la única voz de la habitación.

Quizá no todo sea niñofobia

Por eso, cuando escucho hablar del creciente rechazo hacia los niños, intento no simplificarlo.

Seguramente existe niñofobia.

Pero quizá parte del rechazo que estamos viendo no sea exactamente hacia los niños.

Quizá sea hacia determinadas formas de crianza.

Algunos padres consideran que cualquier espacio debe adaptarse a sus hijos.

También incomoda la ausencia de límites.

Y, sobre todo, esa idea de que tener niños concede una especie de derecho universal a reorganizar el comportamiento de quienes están alrededor.

Yo adoro a los niños.

Pero también adoro las sobremesas de adultos.

Las conversaciones sin filtros.

Las palabrotas.

Los espacios donde nadie tiene que estar pendiente de si una frase es apropiada para un niño de siete años.

Y sigo pensando que ambas cosas pueden coexistir perfectamente.

Porque defender la infancia no debería significar declarar la guerra al mundo adulto.

Hace quince años terminé defendiendo los espacios sin niños. Hoy sigo pensando que pueden existir perfectamente, igual que existen espacios pensados especialmente para ellos. La convivencia no significa que todos tengamos que estar en todas partes ni que todos los lugares tengan que satisfacer todas las necesidades.

Lo que sí matizaría hoy es algo importante: un niño que molesta no es un niño malo. Es un niño. Quienes tenemos la responsabilidad de enseñarle poco a poco dónde está, qué puede hacer y cómo convivir con los demás somos los adultos.

Por eso, después de quince años, quizá cambiaría algunas palabras de aquel artículo.

Pero no borraría ninguna.

También somos lo que fuimos pensando por el camino.

Y quizá deberíamos preguntarnos algo antes de llamar niñófoba a media sociedad:

¿en qué momento proteger a los niños empezó a significar poner límites a todos los adultos que los rodean?