Una vida no lineal no es una vida sin rumbo
Hace unos días publiqué Las curvas de una vida no lineal
Hablaba de esas vidas que no siguen el recorrido que alguna vez imaginamos. De relaciones que terminan, trabajos que dejamos, ciudades que abandonamos, proyectos que cambian y decisiones que nos obligan a tomar caminos que ni siquiera sabíamos que existían.
Y entre los comentarios alguien me hizo una pregunta que se me quedó dando vueltas:
«¿Y si en lugar de una curva aparece un acantilado? ¿Será que me equivoqué?»
Puede ser.
Quizá sí te equivocaste.
Porque una cosa es defender que la vida no tiene por qué ser lineal y otra muy distinta convertir cada decisión que tomamos en una decisión correcta solo porque fue nuestra.
A veces elegimos mal.
Nos equivocamos de pareja.
Aceptamos un trabajo que no era para nosotros.
Confiamos en quien no debíamos.
Empezamos un proyecto que fracasa.
Nos mudamos buscando una vida que no encontramos.
Insistimos demasiado.
O tiramos la toalla demasiado pronto.
Y reconocerlo no convierte nuestra vida en un fracaso.
A veces después de la curva hay un acantilado
Creo que hemos romantizado mucho aquello de «seguir adelante».
Como si avanzar siempre fuera la respuesta.
Pero si estás caminando y delante de ti aparece un acantilado, seguir avanzando no demuestra valentía.
A veces demuestra simplemente que no queremos reconocer que tenemos que dar media vuelta.
Y dar media vuelta también es una decisión.
Puedes detenerte.
Puedes regresar unos kilómetros.
Puedes buscar otro sendero.
Incluso puedes volver al punto de partida.
Cambiar de dirección no significa necesariamente haber perdido el rumbo.
Hasta el GPS recalcula
Hay una frase tan repetida en redes que probablemente ya merezca jubilación:
«Hasta el GPS dice recalculando».
La hemos visto en tazas, publicaciones motivacionales y seguramente en alguna foto de un atardecer con letras cursivas.
Pero detrás del cliché hay una idea bastante buena.
Cuando te equivocas de salida, el GPS no te dice:
«Has fracasado. Aparca el coche y abandona tus sueños».
Simplemente busca otra ruta.
Porque el destino y el camino son dos cosas diferentes.
Y quizá con la vida ocurra algo parecido.
Podemos tener bastante claro hacia dónde queremos ir y, sin embargo, equivocarnos completamente en la manera de llegar.
Y eso no invalida nuestro propósito de vida.
De hecho, tener un propósito —saber qué queremos construir, qué valores queremos respetar o qué clase de vida queremos vivir— ya es algo valioso. No todo el mundo lo tiene claro.
El camino puede cambiar muchas veces. Podemos equivocarnos de carretera, retroceder, tomar un desvío e incluso descubrir que aquello que creíamos un atajo terminaba en un acantilado.
Pero mientras no perdamos de vista por qué caminamos y qué clase de vida queremos construir, seguimos teniendo rumbo.
Quizá por eso recalcular no sea empezar de cero.
Es buscar otra manera de llegar.
No todo sucede por algo
Tampoco quiero caer en otra frase que repetimos demasiado.
No sé si todo sucede por algo.
Hay cosas que suceden porque tomamos una mala decisión.
Otras porque alguien tomó una mala decisión por nosotros o porque seguimos consejos que resultaron equivocados.
Algunas son consecuencia de circunstancias que jamás pudimos controlar.
Y otras, simplemente, salen mal.
No siempre necesitamos encontrarles una explicación trascendental para poder continuar.
Quizá sea suficiente con mirar el acantilado y decir:
Por aquí no es.
Y volver a caminar.
No decidir también es decidir
Hay algo más que solemos olvidar cuando hablamos de caminos y decisiones: no tomar una decisión también es una decisión.
Quedarnos donde estamos por miedo, comodidad, incertidumbre o simplemente porque no sabemos qué hacer no nos deja suspendidos en el mismo punto.
El tiempo sigue pasando.
No elegir una relación diferente significa continuar en la que tenemos. No buscar otro trabajo significa permanecer en el actual. No abandonar un proyecto también significa seguir apostando por él.
A veces no decidir es exactamente lo que necesitamos mientras observamos, pensamos y esperamos a tener más información.
Pero otras veces utilizamos la indecisión para evitar asumir las consecuencias de elegir. Procrastinamos la decisión, esperando que el tiempo termine decidiendo por nosotros.
Y el problema es que el tiempo también elige: mientras esperamos, las circunstancias siguen avanzando.
Porque quedarnos quietos también marca un rumbo.
Y quizá una de las decisiones más importantes de nuestra vida sea reconocer cuándo estamos esperando el momento adecuado… y cuándo simplemente tenemos miedo de movernos.
El rumbo es otra cosa
Durante mucho tiempo confundimos tener una vida ordenada con tener una vida bien encaminada.
Estudiar.
Trabajar.
Encontrar pareja.
Comprar una casa.
Formar una familia.
Mantener el trabajo.
Mantener la pareja.
Mantener la casa.
Mantener, mantener, mantener.
Como si cambiar alguna pieza significara que algo salió mal.
Pero hay personas que cumplen escrupulosamente todos esos pasos y un día descubren que llevan años viviendo una vida que ya no les pertenece.
Y otras cambian de profesión, de pareja, de ciudad, de país, de proyectos y de planes varias veces y, sin embargo, saben perfectamente qué están buscando.
Paz.
Libertad.
Coherencia.
Amor.
Una vida que se parezca un poco más a quienes son.
Quizá eso sea el rumbo.
No el camino concreto que elegimos para llegar.
Recalcular también es avanzar
Ahora creo que una vida no lineal no es necesariamente una vida desordenada.
Es una vida en la que algunas veces acertamos y otras metemos la pata hasta el fondo.
Hay curvas preciosas.
Hay desvíos inesperados.
Hay carreteras que terminan.
Y sí.
También hay acantilados.
Lo importante quizá no sea poder decir algún día:
«Nunca me equivoqué de camino».
Sino poder mirar hacia atrás y pensar:
«Cada vez que descubrí que por ahí no era, tuve el valor de recalcular».
Porque cambiar de camino no siempre significa cambiar de rumbo.
Y una vida no lineal tampoco es una vida sin rumbo.
A veces es simplemente una vida que tuvo que buscar más de una carretera para llegar a casa.
Y tú, ¿alguna vez llegaste a un acantilado y tuviste que recalcular?
¿Cambiaste de trabajo, de pareja, de ciudad, de proyecto, de país… o simplemente de idea?
¿Cómo supiste que había llegado el momento de decir «por aquí no es»?
Te leo. Porque a veces las historias que dejamos en los comentarios abren caminos que otros todavía no habían visto.