Cuando el miedo nubla la visión

El miedo no solo paraliza.
El miedo también ciega.

Te envuelve en una niebla espesa que distorsiona lo real, que oculta lo que tanto has deseado, trabajado, manifestado. Lo tienes delante… pero no lo ves. No lo reconoces. No te reconoces.

Hace unos años, lo tuve todo frente a mí.
En mis manos, bajo mis pies, ante mis ojos.
Era real. Tan real que dolía.

Y, sin embargo, me sentí pequeña. Desbordada. Inmerecedora.
Tenía tanto miedo de fallar, de no estar a la altura, de arruinarlo…
que fui incapaz de abrazarlo. De elegirlo.

Incluso llegué a rechazarlo. A darle la espalda.
Pero el destino, sabio y paciente, no se ofende.
Insistió. Me esperó. Me enseñó.

Y cuando finalmente me atreví a mirar de frente, algo en mí cambió.
Mi piel cambió.
Mi manera de habitarme cambió.
La culpa se desvaneció.
Y junto a ella, esa niebla que no solo no me dejaba ver,
si no tampoco decidir por aquello que ya era mío.

A veces, no es que no estés lista.
Es que no te lo crees.
Y el miedo, en lugar de protegerte, te priva.

Hoy sé que el miedo no era una señal de huida,
si no un umbral.
Un cruce entre la versión que fui
y la que estaba a punto de nacer.

No siempre el camino se aclara antes de dar el paso.
Pero a veces, basta con darlo…
para que todo cobre sentido.

Miedo y autoconocimiento

La cierva y la niebla (una fábula)

Había una vez una joven cierva que soñaba con llegar al claro más alto del bosque.
Decían que desde allí se podía ver todo: el río dorado, las montañas sagradas, incluso el amanecer más puro.

Cada noche, la cierva cerraba los ojos e imaginaba el viento acariciándole el rostro desde aquella cima.
Soñaba con estar allí, libre, completa.

Un día, el claro se abrió frente a ella.
Sin buscarlo, sin esperarlo,
el camino se despejó y la cima se mostró nítida, a pocos pasos.

Pero entonces, una espesa niebla descendió.
Y el miedo le susurró:

—¿Y si no es lo que esperabas?
—¿Y si te pierdes?
—¿Y si no eres suficiente?

La cierva dudó.
Dio un paso atrás.
Luego otro.
Hasta que el claro volvió a ocultarse.

Pasaron estaciones.
Lluvias, soles, años.
Pero el claro no la olvidó.

Una mañana, volvió a abrirse el sendero.
La niebla volvió también.
Pero esta vez, la cierva cerró los ojos… y caminó.

Cruzó el velo con el corazón latiendo fuerte.
Y al otro lado, encontró no solo el claro,
si no una versión de sí misma
que siempre había estado esperando nacer.


💭 Reflexión final

El miedo nos hace dudar, pero también puede ser el umbral hacia algo más grande.
No siempre veremos con claridad antes de decidir.
Pero la claridad llega cuando dejamos de esperar garantías…
y empezamos a confiar en nosotras.

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