Para mis amigos, lectores, quienes me conocen y para los muchos internautas que —como yo— buscan en la red respuestas ante una enfermedad que genera incertidumbre y terror, comparto este relato.
Es un texto humilde, extraído de un correo electrónico que envié a familiares y amigos.
Recién ahora puedo tomar fuerzas para escribir.
Lo hago desde la luz, muy cerca de las tinieblas, con la intención de transmitir vida y esperanza.
Ojalá quien lo lea pueda apreciar el día a día a través de esta experiencia.
Ojalá sirva para honrar la vida a través de la lucha de alguien cercano: mi mamá.
No es una cadena de copia y pega
No es una historia reenviada.
No es un texto anónimo.
Soy Flor.
Esta es mi historia.
Y también puede ser la de quien la lea.
Vivan con intensidad. La vida es efímera.
Lo material no sirve para nada cuando el suelo se abre bajo los pies.
Solo el amor rescata de la oscuridad.
Son las voces queridas las que te sostienen cuando aparecen pensamientos peligrosos, cuando la fe flaquea y todo lo que creías firme se cae. Entonces la vida se reduce a una idea brutal: somos carne, y podemos sufrir de forma cruel.
Para algunos este relato será cercano.
Para otros, incómodo.
Y habrá quienes —por suerte— aún no han conocido este dolor y quizá no puedan comprenderlo del todo.
El hospital vacío
Han operado a mi madre.
Primer pulmón.
La cirugía estaba programada para las ocho de la mañana, pero por retrasos en quirófano se realizó a las ocho de la noche.
Mi mamá, en la habitación, deseando irse.
Nos tomábamos todo con humor: jugábamos con el mando de la cama, paseábamos por el hospital. La mente, para sobrevivir, se distrae con tonterías entre niños calvos y personas al borde de la muerte.
Salió pronto de cirugía y la ingresaron en la UCI.
Nosotros sin verla.
Solo la voz del cirujano resonando en mi cabeza:
Metástasis de pulmón.
Qué palabra tan cruda.
El hospital quedó vacío. Esa mole vidriada, hermosa, con parque alrededor, ascensores rotulados, gente fumando en la entrada, caminando por pasillos, buscando café, libros…
De pronto, nadie.
Me quedé sola con mis pensamientos.
Sin cobertura en el móvil.
Con sueño, sentada en una sala de espera, sobresaltada por el ruido del personal de limpieza.
Con tanta gente en mi vida, el destino decidió que ese momento fuera en soledad.
El dolor que no se puede delegar
La enfermera salió a decirme que subiera a la habitación.
Mi mamá llegó: calva, dolorida, con oxígeno, tubos… lo que todos hemos visto en series, pero que no se parece en nada cuando esa carne es tu carne y ese dolor te atraviesa.
Llovía de forma torrencial.
La ciudad, seca.
El hospital, en silencio.
¿Estuve en el infierno?
Sí.
Pero no tanto como ella.
Ni la morfina le quitaba el dolor.
Y aun así no se quejaba, para que yo no sufriera.
Se ahogaba con la mascarilla de oxígeno caliente y húmeda. La enfermera explicó que prevenía una neumonía, y ella se tragó hasta las gotas. Una paciente que, ni sedada, dejaba de vigilar el suero… y de controlar si yo lloraba a escondidas.
Todo lo veía. Todo lo sentía.
Elegir vivir
Ese “terminator”, como la llamo, dijo durante días que no se operaría el otro pulmón.
Pero decidió vivir.
Entre noches sin dormir, el miedo de mi padre, el esfuerzo silencioso de familiares y amigos —firmes como estatuas— yo caminaba en pijama por los pasillos del hospital.
Hasta que una mañana dijo:
“A por todas.”
El lunes le dan el alta.
Es el amor.
No el coche nuevo.
No el proyecto pendiente.
No lo que no llegó.
Es querer seguir viva.
Yo soy su payaso.
Y no me avergüenza decir que estoy orgullosa de mí: hija única, consentida, sobreprotegida, ingenua. Cuido de mi madre, no duermo, y sigo dando mis clases, lo único que me devuelve a la vida cotidiana.
El día de su operación comenzaba un nuevo curso que me avisaron la noche anterior. Fue ella quien me empujó a hacerlo. Y salió bien.
Mi madre es dócil, agradecida, profundamente independiente.
Con flores naturales y pequeños móviles de cartulina se deja cuidar, hasta ser higienizada y perfumada.
Hoy, cuando el médico dijo que evolucionaba tan bien que le darían el alta, le expliqué que las flores eran un agradecimiento por su fuerza.
Una batalla ganada
Hemos ganado una batalla al cáncer.
Y al reloj de arena que todos llevamos a la espalda.
No escribo esto por egocentrismo.
De corazón, les pido que no dejen pasar un solo día sin vivir el ahora.
Nada es eterno.
Las cosas simples no deben valorarse cuando están a punto de faltar.
Todos tenemos defectos, problemas, frustraciones.
No son excusas para dejar de hacer lo que nos da sentido.
Honren la vida.
Disfruten de quienes tienen al lado.
De ustedes mismos.
De sus triunfos y de sus fracasos.
Del simple placer de estar vivos.
Ahora sí, me voy a dormir tranquila.
Para quienes están atravesando algo similar
Hagan caso a los médicos.
No se pierdan en información en internet: cada paciente es distinto.
Acompañen al enfermo.
No escatimen en mimos.
Protejan también a quienes conviven con él: ellos también sufren.
El cáncer se enfrenta batalla a batalla.
Solo con amor, energía y presencia puede quien sufre encontrar fuerzas para seguir.
Posdata:
Mi consejo es decirle la verdad al paciente desde el primer momento. Sin armas no se lucha. Cada persona, cada familia, es un universo. Este fue nuestro pacto, acordado con mi madre desde el inicio de la enfermedad, hace más de dos años y medio.
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