Había una vez un niño con dos caras: una brillante, de mirada alegre y vivaz. Otra triste, sin luz, sin vida.

El niño de las dos caras

El niño de las dos caras vivía en dos casas, la de su madre (llena de luz y armonía). Donde lo amaban, donde siempre había amigos, familia y ejércitos de niños que tocaban el timbre para salir a jugar. Donde se lo escuchaba, donde las vivencias eran siempre intensas, lo enriquecían, donde se lo respetaba. Y la de su padre, donde le limitaban el acceso a la comida, donde siempre lo castigaban, donde regía la doctrina de la prohibición y la imposición,  porque es más fácil que educar y amar. Donde se encontraba como en una prisión (contando los días),  para poder salir de esa casa sombría  habitada por un ser amargo de alma gris.  El rencor, la envidia el resentimiento de su padre hacia la misma vida,  lo corroían y  como el aceite al agua repelía,  odiaba,  todo lo que lo rodeara que desprendiera un mínimo de luz. Y su hijo era una enorme fuente de luz!, que aunque intentara auto-extinguir para sobrevivir a la traumática experiencia, era imposible ocultar. Cómo escondes la luz en la oscuridad????

El niño de las dos caras no entendía porque no lo querían en esa casa sombría,  y renunciaba a ser quien era durante una semana, aparcaba su marcada personalidad, identidad única…intentando ser quien le imponían, como una forma de ganarse el cariño,  o por lo menos que no lo castigaran. Se convertía en un niño sin sonrisa, ni emociones.

El niño de las dos caras no entendía que hacia mal, era muy pequeño para comprender que era un ser de luz , y eso era lo que le molestaba a su padre. Le molestaba que fuera feliz, le disgustaba verlo feliz, lo alejaba de todo aquello que pudiera hacerlo feliz. Excepto de una cosa, el fútbol, en lo único que el padre lo apoyaba, tal vez especulando sobre su futuro.

El niño de dos caras esperaba jugar al fútbol durante esos días grises, porque  era el único momento donde se sentía valorado por su padre.

El niño de dos caras se hizo mayor y pudo desprenderse de su segunda cara, que no era una cara,  sino una máscara donde escondía sus emociones. Una máscara construida por el miedo a la oscuridad.

Cuando el niño de dos caras descubrió al fin que era un ser de luz ,  aprendió a potenciar su luz, a convertirla en talento, en éxito personal. Descubrió que era su madre quien se  encargaba de educar sus emociones para hacerlo resiliente, para que pudiera capitalizar ese trago amargo y hacerlo más fuerte. En definitivas solo se trataba de aprender precoz mente de que iba la vida, de gente que ilumina y otros que viven en las tinieblas toda su vida. Aprendió de muy pequeño el daño que provocan las personas tóxicas,  y a descubrir que muchas veces están dentro de tu círculo más cercano.

El niño de luz es un adulto de luz,  y ayuda a otras personas a sobrellevar difíciles cargas.

También te puede interesar la fábula de la serpiente y la luciérnaga.