Lo que la ciudad nos robó

Soy urbanita.

Y lo digo sin ningún complejo, ahora que vivo mirando el Mediterráneo desde una montaña en Chipre.

Echo de menos la ciudad. Muchísimo.

Echo de menos caminar por el Carmen, perderme por Russafa, entrar a un museo porque sí. Echo de menos las terrazas, las calles llenas, el murmullo de una cafetería, el tráfico, la gente que va y viene. Echo de menos salir de casa y encontrar movimiento aunque no conozca a nadie.

Durante un tiempo pensé que lo que echaba de menos era el contacto humano.

Pero no.

He descubierto que una cosa es el contacto humano y otra muy distinta es la presencia humana.

Y lo que yo echo de menos es la presencia.

En la ciudad puedes sentarte sola en una cafetería y estar rodeada de veinte conversaciones. Caminar sin hablar con nadie y cruzarte con cientos de personas. No interactúas necesariamente con ellas, pero están ahí. Te acompañan. Te distraen. Generan una especie de banda sonora humana que, cuando has vivido toda la vida dentro de ella, ni siquiera sabes que existe hasta que deja de sonar.

Aquí ocurre casi lo contrario.

Veo mucha menos gente.

Hay momentos en los que miro alrededor y pienso: ¿dónde está todo el mundo?

Pero cuando me encuentro con alguien sucede algo que en la ciudad quizá ocurría menos: hay tiempo.

Tiempo para hablar.

Tiempo para preguntar.

Tiempo para explicar.

No diría, entonces, que me falta contacto humano.

Me falta el ruido humano.

Y estoy descubriendo que no son lo mismo.

Vivimos mirando el mundo por parcelas

Hace unos días mi hijo me dijo:

—Qué raro es el clima aquí.

Y pensé que, en realidad, el clima no era tan raro.

Lo raro era que ahora podíamos verlo.

Mi hijo nació en Valencia. También es profundamente urbanita. Y de pronto se encuentra viviendo en un lugar donde tiene el cielo delante.

No un trocito de cielo entre dos edificios.

El cielo entero.

Y cuando tienes el cielo entero delante empiezas a comprender cosas muy básicas que quizá habías olvidado.

Por ejemplo, que no existe solamente «está lloviendo» o «hace sol».

Puede estar lloviendo sobre tu cabeza mientras, unos kilómetros más allá, alguien está tomando el sol.

Puede haber una nube negra descargando sobre el mar mientras la montaña permanece completamente despejada.

Puede llover sobre un barco y, unos minutos después, aparecer el sol y un arcoíris.

Y todo está ocurriendo al mismo tiempo.

Siempre ocurrió.

Lo que pasa es que nosotros no lo veíamos.

Cielos sobre el Mediterráneo en Chipre con nubes, rayos de sol y arcoíris sobre el mar

No es que ahora mire más el cielo. Es que ahora puedo verlo suceder.

No es que ahora mire más el cielo. Es que ahora puedo verlo suceder.

Los edificios también recortan la realidad

En la ciudad levantamos la cabeza y vemos una porción de cielo.

Entre una fachada y otra.

Entre una avenida y otra.

Entre un balcón y una antena.

Vemos parcelas.

Y terminamos interpretando el mundo desde esa pequeña ventana.

«Está lloviendo».

Porque llueve en nuestra calle.

«Está nublado».

Porque sobre nuestro edificio hay una nube.

Pero cuando vives en un lugar abierto descubres que el tiempo no funciona exactamente así. El cielo es un organismo gigantesco, cambiante, casi teatral.

Desde mi casa puedo mirar hacia el mar y ver lluvia.

Girar la cabeza y encontrar claros.

Mirar hacia la montaña y descubrir otro cielo completamente diferente.

Y unos minutos después todo vuelve a cambiar.

Es como tener Netflix puesto todo el día, pero la serie es la naturaleza y jamás repite capítulo.

Mi hijo también empieza a verlo.

Y me resulta fascinante observar cómo dos personas acostumbradas a la ciudad podemos sorprendernos ante cosas que llevan sucediendo millones de años.

No cambió el cielo.

Cambió nuestra posibilidad de verlo.

Cuando nadie viene detrás de ti a limpiar

Pero vivir de otra manera no solamente está cambiando lo que veo.

También está cambiando mi relación con lo que me rodea.

En una ciudad nos acostumbramos a que muchísimas cosas sucedan mientras nosotros hacemos nuestra vida.

Miles de personas pasan por las mismas calles. Ensuciamos. Generamos basura. Consumimos.

Y a las siete de la mañana aparece un camión.

Llegan los operarios.

Pasan las máquinas.

Alguien recoge buena parte de lo que dejamos atrás.

Cuando salimos nuevamente a la calle, la ciudad está preparada para nosotros.

Es uno de los grandes privilegios de la vida urbana y un trabajo enorme que realizan otras personas.

Pero esa eficiencia también puede hacer que nos olvidemos de algo: alguien siempre se está haciendo cargo de nuestro entorno.

Aquí esa sensación cambia.

No siempre va a aparecer un camión detrás de ti para dejarlo todo como estaba.

Hay espacios cuyo cuidado depende directamente de quienes los habitan.

Y entonces el entorno deja de ser simplemente el escenario por el que pasas y empieza a convertirse en algo de lo que formas parte.

Si está sucio, también es asunto tuyo.

Si algo necesita cuidado, no necesariamente existe ese «otro» que vendrá a solucionarlo.

Empiezas a comprender que cuidar el lugar donde vives no termina en la puerta de tu casa.

Quizá sea otra consecuencia de vivir menos parcelados.

En la ciudad resulta muy fácil pensar:

Esta es mi casa.

Esto es la calle.

Esto corresponde al Ayuntamiento.

Esto corresponde a los servicios públicos.

Esto no es mío.

Cuando vives mucho más pegado al territorio, esa frontera empieza a hacerse menos evidente.

Tu casa forma parte del paisaje y tú también.

No creo que vivir rodeado de naturaleza convierta mágicamente a nadie en mejor persona.

Pero sí creo que puede hacerte más consciente de algo que la comodidad urbana permite olvidar:

que alguien siempre recoge lo que dejamos.

Y cuando ese alguien no aparece, entiendes que ese alguien también eres tú.

Cuando dejamos de ser un número

Y después está la escala humana.

Hace unos días fui a la municipalidad de Peyia a preguntar qué documentación necesitábamos para casarnos.

Vivo en un pueblo pequeño. ¿Cuántas personas pueden estar haciendo el mismo trámite, en el mismo momento, en un lugar así?

Entré y hablé con María.

María tiene nombre.

Parece una tontería.

Pero no lo es.

No saqué un número.

No escaneé un QR.

No tuve que entrar en una web que me enviaba a otra web para terminar descubriendo que necesitaba una clave que debía solicitar en una tercera.

Tampoco tuve que escuchar:

«Marque 1 para…»

«Marque 2 si…»

«Marque 3 para volver al menú anterior…»

Pude decir:

—Mira, mi situación es esta.

Y otra persona pudo escucharme.

Todo aquello que llamamos progreso

Y ahí me puse a pensar en todo lo que llamamos progreso.

Porque el progreso es progreso.

No quiero idealizar el pasado ni renunciar a la tecnología. Me parece maravilloso poder hacer veinte gestiones en una mañana sin moverme de casa.

No quiero volver a hacer tres horas de cola para pagar una factura que hoy puedo pagar en treinta segundos desde el teléfono.

Sería absurdo.

Pero quizá podamos reconocer todo lo que ganamos sin dejar de preguntarnos qué fuimos entregando a cambio.

Ganamos eficiencia y perdimos conversación.

Ganamos velocidad.

Ganamos acceso.

Ganamos autonomía.

Pero algunas veces desapareció la persona que estaba al otro lado.

Y el problema aparece cuando nuestra vida no cabe en una casilla.

Cuando ninguna de las opciones es exactamente la nuestra.

Cuando no queremos marcar 1, 2 o 3.

Cuando simplemente necesitamos decir:

—Espera. Déjame explicarte lo que me pasa.

Y que alguien escuche.

Entonces comprendí otra cosa.

Una ciudad llena de personas no necesariamente significa más contacto humano.

En Valencia podía cruzarme con miles de personas en un día.

Y eso es precisamente una de las cosas que extraño.

El movimiento.

Las cafeterías llenas.

Las conversaciones de fondo.

La sensación de que la vida está ocurriendo permanentemente a mi alrededor.

Aquí puedo pasar mucho tiempo sin ver casi a nadie.

Pero después entro en la municipalidad y hablo con María.

Me cruzo con alguien y tiene tiempo.

Pregunto algo y la conversación no parece estar cronometrada.

Son cosas diferentes.

Una cosa es estar rodeados de gente. Otra es encontrarnos con personas.

Y quizá una de las contradicciones más curiosas de esta nueva vida sea esa:

ahora veo menos gente, pero algunas veces veo más a la persona.

La inmensidad también asusta

Pero tampoco quiero romantizar esta vida.

Porque la naturaleza abierta no siempre produce paz.

A veces produce vértigo.

Cuando has vivido durante décadas rodeada de edificios, calles, coches y personas, encontrarte de pronto frente a un espacio enorme puede generar una sensación rarísima.

Falta información conocida.

Faltan referencias.

Faltan paredes.

Falta aquella banda sonora humana.

El cerebro busca los límites y no los encuentra.

Y creo que parte de mi adaptación a esta nueva vida está ocurriendo justamente ahí.

No solamente estoy aprendiendo otro país.

Estoy aprendiendo otra escala.

La del horizonte.

La del silencio.

La del tiempo.

Incluso la de las personas.

Quizá no habíamos perdido la naturaleza. Habíamos perdido la costumbre de mirarla

Ahora observo cosas absurdamente pequeñas.

Las nubes.

El viento.

Cómo cambia el color del mar.

Dónde está lloviendo.

Cómo una tormenta avanza desde lejos.

La luz a diferentes horas.

Y veo a mi hijo descubrir algunas de esas cosas también.

A veces me hace gracia.

Dos urbanitas mirando el cielo como si acabáramos de descubrirlo.

Pero quizá sea exactamente eso.

Porque la naturaleza siempre estuvo ahí.

Nosotros simplemente vivíamos en lugares donde era más difícil verla completa.

Y no quiero caer en esa trampa tan habitual de mudarse y empezar a hablar mal del lugar del que uno viene.

Yo amo Valencia.

Echo muchísimo de menos Valencia.

Probablemente siempre la eche de menos.

Extraño su gente, su movimiento, sus barrios, su cultura, sus museos y esa sensación maravillosa de poder salir de casa sin ningún plan y terminar encontrando algo.

La ciudad me dio muchísimo.

Me sigue dando muchísimo cada vez que vuelvo.

Pero ahora empiezo a descubrir algunas cosas que, sin querer, también había dejado de ver.

El horizonte.

El silencio.

La oscuridad.

La responsabilidad sobre el pedacito de mundo que me rodea.

La posibilidad de contemplar una tormenta completa.

La conciencia de que pueden existir cuatro cielos diferentes al mismo tiempo.

Una conversación sin prisa.

Una persona que tiene nombre al otro lado de un trámite.

Quizá emigrar también sea esto

Durante estos meses he pensado muchísimo en lo que significa emigrar. Y especialmente en lo que supone emigrar después de los 50:  cuando no solo cambias de país, sino que llegas con una vida construida, recuerdos, costumbres y una manera de entender el mundo que también tiene que aprender a mudarse.

En los papeles.

En la casa.

En el dinero.

En el idioma.

En lo que dejamos.

En lo que extrañamos.

Pero quizá haya otra parte de emigrar de la que hablamos menos.

Cambiar de lugar también cambia la escala desde la que miramos el mundo.

Y entonces empiezas a ver cosas que antes estaban ahí, pero habían quedado tapadas por los edificios, por el ruido, por la velocidad o simplemente por la costumbre.

No significa que una forma de vivir sea mejor que la otra.

Yo todavía necesito ciudad.

Necesito gente.

Necesito entrar alguna vez en una cafetería llena y escuchar conversaciones que no me importan absolutamente nada.

Y también estoy empezando a necesitar esto.

Mirar hacia el mar para saber dónde está lloviendo.

Conocer el nombre de la persona que tengo delante.

Sentir que el espacio que hay después de mi puerta también me pertenece un poquito y, precisamente por eso, tengo que cuidarlo.

Quizá madurar también consista en dejar de necesitar que una cosa sea mala para poder elegir otra.

Puedo amar profundamente la ciudad y descubrir todo esto.

Puedo echar de menos Valencia y sentir asombro por Chipre.

Puedo disfrutar del progreso y preguntarme qué perdimos por el camino.

Puedo necesitar el ruido y empezar a entender el silencio.

Supongo que adaptarse consiste precisamente en eso.

En dejar de comparar constantemente para empezar a observar.

Y yo todavía estoy observando.

Después de tantos años mirando el mundo entre edificios, ahora tengo delante algo que mi cerebro todavía está aprendiendo a procesar:

la inmensidad.

Y algunas veces me fascina.

Otras me asusta.

Pero cada día me enseña algo.

Aunque solo sea recordar que, detrás de los edificios, el cielo siempre había sido enorme.

Este artículo pertenece a Cuaderno de época, un espacio de Vaquera del Espacio para observar los cambios de nuestro tiempo desde la experiencia cotidiana.

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