Las vidas que no vivimos

Todos tenemos vidas que no vivimos.

La carrera que no estudiamos.
La ciudad a la que no nos mudamos.
La relación que terminó.
El trabajo que rechazamos.
El hijo que no tuvimos.
El viaje que fuimos aplazando.
La persona que quizá habríamos sido si aquel día hubiéramos dicho sí en lugar de no.

No necesariamente nos arrepentimos.

Ese es quizá el punto más difícil de explicar.

Podemos querer profundamente la vida que tenemos y, aun así, preguntarnos alguna vez qué habría ocurrido si hubiéramos elegido otro camino.

Porque cada vez que elegimos una vida, también renunciamos a otras.

Y de eso hablamos bastante menos.

Elegir también es perder

Nos gusta pensar las decisiones importantes como comienzos.

Empezamos una relación.

Aceptamos un trabajo.

Nos mudamos.

Tenemos hijos.

Emigramos.

Emprendemos.

Nos separamos.

Volvemos a empezar.

Pero toda elección contiene también una despedida.

Cuando elegimos un camino, otros dejan de estar disponibles. Algunas puertas se cierran para siempre y otras podrían seguir abiertas, pero nosotros ya no somos la misma persona que algún día quiso atravesarlas.

Eso no convierte la elección en equivocada.

Simplemente significa que vivir tiene un precio que pocas veces mencionamos:

no podemos ser todas las personas que podríamos haber sido.

Toda elección contiene también una despedida. Incluso cuando elegimos bien. Incluso cuando conseguimos exactamente aquello que queríamos. A veces existe incluso un duelo después de cumplir un sueño, porque comenzar la vida que deseábamos también significa despedirnos de la que dejamos atrás.

La pregunta que aparece de vez en cuando

A veces basta una canción.

Una fotografía antigua.

El nombre de alguien que no escuchábamos desde hacía años.

Volver a una ciudad.

Encontrarnos con una persona que tomó un camino diferente al nuestro.

Y aparece.

¿Qué habría pasado si…?

Si me hubiera quedado.

Si me hubiera ido.

Si hubiera aceptado aquel trabajo.

Si no hubiera terminado aquella relación.

Si hubiera estudiado aquello.

Si hubiera tenido hijos.

Si no los hubiera tenido.

Si hubiera empezado antes.

Si hubiera esperado un poco más.

La pregunta puede incomodar porque parece cuestionar nuestra vida actual.

Pero no necesariamente lo hace.

Sentir curiosidad por una vida que no vivimos no significa querer abandonar la que tenemos.

A veces significa simplemente reconocer que dentro de nosotros existieron muchas posibilidades.

Y elegimos algunas.

Jung y las personas que también pudimos ser

Carl Gustav Jung dedicó buena parte de su pensamiento a comprender cómo construimos nuestra identidad.

Uno de sus conceptos fue el de la persona: la identidad que desarrollamos para relacionarnos con el mundo, cumplir determinados papeles y encontrar nuestro lugar en la sociedad.

Todos construimos una.

Somos la hija responsable, el padre fuerte, la profesional eficiente, la pareja que sostiene, la persona sensata, la que nunca necesita ayuda, la que siempre puede con todo.

El problema no está en tener esos papeles.

Los necesitamos.

El problema aparece cuando terminamos confundiendo el personaje que aprendimos a representar con todo lo que somos.

Porque mientras construíamos esa identidad, otras partes nuestras pudieron quedar fuera.

La que quería crear.

La que quería marcharse.

La que quería quedarse.

La que necesitaba descansar.

La que quería empezar de nuevo.

La que habría elegido algo completamente diferente si no hubiera tenido miedo, responsabilidades o expectativas ajenas sobre los hombros.

Jung llamó individuación al proceso mediante el cual una persona va integrando diferentes partes de sí misma hasta convertirse, cada vez más, en quien es y no únicamente en quien aprendió que debía ser.

Y desde ahí, las vidas que no vivimos adquieren otro significado.

Quizá no quieras aquella vida

Esta es la parte que más me interesa.

Porque cuando pensamos en una vida que no vivimos solemos imaginar que deseamos recuperarla.

Pero quizá no sea eso.

Quizá no quieras volver a aquella ciudad.

Quizá extrañes la libertad que sentías allí.

Quizá no quieras recuperar aquella relación.

Quizá extrañes cómo eras tú cuando todavía podías enamorarte de aquella manera.

Quizá no quieras abandonar tu profesión.

Quizá simplemente exista una parte creativa de ti que lleva veinte años esperando espacio.

Quizá no quieras tener veinte años otra vez.

Quizá quieras recuperar algo de aquella persona que todavía creía que tenía tiempo para cambiar de idea.

Entonces la pregunta deja de ser:

¿Cómo habría sido mi vida si hubiera elegido otra cosa?

Y aparece una mucho más interesante:

¿Qué tenía aquella versión de mí que todavía necesito?

Porque quizá no podamos vivir aquella vida.

Pero algunas partes de aquella persona todavía pueden formar parte de esta.

El peligro de idealizar lo que nunca ocurrió

Las vidas que no vivimos tienen una ventaja enorme sobre la vida real:

nunca tuvieron que enfrentarse a la realidad.

La pareja con la que imaginamos que todo habría sido diferente nunca tuvo que convivir con nosotros un martes cualquiera después de un día horrible.

La ciudad en la que pensamos que habríamos sido felices nunca tuvo que convertirse en rutina.

El trabajo que rechazamos nunca tuvo jefes insoportables, lunes por la mañana ni problemas económicos.

La decisión que no tomamos nunca tuvo consecuencias.

Por eso las vidas imaginadas pueden ser perfectas.

No envejecen.

No discuten.

No pagan facturas.

No se equivocan.

No decepcionan.

Permanecen congeladas exactamente en el punto en el que las abandonamos.

Y comparar una vida real con una vida imaginaria siempre es injusto.

La real está llena de manchas.

La otra nunca tuvo oportunidad de ensuciarse.

Cuando intentamos vivirlas a través de otros

Existe además una forma mucho más silenciosa de relacionarnos con nuestras vidas pendientes.

Intentar que otro las viva por nosotros.

Sucede especialmente con los hijos.

Queremos que estudien lo que nosotros no pudimos estudiar.

Que aprovechen las oportunidades que nosotros no tuvimos.

Que lleguen donde nosotros no llegamos.

Que sean valientes donde nosotros tuvimos miedo.

Que no cometan nuestros errores.

Y es comprensible.

Pero también puede convertirse en una carga enorme.

Jung reflexionó precisamente sobre el peso que puede tener en los hijos aquello que los adultos no han resuelto o vivido de sí mismos.

Tal vez acompañar verdaderamente a alguien implique aceptar algo bastante difícil:

su vida no ha venido a completar la nuestra.

Ni nuestros hijos, ni nuestra pareja, ni nadie debería cargar con la responsabilidad de vivir aquello que nosotros dejamos pendiente.

No vinimos a vivir todas las vidas

Hay una idea contemporánea que tampoco ayuda demasiado.

La de que debemos hacerlo todo.

Viajar.

Realizarnos.

Encontrar nuestra vocación.

Tener experiencias.

Reinventarnos.

Cumplir nuestros sueños.

Encontrar el amor.

Cambiar de vida si algo no nos satisface.

Como si llegar al final con posibilidades sin explorar significara haber desperdiciado nuestra existencia.

Pero eso es imposible.

Por mucho que vivamos, siempre quedarán lugares a los que no fuimos, personas que no conocimos, trabajos que no hicimos, decisiones que no tomamos y versiones de nosotros mismos que nunca llegaron a existir.

Una vida completa no es una vida en la que conseguimos vivirlo todo.

Quizá sea una vida en la que, llegado cierto momento, podemos mirar algunas puertas cerradas sin necesitar abrirlas.

Y decir:

yo también podría haber sido aquello.

Sin convertirlo en tragedia.

La vida que sí ocurrió

No sabemos qué habría pasado.

Y quizá sea mejor así.

Porque todas aquellas vidas pertenecen al territorio de lo posible.

Esta, en cambio, ocurrió.

Con sus decisiones acertadas y sus errores.

Con personas que llegaron y personas que se fueron.

Con caminos que elegimos conscientemente y otros por los que terminamos caminando casi sin saber cómo.

Con cosas que conseguimos y otras que tuvimos que soltar.

Con versiones nuestras que ya no existen.

Y con otras que todavía estamos descubriendo.

Quizá las vidas que no vivimos no estén ahí para atormentarnos con aquello que perdimos.

Quizá tampoco tengamos que enterrarlas.

Podemos mirarlas alguna vez.

Reconocerlas.

Incluso agradecerles que nos recuerden todo lo que alguna vez fuimos capaces de imaginar.

Y después regresar.

A esta edad.

A este cuerpo.

A estas personas.

A este lugar.

A esta vida imperfecta, contradictoria y real que terminó siendo la nuestra.

Porque no podemos volver atrás para vivir todas las vidas que dejamos por el camino.

Pero sí podemos hacernos una última pregunta:

¿queda algo de aquellas personas que también pudimos ser que todavía merezca un lugar en quien somos hoy?

Tal vez crecer no consista en dejar atrás todas nuestras vidas posibles.

Tal vez consista en aprender cuáles todavía necesitamos integrar y cuáles, por fin, podemos dejar ir.

¿Qué parte de la persona que también pudiste ser todavía merece un lugar en tu vida de hoy?