Chipre me abrió las alas… y me mostró el cielo.
Hace poco viajé a la isla de Afrodita y me enamoró profundamente. Allí, entre aguas turquesas y calles llenas de historia, me di permiso para salir de la caja. De mis ataduras mentales. Empecé a enfocar con más claridad mi propósito de vida.

He cambiado la visión.
Mi hijo adolescente pronto será un adulto, y ya se define como un urbanita —igual que lo he sido yo—. Le gusta la ciudad, el barrio, la vida que hemos construido. Eso me alegra, porque significa que ha crecido con la calidad de vida suficiente para no querer marcharse de su entorno.
Pero en Chipre entendí algo: además de alas, necesitamos cielo para volar. Y para mí, ese cielo es la libertad laboral. Poder moverme donde quiera, siempre que haya una buena conexión a Internet.

Ese cielo puede ser un viaje largo, como el de Chipre. Puede ser una ruta en autocaravana por España y Europa. Puede ser vivir una temporada en el campo, frente al mar o en lo alto de una montaña.

En Sri Lanka, en Jungle Beach Ahungalla, encontré otro paraíso para nómadas digitales: un refugio de salud y bienestar, perfecto para quienes necesitamos desintoxicarnos de la exposición constante a Internet. Porque, como en la naturaleza, no todo son rosas: también hay espinas y fuegos que apagar.

Tengo 51 años y, a esta edad, pensar en un mañana que no dependa de vacaciones, festivos o la jubilación es un lujo. Un lujo que quiero aprovechar. Mi base de operaciones es Valencia, mi familia. Mi Itaca, como la de Ulises. Pero también quiero estar abierta al movimiento, al fluir, a las oportunidades que me permitan descubrir nuevas versiones de mí misma.

Dicen que los cincuenta son la “adolescencia de la edad madura”. Yo no lo creo. En la adolescencia no tienes las ideas claras. Y a los 50, aunque me falle la vista, me sobra visión. Esta etapa está llena de luces; tal vez sea la entrada a mis años dorados, y quiero vivirlos como un reto, como un desafío.

¿Dónde voy?
No lo sé. A veces me imagino en el campo, en una casa prefabricada de contenedores, rodeada de plantas y animales, con atardeceres solo míos. Otras veces me veo viviendo dos o tres meses en destinos como Sri Lanka, siempre cerca del agua, del mar o del océano.

Lo que sí tengo claro es que busco la soledad o la compañía selecta, la libertad de vivir bajo mis propias normas, sin ataduras ni condicionamientos sociales.

Muchos gurús venden el nomadismo digital como símbolo de éxito económico. Y sí, hay quienes lo viven así. Pero para otros, es simplemente la búsqueda constante de calidad de vida. No porque no la tengamos, sino porque la valoramos tanto… que soñamos más alto.

 

Te puede interesar 

Nómada Digital: Pros y Contras de Este Estilo de Vida y Trabajo