Cuento participante en  «los gestos del suicida«, libro solidario  a favor de Amnistía Internacional.

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Amor a la carta

Darío era un hombre de mediana edad,  de esos hombres que resulta difícil atinarle los años.

De fisonomía mediterránea, con  profundos ojos negros, no muy alto, delgado  y de pelo canoso. Esta última característica    lo dotaba de un aire de intelectualidad.

Se podía  calcular  que rondaba los cuarenta largos,  aunque poseía un don  natural que le permitía aparentar menos años.

Su personalidad

A simple vista era una persona muy normal, del montón, formal.

Absolutamente nadie de su entorno podía decir una sola palabra negativa a cerca de Darío. Siempre  mantenía un perfil bajo, jamás se lo veía enfadado, agobiado o cansado. Era UNA PERSONA SERIA e inmutable.

A su vez, a nadie le llamaba la atención ese hermetismo porque lo creían un hombre reservado. Tan reservado que llevaba 25 años de trabajo en una misma empresa y sus compañeros de trabajo desconocían detalles de la vida personal de Darío.

Se lo veía como un hombre equilibrado. Siempre amable, correcto y educado. No tenía problemas con ningún compañero, cumplía con su tarea eficientemente, no tenía casi absentismos   y siempre era muy puntual.

Por ese motivo tenía las llaves de la oficina en su poder.

Era una persona terriblemente rutinaria, llevaba un aspecto siempre aliñado, con su ropa impecablemente planchada, siempre bien arreglado, perfumado y aseado.

Sus compañeros de trabajo

Su entorno desconocía quien era realmente  Darío, lo poco que sabían de él lo dejaba entre ver una foto en su escritorio de su esposa e hijos.

Todas las  mujeres de la oficina trataban de llamar su atención porque era el candidato ideal, (a pesar de su condición de casado), porque era fiel y jamás miraba a ninguna mujer ni se le insinuaba a nadie, además porque destilaba un aire enigmático a su paso.

Nunca participaba de ninguna reunión con sus compañeros porque argumentaba tener un chalet en las afueras y allí se iba con su familia a pasar los fines de semana. Los primeros años lo invitaban, pero pasado el tiempo ya no lo tenían en cuenta para las reuniones, porque sabían que lo ponían en un compromiso al tener que decir que no una y otra vez.

¡Un hombre de los que no hay!, El que cualquier mujer hubiese deseado poseer.

Muchas pensaban que su esposa era terriblemente afortunada de tenerlo, otras sostenían que debía ser muy aburrido  con tanta formalidad, rutina y previsibilidad.

Lo que estaba claro es que era la mirada de muchas conversaciones  de la oficina, pero a él eso le daba igual, no lo distraía de su rutina.

Su matrimonio

Llevaba 30 años de casado,  reflejaba para su entorno  y ante su propio espejo, poseer una relación de  pareja envidiable. Estaba convencido de que su vida era magnífica y nada monótona, se llenaba de actividades y en su chalet era el anfitrión ideal, el perfecto esposo y padre de familia de cara a sus amistades y familia.

Darío era un cobarde y aunque detestaba a su mujer jamás la dejaría porque representaba asumir demasiados cambios en su vida.

Su mujer Rocío, era una cuarentona alta y morena de rasgos duros. Una mujer nada agraciada, muy curtida por la vida y con un carácter fuerte. Rocío era una madraza y un ama de casa ejemplar, pero se expresaba a los gritos y esa forma de ser (fría y hostil),  la convertían en una mujer poco agradable. Ella y Darío eran muy diferentes.

Darío se había casado muy joven, con una mujer autoritaria como su madre. Como él era una persona sin carácter,  autorizó a  su mujer (por comodidad) a que lo hiciera hombre, padre, persona. A que tomara el mando de su vida.

A su mujer le tenía mucho respeto, pero en realidad le tenía miedo.

Su secreto

En sus horas de trabajo  Darío era otro, allí tomaba alas. El cotidiano  de Darío era como la de tantos hombres casados y aburridos de su condición. Durante sus horas de trabajo   se dedicaba a chatear por Internet en busca de compañía sincera, conversaciones cálidas y significativas.

Allí era  donde realmente encontraba una vida más acorde a sus fantasías.

En la red es donde Darío encontraba la paz que en su casa no conseguía, la dulzura y el buen trato que merecía.

Su forma de moverse en la red era muy estudiada, no era al azar. Él buscaba un perfil de mujer y unas características determinadas.

Como persona meticulosa que era se organizaba y esquematizaba las búsquedas sin importarle el tiempo que le demandara.

Su perfil de mujer era opuesto al de Rocío.

Principalmente le atraían las mujeres de personalidad extrovertida, femeninas ,dulces, suaves y cultas.

Para encontrarlas se había creado una cuenta de correo con un nombre falso,  mentía en su edad, en el trabajo que desempeñaba y su personaje estaba perfectamente preparado. Llevaba años siendo dos personas en una.

Todo lo que no se atrevía a ser en su vida real, lo era bajo su seudónimo. Él quería enamorar y que se enamorasen de él. En lo único que era sincero era en su condición de casado y buscaba mujeres comprometidas para evitar comprometerse con ellas afectivamente. Era incapaz de crear vínculos afectivos genuinos. Se infravaloraba de una manera tal,   que no se permitía que alguien se enamorara de él a fondo, no creía poseer la capacidad de atraer a una mujer siendo él mismo.

Se auto engañaba tanto con la imagen que había creado de sí mismo, que estaba convencido del papel que asumía y hasta donde dejaría libre a su otro yo. No se autorizaba a cambiar nada en el curso de su vida porque así era perfecta.

Pascual

Ya había atesorado varias presas el otro hombre que convivía con él.

Esa otra personalidad sé hacia llamar Pascual Rivera de 42 años, casado con hijos y de profesión agente de seguros, este perfil laboral le permitía  aparecer y desaparecer de la red sin despertar sospechas, argumentando viajes y visitas a clientes.

Su compañero (con el que cohabitaba en un mismo cuerpo) era sensible, dulce, romántico, apasionado.

En especial era lo que sus víctimas soñaban, se convertía en un príncipe azul a la carta, a medida de las necesidades de sus elegidas y luego se iba destiñendo para desaparecer de sus vidas como había entrado,  sin dejar rastros ni sospechas.

Simplemente desaparecía y ellas lo recordarían  con un fuerte suspiro.

Él era un pasaje por la vida de mujeres tristes, aburridas o con ganas de una aventura inolvidable. Era discreto, educado, tierno y principalmente escuchaba, (cosa que a las mujeres le fascinaba), aunque en realidad no lo hacía  porque le importara su vida, sino para estudiarlas. De esa forma conocía sus movimientos, sus necesidades, su perfil.

Él se enamoraba tímidamente de ellas mientras las investigaba sigilosamente entrando a sus espacios web. Todo esto sin que  ellas lo notaran, luego iba dando señales de vida de forma cordial y no despertaba sospechas de ligoteo por su educación.

Las enamoraba y una vez logrado su cometido las abandonaba.

Era un amante que jamás pasaba de la mejor etapa de una relación (el enamoramiento), en la cúspide del momento, en lo mejor del idilio se retiraba como un buen estratega que era. De esa forma podía huir del compromiso, de que lo conocieran a fondo y del riesgo de crear un vínculo que no pudiera manejar.

En su locura el se sentía una especie de súper héroe. Él hacia feliz a las mujeres y lo llevaba tan bien, era tan frío y calculador que no dejaba rastro alguno, ni despertaba ningún tipo de sospechas en su entorno, no comprometía a su otro yo, a Darío.

Pero un día sus propias reglas del juego empezaron a cambiar y en un momento de desesperación cuando una de sus víctimas se le iba de las manos, confesó su verdadero nombre.

Cuando se dio cuenta del error que había cometido, la dejó más deprisa que a cualquiera de sus víctimas. Su nivel de cobardía era inmenso y con esta mujer había

arriesgado su verdadera identidad y puesto en jaque toda su vida.

El error que cometió su  última víctima había sido el de serle sincera. Le hizo notar algunas cosas de sí mismo que no quería escuchar, sobre su doble personalidad, sus carencias, las mentiras que sostenía, lo que se perdía de vivir y el precio  que estaba pagando por su pseuda felicidad .

Esta mujer lo enloqueció dé tal manera que lo bloqueó y lo encerró más en Darío, no quiso volver a verla ni siquiera para tomar un café, no quería escucharla, no quería escuchar lo que no le convenía, no entraba en razón y nada lo conmovía ni siquiera los sentimientos de Clara que eran genuinos, frescos e inocentes.

Se sabía cobarde, conformista, dominado. Él sabía quien era y no se replanteaba ningún cambio. A su mujer la amaba con la misma intensidad que la odiaba, pero era su mujer y eso bastaba.

Tuvo tanto miedo de lo que sentía por Clara que se deshizo de su otro yo por un tiempo.

Pero Pascual saldría nuevamente  a conquistar, porque una persona sin amor no puede vivir.

Su renuncia era enorme, había dejado su vida en manos de Rocío, pero Pascual lo inyectaba de vida.

Por desgracia hay personas que aman mucho, pero su forma de amar es sumamente dolora e injusta para los demás.
Si el amor no es sano, genuino, sincero, incondicional, fresco, apasionado. Se puede convertir en una prisión para el alma y  en una herramienta para dañar a los demás.
Puede ser un arma letal para el corazón enamorado.

Ojalá Pascual pueda ser libre alguna vez, ojalá algún día tenga la capacidad de deshacerse de Darío para ser feliz.

Cuatro cuentos