La era del colesterol y el precio de la ansiedad

Hoy en día, todos sabemos lo que significa la palabra estrés. También nos resulta familiar la sintomatología de un ataque de pánico o de ansiedad. Conocemos sus causas y, a estas alturas, nadie discute la íntima relación entre el contexto social y la salud física y mental, tanto a nivel individual como colectivo.

Pero debo confesar que me he sorprendido. Y no por una revelación teórica o un artículo científico, sino por una experiencia muy cotidiana: ir a la farmacia.

Me recetaron dos medicamentos. Uno para el colesterol, Pritadol, y otro ansiolítico, Orfidal. El primero: 9,90 €. El segundo: 1 €. Es decir, es casi diez veces más barato tratar la ansiedad que el colesterol. Y esto, aunque parezca un simple detalle administrativo, dice mucho más de lo que aparenta.

Aquí es donde cada quien puede sacar sus propias conclusiones, porque las interpretaciones son múltiples y de todos los colores. Pero algunas reflexiones parecen inevitables.

¿No resulta curioso que sea tan accesible calmar la ansiedad, pero más costoso tratar el colesterol? ¿Qué dice eso sobre las prioridades del sistema de salud, sobre la industria farmacéutica, y sobre el tipo de sociedad que hemos construido?

Estamos en una era en la que el estrés se ha normalizado. Y ante él, muchas veces, se recurre directamente a la medicación. Se nos alivia, pero no se nos cura. Se calman los síntomas, pero no se cuestionan las causas. El ritmo de vida, la precariedad, el aislamiento, la hiperexigencia, la incertidumbre: todo eso queda intacto.

En paralelo, la llamada «era del colesterol» ha hecho de un factor de riesgo un enemigo público. Se ajustaron los umbrales, se amplió el concepto de «enfermo», y con eso, el mercado potencial. Una gran parte de la población adulta termina con una prescripción de por vida, sin que necesariamente haya un enfoque integral sobre su salud y estilo de vida.

No hace falta caer en teorías conspirativas para ver lo evidente: hay intereses en juego. Y en ese juego, el cuerpo del paciente, su mente, su angustia y su dieta son variables dentro de un sistema más grande que pocas veces se cuestiona.

Esta experiencia personal no pretende dar respuestas definitivas. Pero sí invita a mirar con más atención. A pensar. A preguntarse: ¿Qué se considera una enfermedad? ¿Qué es un tratamiento? ¿Y a quién le conviene cada una de esas definiciones?

Te invito a mi categoría Bienestar holístico donde abordamos todos estos temas.

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