El efecto Rashomon dentro de una familia
Hay familias en las que un mismo acontecimiento tiene tantas versiones como personas estuvieron allí.
No necesariamente porque alguien mienta.
A veces, simplemente, porque nadie vivió exactamente la misma escena.
En cine existe un concepto fascinante para describir este fenómeno: el efecto Rashomon. El término procede de Rashōmon, la película de Akira Kurosawa estrenada en 1950, en la que distintos personajes cuentan un mismo acontecimiento desde perspectivas diferentes. Las versiones no terminan de coincidir. Cada personaje recuerda, interpreta y reconstruye lo sucedido desde su propia experiencia.
Últimamente pienso que algo parecido ocurre dentro de muchas familias.
Está la versión de la madre.
La versión del padre.
La versión del hijo.
Y, en ocasiones, escuchándolas por separado, parecería que estamos hablando de tres familias diferentes.
La memoria no es una cámara
Tenemos tendencia a pensar que nuestros recuerdos son una especie de archivo.
Pasó esto.
Después aquello.
Alguien dijo determinada frase.
Nosotros reaccionamos de determinada manera.
Pero la memoria humana no funciona como una grabación que podamos reproducir veinte años después.
Recordamos desde quienes éramos entonces, pero también desde quienes somos ahora.
Seleccionamos.
Interpretamos.
Olvidamos.
Completamos huecos.
Y, sobre todo, otorgamos significado.
Dos personas pueden recordar perfectamente que una tarde hubo una discusión y, sin embargo, haber construido alrededor de ella historias completamente distintas.
Una puede recordar:
Intentaba poner un límite.
Otra:
No me dejaban hacer nada.
Las dos frases pueden estar hablando exactamente de la misma tarde.
Hechos, interpretaciones y relatos
Quizá una de las cosas más difíciles dentro de una familia sea aprender a separar tres niveles que con los años terminan mezclándose:
lo que ocurrió, lo que interpretamos que ocurrió y la historia que construimos después sobre aquello.
«Mi madre me dijo que no podía salir» pertenece al terreno de los hechos.
«Mi madre quería controlarme» ya pertenece al terreno de la interpretación.
«Mi madre nunca me dejó hacer nada» pertenece al relato.
Y los relatos son poderosos.
Porque cuando repetimos durante años una determinada explicación sobre nuestra infancia, nuestra pareja, nuestros padres o nuestros hijos, esa explicación empieza a organizar nuestros recuerdos.
Buscamos —muchas veces sin darnos cuenta— acontecimientos que la confirmen.
Y olvidamos otros que podrían cuestionarla.
Los adultos también lo hacemos.
«Siempre fue un niño difícil.»
«Su padre nunca estuvo.»
«Yo hice todo lo que pude.»
«Ella nunca me escuchaba.»
«Conmigo jamás se comportaba así.»
Frases que pueden contener partes de verdad y, al mismo tiempo, simplificar historias mucho más complejas.
¿Entonces nadie tiene razón?
Aquí aparece una trampa.
Hablar de diferentes perspectivas no significa caer en un relativismo donde todo vale y todas las versiones son igualmente ciertas.
Hay hechos.
Hay mensajes.
Hay fechas.
Hay decisiones.
Hay cosas que ocurrieron y cosas que no ocurrieron.
También existen la mentira, la manipulación, la omisión y la responsabilidad.
El efecto Rashomon no significa que la verdad no exista.
Significa que nuestro acceso a ella está atravesado por nuestra propia experiencia.
Y esa diferencia es enorme.
Porque permite escuchar la percepción del otro sin tener que renunciar automáticamente a la propia.
Puedo aceptar que tú viviste aquello como abandono sin aceptar necesariamente que yo te abandoné.
Puedo comprender que te sentiste controlado sin concluir que mi intención fuera controlarte.
Puedo reconocer el dolor que algo produjo y, al mismo tiempo, discutir la explicación que años después construimos alrededor de ese dolor.
Dos cosas pueden coexistir.
Cuando los padres están separados
En las familias con padres separados aparece además otra particularidad.
El niño no crece dentro de una única narración familiar.
Crece entre mundos.
Lo que ocurre en una casa puede llegar a la otra contado por él.
Lo que un progenitor dice puede ser interpretado por el otro.
Una discusión puede atravesar varias conversaciones antes de convertirse en «lo que pasó».
Y cada persona recibe solamente una parte de la película.
Durante años pueden construirse certezas basadas en información incompleta.
Hasta que un día los adultos hablan directamente.
Comparan versiones.
Y descubren algo desconcertante:
hay escenas de la historia familiar que no encajan.
No necesariamente porque exista un gran engaño detrás de todo.
A veces porque durante demasiado tiempo cada uno vio únicamente su propio montaje de la película.
Los hijos también construyen su historia
Hay algo todavía más delicado.
Cuando crecemos necesitamos construir una explicación sobre nuestra propia vida.
¿Quiénes fueron mis padres?
¿Por qué hicieron determinadas cosas?
¿Por qué me ocurrió aquello?
¿Por qué soy como soy?
Los hijos construyen esas respuestas.
Los padres también.
Y con el tiempo esas explicaciones pueden convertirse en identidad.
Por eso cuestionar un relato familiar puede resultar tan incómodo.
No estamos discutiendo solamente sobre un acontecimiento.
Estamos tocando la historia que alguien utiliza para explicarse a sí mismo.
Tal vez madurar una familia sea volver a mirar la película
No sé si existe una versión definitiva de nuestras historias familiares.
Probablemente no.
Pero quizá sí podamos hacer algo más interesante que decidir quién ganó la discusión sobre el pasado.
Podemos volver a mirar las escenas.
Separar hechos de interpretaciones.
Preguntar en lugar de completar los huecos.
Aceptar cuando nuestra memoria se equivocó.
Reconocer aquello que hicimos mal.
Y permitir también que alguien nos diga:
Yo lo viví de otra manera.
Sin que esa frase tenga que convertirse inmediatamente en una batalla.
Porque quizá una familia no sea una historia compartida.
Quizá sea un conjunto de personas intentando construir una historia común a partir de recuerdos diferentes.
Y tal vez comprender eso cambie incluso la pregunta.
En lugar de preguntarnos:
¿Quién está contando la verdad?
podríamos empezar por otra:
¿Qué vio cada uno cuando todos estábamos mirando la misma escena?
Porque a veces estuvimos en el mismo lugar.
A la misma hora.
Dentro de la misma familia.
Y, sin embargo, vimos películas completamente distintas.
Cuaderno de época — Vaquera del Espacio
Este artículo me inspira para escribir un libro 🙂
Wow 🙂 Pues entonces habrá que escribirlo. Si de una reflexión nace un libro, este post ya hizo mucho más de lo que esperaba ❤️