Pseudociencia: el incómodo derecho a hacer preguntas
Hay una palabra que parece haber adquirido la capacidad de terminar cualquier conversación: pseudociencia.
Basta pronunciarla para que algo quede automáticamente colocado fuera de los límites de lo razonable. A veces con motivos de sobra. Otras, quizá, demasiado rápido.
Y este es un tema que me incomoda especialmente porque tras la pandemia yo también crucé una línea. Antes otorgaba una confianza casi absoluta a todo aquello que llegaba avalado por la ciencia; hoy también me hago preguntas. No desde el rechazo irracional, sino desde la necesidad de entender quién investiga, quién financia, cómo se comunican los resultados y cuáles son sus límites.
Llevo además años divulgando sobre cuestiones que se encuentran en lugares muy diferentes del mapa de la evidencia: algunas ampliamente estudiadas, otras respaldadas solo parcialmente y otras rodeadas de afirmaciones que la ciencia no ha podido demostrar.
Me interesa la ciencia. Cuando divulgo sobre salud, plantas, suplementos o bienestar quiero saber qué se ha estudiado, qué resultados existen, cuáles son las limitaciones y hasta dónde podemos afirmar algo sin vender humo.
Pero también me interesa aquello que está fuera del consenso.
No necesariamente porque crea en ello.
Sino porque quiero entenderlo.
Hablar de pseudociencia no significa defenderla
En Tu Tienda Verde y en mis espacios de divulgación he tocado temas que difícilmente podrían calificarse de cómodos o que despiertan debates encendidos en la frontera del bienestar.
Algunas propuestas tienen detrás sustancias o fenómenos que sí han sido objeto de investigación, aunque eso no valide necesariamente los usos que circulan en Internet. Otras acumulan afirmaciones extraordinarias con una evidencia que está muy lejos de respaldarlas. Y algunas prácticas pueden implicar riesgos reales.
Precisamente por eso creo que merece la pena hablar del fenómeno: de por qué nos atraen determinadas afirmaciones, de cómo decidimos qué creer y de qué herramientas tenemos para distinguir una pregunta legítima de una promesa sin fundamento.
Investigar una afirmación no significa aceptarla.
Explicar qué es algo tampoco significa recomendarlo.
Y contar por qué miles de personas creen en determinada práctica no significa afirmar que esas personas tengan razón.
La divulgación también consiste en entrar en lugares incómodos.
No todo lo desconocido es pseudociencia
Aquí aparece otro problema.
Con frecuencia mezclamos en el mismo saco cosas completamente diferentes.
No es lo mismo una práctica tradicional utilizada durante siglos que una terapia inventada ayer en Internet. No es lo mismo una sustancia con estudios preliminares que una cuya eficacia ha sido descartada repetidamente. No es lo mismo decir “se está investigando” que afirmar “cura una enfermedad”.
Y tampoco es lo mismo ausencia de evidencia que evidencia de ausencia.
Pero cuidado: esa frase tampoco debería utilizarse como salvoconducto para justificar cualquier cosa.
Que algo todavía no haya sido suficientemente estudiado no demuestra que funcione.
Simplemente significa que todavía no tenemos evidencia suficiente para afirmarlo.
Ese pequeño matiz cambia toda la conversación.
La ciencia también consiste en decir «no lo sabemos»
Quizá una de las cosas que más me gustan de la ciencia sea precisamente esa.
Puede decir:
No lo sabemos todavía.
Puede formular una hipótesis, equivocarse, corregirse, volver a experimentar y cambiar sus conclusiones cuando aparecen mejores datos.
Eso no la hace débil.
La hace extraordinariamente poderosa.
El problema comienza cuando trasladamos el debate científico a las redes sociales, donde parece que todo necesita una respuesta inmediata y definitiva.
Funciona.
No funciona.
Verdad.
Mentira.
Ciencia.
Pseudociencia.
Y la realidad suele ser bastante más incómoda.
Cuando la ciencia también entra en la polarización
La pandemia dejó algo más que un debate sanitario. También mostró hasta qué punto una conversación sobre ciencia puede convertirse en una cuestión de identidad, pertenencia y bandos.
Durante un tiempo pareció que había que elegir una trinchera. Si cuestionabas una decisión, eras automáticamente anticiencia. Si defendías determinadas medidas, eras un borrego. La pregunta dejó demasiadas veces de ser «¿qué sabemos?» para convertirse en «¿de qué lado estás?».
Y cuando una idea se convierte en identidad, cambiar de opinión cuesta mucho más. Rectificar puede sentirse como una traición al grupo, cuando debería ser exactamente lo contrario: una consecuencia natural de haber encontrado mejores argumentos o nueva evidencia.
Quizá por eso hoy me interesa menos pertenecer a una trinchera y más conservar la libertad de decir: esto lo creo, esto lo cuestiono, aquí me equivoqué y sobre esto todavía no tengo una respuesta.
También existe negocio alrededor de nuestras creencias
Sería ingenuo hablar de pseudociencia sin hablar de dinero.
El miedo, la enfermedad, el envejecimiento y el deseo de sentirnos mejor constituyen mercados gigantescos.
Cuando alguien promete curaciones extraordinarias, resultados garantizados o soluciones universales, mi radar se enciende.
Pero el pensamiento crítico debería funcionar en todas las direcciones.
El pensamiento crítico no consiste en creer en todo lo alternativo ni en rechazarlo por definición. Consiste en exigir a cada afirmación la evidencia que le corresponde.
No deberíamos creer una afirmación simplemente porque aparece acompañada de palabras como natural, ancestral o energético.
Pero tampoco deberíamos aceptarla automáticamente porque un anuncio utilice una bata blanca, una gráfica y la palabra científicamente.
El marketing también sabe disfrazarse de ciencia.
Entonces, ¿dónde me posiciono?
Probablemente en el lugar menos cómodo.
No quiero creerlo todo.
Pero tampoco quiero dejar de hacer preguntas.
Quiero poder acercarme a una planta utilizada durante siglos y preguntarme qué contiene.
Leer un estudio y preguntarme quién lo realizó, con cuántas personas, qué midió realmente y si sus resultados justifican el titular que terminó circulando por Internet.
Investigar una sustancia y distinguir entre los usos realmente estudiados y todo aquello que Internet ha terminado atribuyéndole.
Y también quiero poder decir, cuando corresponda:
No. La evidencia disponible no permite afirmar esto.
Incluso cuando esa respuesta sea menos atractiva.
De Vaquera del Espacio a Tu Tienda Verde
Quizá esta curiosidad explique también la evolución de otro de mis proyectos: Tu Tienda Verde.
Ya había reflexionado en Vaquera sobre el criterio con el que quiero abordar la suplementación y el bienestar en Tu Tienda Verde, y esta misma idea parte de ahí: divulgar no debería significar prometer.
Allí intento llevar muchas de estas preguntas hacia un terreno más concreto: plantas medicinales, adaptógenos, microbiota, suplementos, principios activos, formulaciones y bienestar. Intento aplicar precisamente esa mirada: explicar, contextualizar y separar lo que sabemos de lo que todavía no podemos afirmar.
Es el enfoque que atraviesa contenidos como Adaptógenos, Microbiota intestinal o Cómo saber si un suplemento está bien formulado.
No me interesa decir que algo funciona simplemente porque sea natural.
Me interesa entender qué sabemos realmente sobre ello.
Qué viene de la tradición.
Qué empieza a encontrar respaldo científico.
Qué tiene evidencia todavía limitada.
Qué dosis se han estudiado.
Qué afirmaciones pertenecen fundamentalmente al marketing.
Y qué cosas, sencillamente, todavía no sabemos.
Porque entre creer ciegamente y negar automáticamente existe un espacio enorme.
Es el espacio de la curiosidad.
Del pensamiento crítico.
De la evidencia.
Y también de la duda.
Y es también el territorio donde marco una línea roja innegociable: la soberanía de nuestro bienestar nunca puede construirse sobre el autoengaño ni sobre la irresponsabilidad con la salud. Cuestionar el statu quo no nos exime de exigir rigor. Al contrario: nos obliga a ser todavía más exigentes.
Quizá por eso seguiré hablando de ciencia.
Y probablemente también de pseudociencia.
Porque hablar de algo no significa creer en ello.
Significa que todavía conservamos algo que considero bastante más importante:
el derecho a hacer preguntas y la madurez para aceptar las respuestas.
Y tú, ¿cuándo fue la última vez que te permitiste cuestionar algo que dabas por cierto?
Totalmente.
El ajo, por ejemplo, tiene propiedades antibióticas. Si tienes una caries y pones un diente de ajo, eso te ayuda a tener cierto alivio. Pero eso no elimina el hecho de que debes pasar por un dentista para eliminar el problema.
Exactamente. Creo que ahí está el matiz que muchas veces perdemos: reconocer que una sustancia natural puede tener determinadas propiedades no significa convertirla en sustituto de la medicina cuando existe un problema que necesita diagnóstico o tratamiento. Una cosa no debería obligarnos a negar la otra. Gracias por aportar el ejemplo ❤️