Hace poco me encontré pensando en una idea incómoda.
Muchas personas solo perciben el valor de algo cuando dejan de tenerlo.
No hablo únicamente de las personas que mueren.
Hablo también de los amigos que se marchan a otra ciudad.
De las casas que vendemos.
De los barrios que cambian.
De los trabajos que dejamos atrás.
De las etapas de la vida que un día terminan sin avisar.
Hay algo curioso en la forma en que funciona la memoria humana.
Mientras algo forma parte de nuestra vida cotidiana, tendemos a normalizarlo.
Nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a una voz.
A una presencia.
A una rutina.
A un paisaje.
A una persona que siempre está ahí.
Y poco a poco dejamos de ver el valor extraordinario que contiene aquello que se ha vuelto habitual.
La costumbre tiene una extraña capacidad para volver invisible lo valioso.
Quizá por eso tantas veces necesitamos la distancia para comprender.
Necesitamos alejarnos de una ciudad para recordar lo mucho que significó.
Necesitamos que una etapa termine para entender todo lo que nos enseñó.
Necesitamos echar de menos a alguien para reconocer cuánto espacio ocupaba en nuestra vida.
No porque el valor aparezca cuando algo desaparece.
El valor ya estaba allí.
Lo que desaparece es la costumbre.
Y cuando la costumbre se rompe, volvemos a mirar.
Volvemos a prestar atención.
Volvemos a ver.
Con los años he llegado a pensar que algunas de las cosas más importantes de la vida son también las más fáciles de dar por sentadas.
La salud cuando funciona.
La tranquilidad cuando existe.
Las personas que acompañan sin hacer ruido.
Los lugares que sentimos como hogar.
Los pequeños rituales que sostienen nuestros días.
Nada de eso suele llamar demasiado la atención mientras permanece.
Sin embargo, cuando falta, ocupa todos nuestros pensamientos.
Quizá por eso una de las formas más sinceras de gratitud sea intentar reconocer el valor de las cosas antes de que se conviertan en recuerdo.
Antes de que la distancia haga el trabajo que no supimos hacer nosotros.
Porque la ausencia no crea el valor de las cosas.
Simplemente revela el valor que la costumbre había ocultado.