Hay algo que llevo tiempo observando.

No sé si vivimos peor que antes.

Tampoco estoy segura de que vivamos mejor.

Pero sí creo que ha cambiado nuestra relación con la idea de llegar.

Hace unas décadas, muchas personas tenían aspiraciones relativamente sencillas.

Una vivienda.

Un coche.

Un trabajo estable.

Una familia.

No era una vida perfecta, pero existía una sensación clara de progreso.

Había metas.

Y cuando las alcanzabas, podías disfrutarlas durante un tiempo.

Hoy parece que la línea de llegada se mueve constantemente.

Ya no basta con tener una casa.

La casa debe ser luminosa, abierta, minimalista, eficiente, inteligente, tener domótica, aire acondicionado centralizado, cocina integrada y un diseño que parezca sacado de una revista de decoración.

Ya no basta con tener una cocina funcional.

También parece tener que demostrar algo sobre quien vive en ella.

Esta presión por proyectar una determinada imagen no es nueva. Hace años ya reflexionaba sobre ello en La falsa imagen en las redes, cuando las redes sociales empezaban a convertir fragmentos de realidad cuidadosamente seleccionados en modelos de comparación permanentes.

Ya no basta con tener un coche.

Durante mucho tiempo, un coche era simplemente un vehículo que te llevaba y te traía.

Cumplía su función.

Hoy esperamos que además tenga navegador, sensores de aparcamiento, cámara trasera, conectividad, asistentes de conducción y una pantalla capaz de hacer más cosas que algunos ordenadores de hace veinte años.

Ya no basta con estar sano.

Ahora también parece necesario parecer más joven.

Mantener la piel perfecta.

La sonrisa perfecta.

El peso perfecto.

La energía perfecta.

La productividad perfecta.

Como ya reflexioné en Juventud en estado de alarma II: redes sociales, filtros y el miedo a envejecer, la presión ya no consiste únicamente en estar bien, sino en proyectar una versión cada vez más optimizada de nosotros mismos.

Ya no basta con trabajar.

Hay que reinventarse constantemente.

Aprender nuevas herramientas.

Adaptarse a la siguiente innovación antes de que llegue la siguiente.

Como ya reflexioné en Reinventarse no es una obligación colectiva, el problema aparece cuando una opción válida deja de ser una posibilidad y se convierte en una expectativa para todo el mundo.

Y lo curioso es que muchas de estas mejoras son reales.

La tecnología ha avanzado.

Los coches son más seguros.

Las viviendas son más eficientes.

La medicina ha mejorado.

No se trata de negar ninguno de esos avances.

La pregunta es otra.

¿Qué ocurre cuando cada mejora se convierte en el nuevo mínimo exigible?

Porque entonces lo extraordinario deja de parecer extraordinario.

Y lo suficiente deja de parecer suficiente.

Lo que ayer era un lujo, hoy parece normal.

Y lo que ayer parecía normal, hoy puede parecer insuficiente.

Quizá por eso tanta gente tiene la sensación de correr sin llegar nunca.

No porque tenga menos.

Sino porque la línea de llegada se ha convertido en un objetivo móvil.

¿Y si el problema no es lo que tenemos, sino dónde colocamos la meta?

Tal vez una parte de la nostalgia que sentimos por otras épocas no tenga que ver con la música, las películas o la ausencia de internet.

Tal vez tenga que ver con recordar un tiempo en el que era más fácil reconocer cuándo habíamos llegado a alguna parte.

Un tiempo en el que las cosas podían ser simplemente suficientes durante un tiempo.

Quizá lo que algunas personas echan de menos no sea la vida analógica.

Quizá sea una época en la que el ritmo era distinto y las expectativas no cambiaban tan rápido.

Una época en la que una casa podía ser simplemente una casa.

Un coche podía ser simplemente un coche.

Y estar bien no exigía convertirse constantemente en una versión mejorada de uno mismo.

A veces escribo sobre lo que me pasa. Otras veces escribo sobre lo que nos pasa.

Este artículo forma parte de Cuaderno de época, una colección de observaciones sobre la vida contemporánea, los cambios sociales y las preguntas que nos deja el mundo en que vivimos.

👉 Ver más artículos de Cuaderno de época