Ayer era un nene.
Y hoy cumple 18 años.
Hace años escribí sobre él en “Vaquerito del Espacio”, cuando todavía todo parecía mucho más pequeño y lejano.
Y de repente la vida pasa… y acá estamos.
Y aunque una sabe que el tiempo pasa, hay momentos donde la vida te lo pone delante de golpe.
Porque no crecieron solo ellos.
También crecimos nosotros mientras intentábamos cuidar, sostener, trabajar, sobrevivir y aprender sobre la marcha.
No fui una madre perfecta.
Fui una madre real.
Con aciertos, miedos, agotamiento, errores, amor… y una capacidad infinita de volver a levantarme incluso cuando no sabía cómo.
Y de repente lo miro y entiendo algo:
lo más importante que construí en mi vida no fue una casa, un proyecto ni un trabajo.
Fue él.
18 años después, sigo sin tener todas las respuestas.
Pero sí tengo orgullo.
Orgullo de la persona en la que se está convirtiendo.
De su sensibilidad, de su mirada, de su manera de estar en el mundo.
Y también gratitud.
Porque mientras yo pensaba que era yo quien le enseñaba a vivir…
muchas veces fue él quien me enseñó a resistir.
Feliz cumpleaños, hijo.
Gracias por crecer conmigo.