No es un fallo del sistema.
Es lucidez.
No le tengo miedo a la muerte.
Y no, no es algo que haya que corregir.
No lo digo desde la desesperación.
Ni desde el rechazo a la vida.
Lo digo desde haber vivido.
Desde haber sentido.
Desde haberme hecho preguntas que no siempre encajan.
En esta sociedad, cualquier pensamiento que se salga del guion se interpreta como error.
Y lo que se considera error…
se intenta corregir.
Medicalizar.
Silenciar.
Como si aceptar la finitud fuese una anomalía.
Como si no aferrarse a la vida a cualquier precio fuese un problema.
Pero no lo es.
Los estoicos ya hablaban de esto.
Séneca lo decía claro:
cuando una habitación se llena de humo, simplemente sales de ella.
No es huida.
Es criterio.
A veces siento eso.
No desde la angustia,
sino desde la sensación de haber vivido,
de haber entendido,
de no necesitar más para validar nada.
Y, al mismo tiempo, veo otra cosa:
Una humanidad obsesionada con vivir más años…
sin saber para qué.
Que ha convertido el cuerpo en proyecto,
la longevidad en objetivo,
y el tiempo… en símbolo de éxito.
Vivir más como logro.
Envejecer como trofeo.
Alargar la vida como si eso, por sí solo,
fuese suficiente.
Pero acumular tiempo no es lo mismo que tener sentido.
Ya no es una experiencia propia,
sino una lógica externa:
consumir, sostener, pertenecer…
Pertenecer al sistema,
no a uno mismo.
También por eso el cuerpo ha dejado de ser, muchas veces, algo que simplemente habitamos,
para convertirse en algo que optimizamos, medimos y empujamos constantemente.
No me interesa ese modelo.
No me interesa una vida más larga si no es más consciente.
Porque sin consciencia, solo queda la inercia:
esa que nos hace repetir guerras,
agotar recursos
y llamar progreso a expandir los mismos errores,
aunque sea fuera de este planeta.
No es evolución.
Es repetición a otra escala.
Y quizá el verdadero “fallo del sistema”
no está en quien cuestiona esto,
sino en quien nunca se lo plantea.
Llegados aquí, la pregunta es solo una:
¿transhumanismo como destino
o soberanía como derecho?