Adultocentrismo-hijos-maestros
Crecimos con la idea de que los adultos enseñamos y los hijos aprenden.
El adultocentrismo es esa falsa creencia de que la experiencia de los años nos da siempre la razón, de que el camino solo va en una dirección.
Pero mi hijo me demuestra lo contrario cada día.
Yo, ansiosa, hija de un árbol generacional ansioso, corro, anticipo, me enredo en miedos. Y a mí me llega un hijo que parece salido del desierto, con la calma de un beduino que conoce el ritmo del viento.
- Cuando me enfado, él me serena.
- Cuando yo me adelanto con temores, él vive el presente.
- Donde yo soy chispa desbordada, él es paz que sostiene.
- Donde yo soy inseguridad, él es confianza.
Un ejemplo claro lo veo en el deporte: mientras yo cuestiono cada paso, él sale a dar lo mejor para su equipo. Y lo consigue, porque no duda de sí mismo. Va directo a su meta sin tantos rodeos existenciales, sin esa carga de autocensura que a veces nos paraliza a los adultos.
El mundo al revés. Y en ese espejo, descubro que la verdadera enseñanza no siempre viene de arriba hacia abajo, sino de frente, de quienes nos acompañan con mirada nueva.
La enseñanza inesperada
Durante años pensé que educar era transmitir lo aprendido: prevenir caídas, señalar errores, repetir fórmulas que me sirvieron (o al menos me mantuvieron a flote).
Pero la vida, en voz de mi hijo, me dice otra cosa: no se trata de repetir recetas, sino de abrir espacio.
Y ese espacio a veces se llama silencio. Ese silencio incómodo en el que no hay respuestas rápidas, sino presencia.
El adulto ansioso quiere resolver, anticipar, llenar huecos. El adolescente tranquilo te mira y espera. No necesita el ruido de las certezas; se sostiene en la calma del momento.
Una fábula mínima
Había una vez un anciano que caminaba con prisa por el desierto, temiendo perder la ruta.
A su lado, un niño avanzaba despacio, mirando cada piedra.
El anciano lo reprendía:
—“¡Date prisa, el sol nos alcanzará!”.
Pero el niño contestó:
—“Si corres con miedo, el desierto se hará más largo.
Si lo caminas con calma, se volverá tu casa”.
Lo que olvidamos los adultos
Nos olvidamos de que ellos no llegan para cumplir un guion.
Ellos no vienen a obedecer sin cuestionar.
Vienen a sacudirnos la rutina, a devolvernos la mirada limpia que un día tuvimos y que quedó enterrada bajo capas de temor, de exigencias, de un qué dirán que a ellos, por suerte, les importa mucho menos.
De ahí que la llamada “generación de cristal” no sea frágil como muchos creen, sino un recordatorio de que la sensibilidad también es fuerza. Explora más a fondo en este texto:
👉 Generación de cristal: Adultos rotos frente a una juventud que no calla.
Conclusión
Ellos no llegan a obedecer un guion escrito. Llegan a transformarnos. 🌱
Quizá nuestro mayor aprendizaje como adultos sea ese: entender que la calma, la confianza y la libertad de vivir el presente pueden enseñarnos más que todos nuestros manuales de experiencia.
Porque ellos no vienen a cumplir nuestras expectativas, vienen a mostrarnos otra manera de estar en el mundo.
¿Y tú? ¿Qué has aprendido de tus hijos o de los más jóvenes que te rodean? Cuéntamelo en comentarios, porque cada experiencia rompe un poco más con el adultocentrismo. 🌱
Para mi amiga Silvina Ventura, con la que tengo una conexión especial.
La verdad es que estoy muy de acuerdo en que el mundo es adultocentrista. Cada vez más. Y es curioso, yo crecí en los 80; de emociones y de cómo manejarlas entendía tanto como una piedra. Sin embargo, las tengo; me pueden en más ocasiones de las que me gustaría. Soy velozista, corro para todo, quiero aprovechar el tiempo y hacer muchas cosas con este. Quiero llegar a todo y acabar todas las tareas a la vez; quiero ganar al Windows en eso de multitarea.
Desde que ella nació, la prisa se sentó a descansar, a mirar alrededor como cuando era jovencita y me iba por el centro de mi ciudad a dejarme llevar por lo bohemio.
Eso es lo que me enseñó, a parar y disfrutar de esas emociones que quería callar, a darme cuenta de que existen y que sentirlas es bueno, es disfrutar mucho más de la vida.
Lo más curioso es que, según aprendía de ella a manejar mis emociones, a permitirlas y entenderlas, conseguía entenderla a ella más y mejor. Empecé a observarla y admirar cada cosa que descubría en ella porque veía emociones desbordadas en todas ellas. La crianza se convirtió en darle tiempo de sentir, en aconsejarle aquello que había aprendido de ella y que ella, por lo visto, aún no sabía hacer.
Hace poco en Quora alguien preguntó nuestra opinión sobre sitios en los que los niños están prohibidos…
Eso me hizo pensar en mi infancia; nadie me decía que fuera malo ser niño/a; se nos permitía ser pequeños y disfrutar la infancia, no había prisa por crecer. Hoy está mal visto discriminar por raza, credo o ideología política y todas las opiniones están permitidas, aunque sean una soberana tontería. Debemos aceptar a una persona que cree que es helicóptero de combate porque no hacerlo te convierte en Satán. Sin embargo, se puede rechazar a personas por razones de edad. No está bien visto ser niño. Pero ninguno nace siendo adulto directamente. Que alguien me lo explique.
Gracias por compartir algo tan honesto y tan vivido. Se nota que has hecho un viaje emocional enorme, de esos que solo empiezan cuando llega un hijo y nos obliga —casi sin pedir permiso— a mirarnos por dentro.
Lo que cuentas sobre la prisa… uf, creo que muchos adultos nos reconocemos ahí. Corremos como si la vida fuese un tablero que hay que completar, y al final son los niños quienes vienen a recordarnos que sentir es parte del trayecto, no un estorbo.
Y tienes razón: cuando permitimos nuestras emociones, entendemos mejor las suyas. La crianza no es un manual, es un espejo.
Sobre el adultocentrismo, totalmente de acuerdo en que hoy existe una contradicción social enorme: hablamos de inclusión, diversidad y respeto… pero seguimos tolerando normas y discursos que marginan a los niños, que los tratan como molestias en vez de como personas con derechos, ritmos propios y una manera única de habitar el mundo.
Y no, nadie nace adulto. Ser niño no es una falta, es un estado legítimo de la vida.
Gracias por traer esta reflexión. Ojalá más conversaciones así, donde crianza y mirada social se cruzan con honestidad.Por cierto, he pasado por tu blog, muy bueno!!!!